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El precio del silencio: el crimen de Elena Holmberg

RICARDO RAGENDORFER – http://plazademayo.info/el-precio-del-silencio-el-crimen-de-elena-holmberg/

La diplomática argentina fue secuestrada y asesinada por grupos operativos de la Escuela de Mecánica de la Armada, que cumplían órdenes del exalmirante y genocida Emilio Massera para que no revelase pormenores del financiamiento y el funcionamiento del Centro Piloto de París.
Ya había caído la noche del 20 de diciembre de 1978. Una noche pegajosa e infernal, tan infernal como la vida cotidiana bajo la última dictadura. Pero ello no impedía que, en ese tramo de la avenida Santa Fe, las luces de las vidrieras impregnaran semejante maldición histórica con un aire navideño.
Exactamente a las 20.45, un Fiat 128 Rural dobló por la calle Uruguay, y su conductora, una mujer menuda de mediana edad, aminoró la velocidad al acercarse al garaje situado casi en la esquina con Arenales. En ese instante, la cruzó un Chevy celeste, de cuya cabina saltaron dos siluetas armadas.
La acción fue breve y muy profesional: la mujer fue sacada del Fiat a los tirones. Ella se resistía y hasta llegó a pedir auxilio, pero la silenciaron con un culatazo mientras la metían a golpes al otro vehículo. Así se la llevaron.
Los pocos peatones que vieron la escena retomaron sus pasos sin abrir la boca, tal vez pensando que la víctima “algo habría hecho”.
Pero, pese al inequívoco carácter policial o castrense de sus hacedores, aquel no había sido precisamente un “operativo antisubversivo”.
París era una fiesta
En la repartija ministerial acordada tras el golpe de Estado por los integrantes de la Junta Militar, la Armada obtuvo –entre otras carteras– la Cancillería. De modo que al frente de la misma fue designado el vicealmirante Oscar Montes. Éste, no obstante, envió a París a un sujeto vinculado al Ejército: el embajador Tomas de Anchorena, quien allí se topó con la señora Elena Holmberg.
Ella en realidad era una diplomática de segunda línea pero su influencia era notable. Porque, en el aspecto práctico, la legación había quedado en sus manos en el lapso comprendido entre la partida del embajador peronista y la llegada de Anchorena. Además, a los 45 años de edad, aquella mujer petisa, enjuta, de aspecto torvo, carácter áspero y visceralmente gorila, pertenecía a una familia de prosapia, siendo su primo hermano nada menos que el teniente general Alejandro Agustín Lanusse, por lo que el Ejército la consideraba una de las suyas. Claro que también había otra razón que apuntalaba su cuota de poder: los informes sobre “extremistas” exiliados que ella escribía y enviaba semanalmente al Palacio San Martín, con copia al Edificio Libertador.
Se dice que esos papers secretos inspiraron al almirante Emilio Eduardo Massera en la creación del Centro Piloto de París (CPP), con el doble objetivo de hacer inteligencia y contrarrestar la denominada “Campaña Antiargentina en el Exterior”. Aquello comenzó a organizarse en julio de 1977, once menes antes del Mundial de Fútbol en Argentina.
A tal efecto, con una parte de los 100 mil dólares que Anchorena recibió para armar el asunto, alquiló un lujoso caserón en el 83 de la Avenue Henry Martín. Aquella sería una embajada paralela atendida por “diplomáticos” que, en rigor, pertenecían al Grupo de Tareas 3.3.2 (GT 3.3.2) con cuartel general en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).
Recién a fines de ese año se produjo el arribo de su alegre muchachada. Entre ellos resaltaban Eugenio Bilardo, Enrique Carlos Yon, Antonio Pernías, y Alfredo Astiz, además de tres mujeres cautivas en la ESMA, las cuales eran obligadas al trabajo esclavo. Habían sido llevadas allí porque sabían hablar en francés, lengua que ninguno de esos represores dominaba.
La responsable administrativa del CPP –y enlace con el embajador– fue la señora Holmberg, quien además continuaba aportando sus informes.
Ella no tardó en ver con malos ojos como los marinos –algunos incluso con sus cónyuges– se daban allí la gran vida. Lo cierto es que dilapidaban el presupuesto operativo en juergas con prostitutas de abultada tarifa y giraban a la cuenta de la Embajada el gasto de los tapados de visón que regalaban a sus esposas. Holmberg tomaba nota de eso. Y le confió la cuestión al embajador.
–Elena, quédese en el molde –le dijo Anchorena, por toda reacción.
– ¡Usted es un cobarde! –fue la respuesta de Holmberg.
Pero hubo una circunstancia que congeló súbitamente su indignación: la llegada a París del capitán de navío Jorge Perrén. Ocurre que el flechazo entre ellos fue arrebatador.
El amor en tiempos de cólera
Este oficial, de 39 años, era para Holmberg todo los que estaba bien. El hecho de ser hijo del contralmirante homónimo que en 1955 sublevó la base naval de Puerto Belgrano, uno de los focos iniciales de la Revolución Libertadora, supo robustecer en ella su atracción En eso también incidió el hecho de que él era jefe de Operaciones del GT 3.3.2., donde usaba el atractivo alias de “Puma”.
Por no era muy estimado por sus pares, quienes lo llamaban el “Oreja” por la gran dimensión de sus pabellones auditivos. En la ESMA solían tomarlo para el churrete por habérsele escapado un tiro en el Salón Dorado, que pasó a centímetros de la cabeza del vicealmirante Rubén Chamorro, el capo del lugar. Era camarada de promoción del jefe del GT, capitán de fragata Jorge “Tigre” Acosta, quien lo convirtió en su ladero por su carácter dócil y obediente.
Cuando los chismes de su amorío con Elena llegaron a Buenos Aires, los verdugos del principal campo de concentración naval bromaban a viva voz: “El oreja está de novio ¡Qué quilombo que se le va armar!”.
La tapa de un medio de la época.
Razón no les faltaba: la esposa del adúltero estaba a punto de viajar a Francia para acompañarlo en tierras tan lejanas.
Solidarios al fin, el Tigre y sus esbirros hacían lo imposible para retrasar su partida. Pero a sus trucos se les iba acabando la cuerda.
Mientras tanto, en París, Holmberg provocó un extraño episodio. Fue durante una recepción ofrecida en la Embajada con motivo de la presencia de Massera y su esposa, Delia Vieyra (a) “Lily”, a quien le colgaba del cuello un diamante de gran tamaño. La diplomática, con gesto admirativo, lo tomó entre sus dedos, y dijo:
– ¡Qué lindo diamante! ¿Eso también se lo regaló Firmenich?
Los presentes se miraron con las cejas enarcadas. Y Anchorena tomó de un brazo a la diplomática con delicadeza para retirarla de la escena.
Lo cierto es que, poco antes, Holmberg había oído parte de un diálogo entre dos marinos del CPP. Allí, entre risas, uno se refirió al “palo verde que nos regaló Firmenich”. Y aquella frase bastó para que ella imaginara tratativas secretas del jefe montonero con el almirante.
Entrevistado para este artículo, el entonces miembro de la Conducción Nacional de Montoneros, Roberto Cirilo Perdía, señaló al respecto:
–Esos tipos se referían al millón de dólares que nos robaron en Suiza.
Esa historia fue protagonizada por un cuadro montonero llamado Pablo González de Langarica (a) “Tonio”, quien, al caer en las garras del GT 3.3.2., se quebró. Como solía viajar a Europa para negociar la compra de armas por cuenta de la organización, fue llevado a Zúrich por dos marinos, ya que solo él tenía acceso a la caja de seguridad del banco que atesoraba un bolso con más de un millón de dólares obtenidos por el secuestro de los hermanos Born, y así se apoderaron de aquella suma. Aquel trío –completado por el teniente Miguel Benazzi y el capitán Alberto González Menotti– incurrió en un papelón al ser desenmascarado durante una conferencia de prensa en el hotel Eurobuilding, de Madrid, cuando se hacían pasar por “montoneros arrepentidos”.
Alfredo Astiz en el Centro Piloto de París. (solo se ve su cara en el ángulo ziquierdo detrás del hombro de una mujer rubia)
Pero la trama suiza bastó para que Holmberg alucinara un encuentro a la luz del día, y en una confitería de París, entre Massera y Firmenich.
“Lo curioso –dijo Perdía a Télam– fue que aquel infundio se viralizó, al punto de ser sostenido durante años hasta por periodistas serios”.
En medio de tales circunstancias, la esposa de Perrén llegó a Paris. Y el escándalo fue mayúsculo.
Fue entonces cuando él le dijo a Elena: Lo nuestro ha terminado.
Ella juró venganza. Y tenía con qué: una copia de planillas con toda la rendición de gastos del CPP, que probaba el despilfarro de los marinos en sus noches de alegría.
Oreja, presionado, simuló reconsiderar su decisión.
Pero quedaron en no verse hasta que la señora Perrén se calmara.
La otra “guerra sucia”
Ya en mayo, apenas a tres semanas del Mundial Elena Holmberg no se mostró gratamente sorprendida por su inesperado traslado a Buenos Aires.
Es posible que, en París, Perrén haya sentido un merecido alivio, ya que a partir de entonces se limitó a cumplir con ella por vía telefónica y epistolar, deslizando palabras de amor y prometiéndole un venturoso porvenir.
El peligro seguía latente.
Todo el GT 3.3.2. estaba pendiente de esa “hipótesis de guerra”, al igual que el propio Massera, quien poco después dejó la comandancia de la Armada en manos del almirante Armando Lambruschini para entregarse de lleno a su ensoñación política.
Recién en octubre se desmanteló el CPP y sus integrantes regresaron al país. Entonces, para Perrén comenzó otra vez la pesadilla.
Si bien el embuste del encuentro con Firmenich favorecía la impostura “aperturista” de Massera, las pruebas de la corruptela del CPP que Holmberg amenazaba con difundir desvelaba al GT 3.3.2.
A mediados de diciembre, Elena se cruzó casualmente en una avenida de Recoleta con Gregorio Dupont, un diplomático de carrera que trabajó con ella en la Cancillería, y fueron a tomar algo en el bar Colony.
Esa tarde, Dupont de convirtió en su confesor. Ella le soltó de corrido sus pesares amorosos y también las represalias que tenía en mente.
El bueno de Gregorio le aconsejó prudencia.
El 19 de diciembre, Elena habló por última vez con Perrén por teléfono. En aquella ocasión, casi como al pasar, le anunció que estaba por reunirse con su primo, el general Lanusse.
– ¿Para qué? –quiso saber él, con un dejo de alarma.
–Ya te vas a enterar, mi amor.
Su voz sonaba deliberadamente aguda.
– ¡Pará Elenita! Encontrémonos antes de esa reunión.
Así fijaron una cita para dentro de dos días.
Elena Holmberg no pudo acudir. Esa misma noche fue secuestrada en la esquina de Uruguay y Arenales por los sicarios predilectos del Tigre Acosta: Adolfo Donda Tigel y Jorge Radice, según testimonios posteriores.
La osamenta de la diplomática, parcialmente desencarnada con ácido, apareció el 11 de enero de 1979, en el río Lujan, a la altura de Tigre.
Recién a fines de 1982, ya con Massera arrinconado por varias causas penales, Gregorio Dupont lo denunció públicamente por ese crimen.
La repercución más categórica de semejante osadía fue el secuestro de su hermano, el publicista Marcelo Dupont, quien –ya sin vida– fue arrojado el 7 de octubre desde la terraza de una obra en construcción de Palermo Chico.
Ambos asesinatos quedaron impunes.
Fue una paradoja que Elena Holmberg pasara del ser al no ser mediante las metodologías del terrorismo de Estado que ella tanto trabajó para ocultar.


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Mendoza y el apogeo de la oligarquía

Federico Mare – http://la5tapata.net/mendoza-del-terremoto-al-fin-del-regimen-oligarquico-1861-1918/

Después de la batalla de Caseros (1852), Mendoza se sumó al proceso de organización nacional liderado por Urquiza, el caudillo de Entre Ríos y presidente de la Confederación Argentina. Cuando en 1853 se sancionó la Constitución Nacional, nuestra provincia adhirió con entusiasmo. Y al año siguiente, por iniciativa de su gobernador Pedro Segura, Mendoza aprobó su primera Constitución provincial, basada en la nacional.
El año 1861 es clave en la historia de Mendoza. No solo por el terremoto (marzo), sino también por la batalla de Pavón a nivel nacional (septiembre), que provocó la caída del caudillo entrerriano Urquiza, jefe del partido federal. El país quedó unificado bajo el liderazgo de Buenos Aires y su gobernador, Bartolomé Mitre, que en 1862 se convirtió en presidente de la Argentina. Los viejos unitarios, ahora llamados liberales, recuperaron el control en las provincias del Interior, desplazando del gobierno a los federales.
Esto también ocurrió en Mendoza, seis meses después del terremoto. Nazar fue derrocado por los unitarios, y en enero de 1862 Luis Molina fue proclamado gobernador. Durante su gestión, Molina puso en marcha el proceso de reconstrucción posterremoto.
Desde entonces y hasta 1918, durante más de cincuenta años, Mendoza va a estar controlada por los gobiernos de familia, una serie de gobernadores conservadores en lo político, y liberales en lo económico, que pertenecían a la élite, a la oligarquía, o sea, a las familias más ricas y poderosas de la provincia, con apellidos de abolengo: los Civit, los Villanueva, los Benega, los Ortega, los Álvarez…
Despreciaban al pueblo y la democracia. Se mantenían en el poder a través del fraude, haciendo trampa en las elecciones. Admiraban mucho a Buenos Aires y Europa, y trataban de imitar todo lo que allí se hacía. Tomaron muchas medidas para modernizar Mendoza, para generar un progreso capitalista: fomentaron la inmigración europea, trajeron el ferrocarril y el telégrafo, ampliaron y mejoraron el sistema de irrigación, contrataron ingenieros y otros profesionales (médicos, arquitectos, científicos, profesores, etc.), promovieron el crecimiento económico…
Durante esa época, Mendoza creció mucho. Creció en población, pero también económicamente. Llegaron miles y miles de inmigrantes de Europa, y hubo un gran desarrollo de la vitivinicultura. Nuestra provincia se llenó de viñedos y bodegas, mayormente en manos de gringos: italianos, españoles, franceses… Algunos de ellos se volvieron bodegueros muy ricos (como Tomba, Giol, Gargantini, Arizu y Escorihuela), y acabaron integrándose a la oligarquía.
Además, la provincia duplicó su territorio con la conquista del «Desierto» (1878-1885). Toda la inmensa región al sur del río Diamante, más allá del fuerte de San Rafael, fue ocupada por el Ejército Argentino, en una brutal guerra de exterminio y despojo contra los pueblos indígenas del Malargüe. Las tierras fueron repartidas como botín de guerra entre los oficiales de mayor rango y la oligarquía provincial. Además, muchas mujeres y niños indígenas fueron esclavizados. El más beneficiado fue el mendocino Rufino Ortega, uno de los militares que dirigió la invasión, quien además pertenecía a una familia muy rica y poderosa de nuestra provincia. Ortega recibió un latifundio inmenso en Malargüe, donde creó una estancia.
La oligarquía mendocina se volvió más rica que nunca haciendo negocios con la vitivinicultura, produciendo y exportando vinos. Pero el pueblo trabajador poco y nada se benefició de todo ese progreso económico. Los salarios que se pagaban en las fincas y bodegas eran bajísimos. Las condiciones de trabajo y de vida dejaban mucho que desear, tanto en la ciudad como en el campo. Había mucha desigualdad e injusticia. La política era asunto de unos pocos privilegiados, ya que los gobiernos conservadores de aquel tiempo recurrían al fraude electoral para mantenerse siempre en el poder.
Godoy Cruz, el suburbio sur de la ciudad de Mendoza, creció notablemente en aquel tiempo. Se llenó de bodegas e inmigrantes, sobre todo italianos. Era una zona típicamente proletaria, obrera, donde vivían y trabajaban los operarios y empleados de la industria vitivinícola. Una de las bodegas godoycruceñas más grandes era la de Antonio Tomba, un empresario de origen italiano. A principios del siglo XX, esta bodega y la colectividad italiana de Godoy Cruz crearon sus respectivos clubes de fútbol: el Club Bodega Antonio Tomba y el Sportivo Godoy Cruz. Estos dos clubes, más adelante, en 1930, se van a fusionar en el Club Deportivo Godoy Cruz Antonio Tomba.
Entre los gringos que llegaron a Mendoza no faltaban militantes de izquierda, tanto anarquistas como socialistas. Ellos crearon los primeros sindicatos y periódicos para organizar y concientizar a la clase obrera mendocina, en defensa de sus derechos: salario digno, jornada de 8 horas, etc. Los bodegueros y los ferroviarios eran los dos gremios más grandes.
La Federación Obrera Provincial (FOP) había levantado la bandera de las ocho horas desde su misma fundación, allá por 1891, cuando presentó un petitorio con ese fin al gobernador Oseas Guiñazú. Un lustro después, el 27 de agosto de 1896, al estallar la primera huelga ferroviaria de Cuyo, la reivindicación de la jornada máxima se tornó clamor. Sucedió lo mismo en 1898, cuando panaderos y docentes fueron al paro.
Aquel histórico mitin proletario de 1902 se produjo contra el telón de fondo de una grave crisis económica que castigaba a la clase obrera mendocina con los flagelos del desempleo, la miseria y el hambre.
Una digresión: ¿cuándo se conmemoró en nuestra provincia, por primera vez y con un acto público, el Primero de Mayo? Roberto Vélez, en su Reseña histórica del 1° de mayo en Mendoza (1983), conjetura que debió ser a fines del siglo XIX, pero que hay que esperar hasta los albores de la centuria siguiente para hallar una fuente que lo confirme, un documento que lo corrobore. El diario local El Debate, en su edición del 2 de mayo de 1902, informó a sus lectores que, un día antes, los gremios de la FOP habían realizado una marcha de protesta por las calles del centro de Mendoza, que culminó en Plaza Independencia con un acto de homenaje a los mártires de Chicago. Dos militantes hicieron uso de la palabra. El pintor italiano Perseguetti, con su oratoria en lengua materna, hizo vibrar al auditorio. “El pueblo trabajador tiró ayer sus pañales de niño”, sentencia el cronista de El Debate. Y se pregunta: “¿Nuestros gobernantes habrán comprendido el significado de todo esto?”.
El político más importante de la Mendoza oligárquica fue Emilio Civit (1856-1920). Varias veces diputado y senador nacional por la provincia de Mendoza, fue también su gobernador en dos ocasiones: en 1898 y 1907-1910. También fue ministro nacional de Obras Públicas y Agricultura del presidente Roca, su amigo y aliado protector. Era hijo de otro estadista liberal mendocino, Francisco Civit, quien había sido gobernador entre 1873 y 1876.
Civit fue el patriarca de la Mendoza conservadora durante más de veinte años. Él manejaba los hilos del régimen oligárquico en la mayor provincia de Cuyo. No es casualidad que su nombre se repita tanto en la toponimia mendocina actual… Sus luces y sombras son los de la Generación del 80 en general, a la cual encarnó como nadie en Mendoza.
En 1912, el Congreso de la Nación sancionó la ley Sáenz Peña, que terminó con el problema del fraude electoral. Se estableció el voto secreto y obligatorio, entre otras reformas a favor de la transparencia democrática. Las provincias tuvieron que adecuarse a esa ley nacional, incluida Mendoza.
¿Qué ocurrió entonces en nuestra provincia con la política y las elecciones? Los conservadores empezaron a perder votos, y la Unión Cívica Radical (UCR), un partido nacional más nuevo y popular fundado por Alem en 1891, comenzó a crecer sin parar. Cada votación era más reñida que la anterior, menos despareja. La Mendoza oligárquica de los gobiernos de familia tenía los días contados…
En 1916, el radicalismo ganó las elecciones nacionales, e Hipólito Yrigoyen se convirtió en presidente de la Argentina, el primero verdaderamente democrático, elegido por el pueblo en una votación libre y limpia. Dos años después, los radicales llegarían al poder también en Mendoza, con el candidato a gobernador José Néstor Lencinas.
Emilio Civit hizo muchas cosas positivas por Mendoza, como promover la educación pública, gratuita y laica; fomentar el progreso tecnológico, agrícola y comercial; e impulsar las obras públicas, como el Parque San Martín y el sistema de irrigación. Pero también hizo cosas muy negativas, como prohibir el derecho de huelga y manipular las elecciones a favor de él y sus candidatos.
Civit fue el patriarca de la Mendoza conservadora durante más de veinte años. Él manejaba los hilos del régimen oligárquico en la mayor provincia de Cuyo. No es casualidad que su nombre se repita tanto en la toponimia mendocina actual… Sus luces y sombras son los de la Generación del 80 en general, a la cual encarnó como nadie en Mendoza.
En 1912, el Congreso de la Nación sancionó la ley Sáenz Peña, que terminó con el problema del fraude electoral. Se estableció el voto secreto y obligatorio, entre otras reformas a favor de la transparencia democrática. Las provincias tuvieron que adecuarse a esa ley nacional, incluida Mendoza.
¿Qué ocurrió entonces en nuestra provincia con la política y las elecciones? Los conservadores empezaron a perder votos, y la Unión Cívica Radical (UCR), un partido nacional más nuevo y popular fundado por Alem en 1891, comenzó a crecer sin parar. Cada votación era más reñida que la anterior, menos despareja. La Mendoza oligárquica de los gobiernos de familia tenía los días contados…
En 1916, el radicalismo ganó las elecciones nacionales, e Hipólito Yrigoyen se convirtió en presidente de la Argentina, el primero verdaderamente democrático, elegido por el pueblo en una votación libre y limpia. Dos años después, los radicales llegarían al poder también en Mendoza, con el candidato a gobernador José Néstor Lencinas.


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Brasil: Golpe contra Dilma – giro decisivo en la historia

Emir Sader – https://www.alainet.org/es/articulo/213664

impeachment

En la guerra híbrida, la nueva forma de golpes de derecha, el golpe contra Dilma fue decisivo. Fue una forma de ruptura institucional de la democracia, erosionando la democracia desde adentro.
De la misma manera que mucho antes se gestaba el golpe de 1964, con la fundación de la Escuela Superior de Guerra, a fines de la década de 1940, el golpe contra Dilma tiene su antecedente más importante unos años antes, con las movilizaciones de 2013 , con los medios de comunicación jugando un papel fundamental en revertir las demandas iniciales, en imponer la lucha contra la política y la corrupción.
Esta descalificación de la política se retomó en las movilizaciones de 2015, en preparación al golpe de 2016. Contra la política, contra el PT, contra los gobiernos del PT.
Allí, en la ruptura de la democracia, con un impeachment contra Dilma, sin razón legal ni constitucional, comenzaron las tragedias que vive Brasil hoy. Con la ruptura de la democracia, ya no fue la voluntad de la mayoría, sino la manipulación minoritaria de las élites, lo que llegó a prevalecer.
El gobierno de Temer, a diferencia de los gobiernos de Lula y Dilma, no fue producto del voto mayoritario de los brasileños, sino de un golpe de Estado, que eliminó a una presidenta reelegida por la mayoría de los votos de la población, para poner en su lugar un vicepresidente , reelegido con un programa y puso en práctica el programa derrotado de la oposición. Si faltaba algo para caracterizar que fue un golpe a la democracia, ahí está este giro para retomar el neoliberalismo, derrotado cuatro veces en elecciones democráticas.
Fue así como se interrumpió el período de gobierno más virtuoso de Brasil. Un gobierno que retomó el crecimiento económico, que generó más de 22 millones de puestos de trabajo con contrato formal, que elevó el salario mínimo un 70% por encima de la inflación.
Que promovió grandes inversiones estatales, sin producir inflación ni déficit público, acabando con el dogma neoliberal. Que fortaleció al Estado, con inversiones públicas, con la expansión de la educación pública y la fundación de 18 universidades públicas -la mayoría de ellas en el noreste-, y la salud pública, especialmente el SUS.
Brasil nunca ha tenido una imagen internacional tan prestigiosa, con Lula como protagonista de grandes eventos en el escenario mundial. Nunca tuvo tan buenas relaciones con países latinoamericanos, nunca tuvo tantas relaciones con países africanos.
Fue un momento especial en la historia brasileña, que solo pudo romperse con el colapso de la democracia en 2016. A partir de entonces, todo lo que se había construido en su mejor momento fue destruido. El Estado brasileño atravesó un proceso de deterioro de los activos públicos por privatizaciones. Las políticas sociales han sido destruidas por drásticos recortes de recursos. Los derechos conquistados por los trabajadores fueron liquidados, arrojando a la mayoría de los brasileños a la supervivencia en la precariedad.
Por eso el golpe contra Dilma fue la línea divisoria entre un momento ascendente de Brasil como país y como democracia y este momento de decadencia, como país y como democracia. Este fue el giro de 2016, que ahora completa 5 años trágicos para Brasil y para los brasileños.
Años de Temer y Bolsonaro, presidentes sin legitimidad y sin prestigio, que degradaron la imagen misma de la presidencia en Brasil. Eso proyectó la peor imagen que Brasil ha tenido en el mundo.
Tiempos de infelicidad, desesperación, abandono, autoritarismo. Ir de Lula a Bolsonaro es ir del cielo al infierno, del prestigio al descrédito, de la legitimidad a la ilegitimidad.
Solo superar y revertir el golpe de 2016 permitirá a Brasil rescatar la democracia y, con ella, la autoestima, el crecimiento económico, la generación de empleo, la lucha prioritaria contra la desigualdad con la prioridad de las políticas sociales, la educación y la salud primero.
Cinco años de tragedia humanitaria, que será revertida por la voluntad mayoritaria de los brasileños, a través de elecciones democráticas, que pasarán esta página catastrófica en la historia brasileña.


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26 de agosto de 1914: nace Julio Cortázar en Bruselas

 

Por Gabriel García Márquez – http://elortiba.org/old/cortaz.html

cortazar-cat

Discurso pronunciado en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. El discurso —primero publicado como artículo el 22 de febrero de 1984, a unos días del fallecimiento de Julio Cortázar— fue en homenaje al autor a los diez años de aquella fecha. El mismo texto se leería en la mesa inaugural del Coloquio «Julio Cortázar revisitado», el 14 de febrero de 2004, en Guadalajara, Jalisco, en el homenaje rendido por la Cátedra Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara, presidida por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, a los veinte años de la muerte del escritor argentino.
Ciudad de México, 12 febrero de 1994
Fui a Praga por última vez en el histórico año de 1986, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión, y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados.
A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolongó hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonious Monk. No sólo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible.
Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difíciles[1]: la historia de un boxeador en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vedada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ése el cuento que el propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo, desde poetas consagrados y albañiles cesantes, hasta comandantes de la revolución y sus contrarios. Fue otra experiencia deslumbrante. Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aun para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes que recibía el pobre boxeador en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querían decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo.
Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también los que mejor lo definían. Eran los dos extremos de su personalidad. En privado, como en el tren de Praga, lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos. En público, a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y extraña. En ambos casos fue el ser humano más impresionante que he tenido la suerte de conocer.
Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café de París con nombre inglés, adonde él solía ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean-Paul Sartre lo hacía a trescientos metros de allí, en un cuaderno de escolar y con una pluma fuente de tinta legítima que manchaba los dedos. Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta, entre peloteros mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquél era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande. Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del boulevard Saint-Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón.
Años después, cuando ya éramos amigos, creí volver a verlo como lo vi aquel día, pues me parece que se recreó a sí mismo en uno de sus cuentos mejor acabados, «El otro cielo», en el personaje de un latinoamericano en París que asistía de puro curioso a las ejecuciones en la guillotina. Como si lo hubiera hecho frente a un espejo, Cortázar lo describió así: «Tenía una expresión distante y a la vez curiosamente fija, la cara de alguien que se ha inmovilizado en un momento de su sueño y rehúsa dar el paso que lo devolverá a la vigilia». Su personaje andaba envuelto en una hopalanda negra y larga, como el abrigo del propio Cortázar cuando lo vi por primera vez, pero el narrador del cuento no se atrevía a acercársele para preguntarle su origen, por temor a la fría cólera con que él mismo hubiera recibido una interpelación semejante. Lo raro es que yo tampoco me había atrevido a acercarme a Cortázar aquella tarde del Old Navy, y por el mismo temor. Lo vi escribir durante más de una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el escolar más alto y flaco del mundo. En las muchas veces que nos vimos años después, lo único que había cambiado en él era la barba densa y oscura, pues hasta dos semanas antes de su muerte parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con que había nacido. Nunca me atreví a preguntarle si era verdad, como tampoco le conté que el otoño triste de 1956 lo había visto, sin atreverme a decirle nada, en su rincón del Old Navy, y sé que dondequiera que esté ahora estará mentándome la madre por mi timidez.
Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo. Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estar muriéndose otra vez de vergüenza por la consternación mundial que causó su muerte. Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente. En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse. Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resistí a participar en lamentos y elegías por Julio Cortázar.
Preferí seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.


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Los crímenes de la CNU

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cnu

A 45 años de los hechos, el juez federal Ernesto Kreplak procesó a tres ex miembros de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) de La Plata como coautores de secuestros y asesinatos cometidos entre fines de 1975 y abril de 1976. Se trata del ex jefe de esa banda, Carlos “El Indio” Castillo, su segundo Juan José “Pipi” Pomares y Antonio Agustín Jesús, recordado como “Tony Jesús”. Castillo, preso en la Unidad 34 de Campo de Mayo, es el único que cumple una condena. Pomares fue absuelto por el Tribunal Oral Federal 1 pero la Cámara Federal de Casación Penal declaró nulo ese fallo, con duros cuestionamientos a los jueces Pablo Vega, Alejandro Esmoris y Germán Castelli, y ordenó dictar una nueva sentencia. Tanto Pomares como Jesús tienen arresto domiciliario.

La CNU cometió más de 60 asesinatos entre 1974 y 1976, amparada en la impunidad que le garantizaban la policía bonaerense, las fuerzas armadas y la ocupación de puestos claves en el poder provincial. El juez recordó que sus ataques se centraron en militantes políticos, gremiales o estudiantiles, y que su marca registrada fue la violencia y el ensañamiento, la actuación en patota, el robo de las casas, los fusilamiento con armas de diferentes calibres, la exposición de los cadáveres en descampados de fácil acceso público y la actuación en zonas liberadas.

Las parejas que formaban Néstor Dinotto y Graciela Martini, Daniel Pastorino y Úrsula Barón militaban en la izquierda peronista en el barrio obrero Dumor, de Villa Elisa. Fueron secuestrados en la madrugada del 4 de abril de 1976. Antes la patota se instaló en la casa de Graciela, donde durante horas interrogaron y golpearon a su madre y a su hermano de diez años. Pastorino y Barón fueron sometidos a simulacros de fusilamiento y finalmente liberados. Dinotto y Martini fueron acribillados, con las manos atadas en la espalda y los rostros tapados. Por sus casos fue condenado Castillo, absuelto Pomares, y ahora el juez Kreplak procesó a “Tony” Jesús.

Carlos Sathicq, Leonado Miceli y Horacio Urrera fueron asesinados en la madrugada del 20 de abril. Sathicq había sido delegado en Propulsora Siderúrgica, donde trabajaba en limpieza junto con Miceli, que estudiaba en la Universidad Tecnológica. Urrera estudiaba derecho y trabajaba en el Registro de la Propiedad, donde era delegado de la Asociación de Empleados de Renta e Inmobiliaria (AERI). Allí también estaba Pomares, que hizo ingresar a Castillo, y ya en 1974 Urrera había pedido el traslado porque lo amenazaban de muerte. En los operativos participaron entre 10 y 12 personas de civil, a cara descubierta, que se movían en tres autos. Los cadáveres aparecieron flotando en el arroyo Santo Domingo, en Sarandí, con las manos atadas, la boca amordazada y múltiples impactos de bala. Ingresaron como NN a la morgue de Avellaneda, donde los reconocieron sus familiares. Por sus casos fueron procesados Castillo y Pomares.

Jorge Rosendo Ruda tenía 24 años, militaba con sus hermanos Carlos y Hugo en la Juventud Peronista, y habían fundado una unidad básica en Los Hornos, donde eran habituales los choques con la CNU. Además trabajaba en el Registro de las Personas. En 1974 sufrieron allanamientos y les dejaron un mensaje frente a la casa que compartían con su madre: “Monto hijo de puta, sos boleta. CNU”. Jorge fue secuestrado el 8 de diciembre de 1975 en su casa de calle 47 por una patota de cinco o seis personas, algunas de civil y otras con uniforme. Lo llevaron a la zona rural de Arana, donde lo ataron, lo acribillaron con más de 50 balazos e hicieron detonar explosivos sobre su cadáver.

Ricardo Arturo Rave, de 18 años, cursaba en un colegio técnico y militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Cinco de los nueve hermanos eran militantes: tres en la Juventud Peronista (Gustavo Rave, asesinado en Rosario, y Carlos Marcelo Rave, desaparecido en Villa Adelina) y otro era delegado en Propulsora Siderúrgica. En agosto de 1975 una patota secuestró e interrogó a un hermano menor de apenas once años. Después les pusieron una bomba en la casa. Ricardo fue secuestrado en su casa de calle 8 el 24 de diciembre de 1975 por un grupo de 15 personas, algunos con uniformes del Ejército. Uno señaló a “Patulo”, como lo apodaban, y dijo “éste es uno de los que anda jodiendo con el boleto”, contó su madre. Una vecina vio por la mirilla cuando lo sacaban forcejeando y lo subían a uno de los autos. Su cadáver apareció en el puente del Camino Arana, rodeado de cápsulas de calibre 9, 45 y de escopetas Itaka.

Alcides Méndez Paz y Daniel Rayson Midon fueron secuestrados en la madrugada del 19 de febrero de 1976. Sus cuerpos aparecieron a la vera de una ruta cerca de Coronel Brandsen. Méndez Paz estudiaba ingeniería en la Universidad Tecnológica Nacional y trabajaba en Astillero Río Santiago, militarizado hacia fines de 1975 tras un atentado en la fragata Santísima Trinidad. Luego de ese hecho, policías de la Comisaría 9ª lo buscaron en su casa. Alcides se presentó y quedó detenido a disposición del Ejecutivo. Estuvo en la cárcel de La Plata hasta que en febrero de 1976 lo liberaron. Desde entonces dormía en casa de unos tíos, donde lo secuestraron. Rayson Midon era pampeano, hijo de un suboficial del Ejército, y estudiaba ingeniería en la Universidad Católica. Fue delegado de los trabajadores del Automóvil Club Argentino y luego en la Propulsora Siderúrgica. Los relatos de los testigos coinciden con lo que contó ante CONADEP en 1984 el suboficial Orestes Vaello, quien relató que “se operaba arriando el botín de guerra que luego se repartía” y que la orden de exterminio provenía del Batallón de Inteligencia 601. Méndez Paz “fue obligado a arrodillarse y se lo fusiló por la espalda”, recordó. Por sus casos, más los de Ruda y Rave, fue procesado Castillo.


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EL GOLPE MILITAR DE 1966 – En vez de votos, botas

Origen: Espacio de Sergio: EL GOLPE MILITAR DE 1966 – En vez de votos, botas

Igual que en golpes anteriores, la desestabilización empezó mucho antes y los medios de la época tuvieron mucho que ver en ello, en especial los periodistas Mariano Grondona, Bernardo Neustadt y Mariano Montemayor, como señala Miguel Angel Taroncher en su libro sobre la caída de Illia. Esos periodistas contribuyeron “como parte integrante del poder mediático, a la campaña de prensa sobre la base de coincidentes mensajes críticos contra el gobierno” radical. A través de ellos jugaban sofisticadas revistas de opinión un rol que en golpes anteriores habían desempeñado periódicos de lectura masiva.


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Argentina: 16 DE JUNIO DE 1955

Lic. Elena Marta Curone – http://movimientoperonista.com/martacurone/ficheros/16_DE_JUNIO_DE_1955.pdf El 11 de junio de 1955 se realiza una manifestación de 10.000 personas, entre fieles y opositores a Perón, quienes llegan hasta el Congreso Nacional y enarbolan la bandera vaticana, en reemplazo de la Argentina, la cual retiran del mástil de la legislatura. A la vez, arrancan las placas […]

Argentina: 16 DE JUNIO DE 1955