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Sudamérica, un modelo de cambio

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Diego Ghersi (UNLP) – APM | Agencia Periodística del Mercosur | www.prensamercosur.com.ar
A diferencia de los otros bloques con los que se define el escenario del planeta, el propugnado desde UNASUR es democrático, pacífico y no se propone ocupaciones hegemónicas.
Las naciones del planeta están empeñadas en asociarse para formar bloques continentales y esta tendencia sin retroceso es la que marca el ritmo de los tiempos que corren.
El mundo se reorganiza en: Nuevos Espacios Continentales Económicos. Una realidad que camina a marcha forzada tratando de superar la crisis Financiera devenida en Económica
La Unión Europea (UE) se extiende hacia el Este mientras trata de compensar económicamente su crecimiento aplicando –tozudamente- recetas neo liberales para superar las secuelas de la crisis económica internacional. Grecia; España; Irlanda e Italia pueden atestiguarlo.
Rusia; China e India, construyen otra comunidad en la zona eurasiana que –desde tiempo inmemorial- ha sido considerada la “llave del mundo”.
En América del Norte, acaban de cumplirse 16 años de la alianza comercial denominada NAFTA que vincula a Estados Unidos; Canadá y México.

América del Sur no es ajena a estos reacomodamientos. Durante la presidencia de Luis Inazio Lula Da Silva, Brasil ha logrado pasar de ser una potencia regional para convertirse en un actor mundial, con la característica particular de que sus aspiraciones lentamente van concretándose.
En efecto, además de que se prevé que Brasil será la octava economía del mundo en los próximos 10 años, la diplomacia de ese país jugó un rol de primera magnitud en la UNASUR; actuó sin vacilaciones en el problema entre Colombia y Ecuador, ha impuesto su autoridad durante la cuestión Boliviana de la Media Luna; aspira a una banca junto a los poderosos de la ONU y exige el lugar de mediador en el eterno conflicto del Medio Oriente.
Pero todos estos hechos no hacen sino reafirmar algo extraordinario: Brasil razona la estrategia desde una matriz de pensamiento de neto corte sudamericano y dicha estrategia es llevada a la práctica por una diplomacia que se proyecta desde el interior de sus fronteras hacia el exterior.
Brasil piensa como potencia, exige un lugar permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, que es el sitio desde donde siempre se legitima la burla del sistema internacional; Brasil exige un cambio de mediación en la eterna crisis de Medio Oriente y se ofrece como candidato. Brasil se niega a condenar a Irán y reivindica para todos los pueblos el derecho de acceder a una mejor tecnología.
El prestigio mundial que tales actitudes le otorgan hace de Brasil la gran locomotora que impulsa una unión continental en la que el Mercosur juega un rol clave y donde Argentina tiene el status de socio mayor.
Brasil da la impresión de haber comprendido que hoy todo se reduce a política exterior y que, por tanto, la política interna sólo es una herramienta para consolidar poder nacional, al sólo efecto de ingresar a un nuevo orden mundial consistente en la conformación y mantenimiento de nuevos espacios geopolíticos continentales.
Visto desde afuera, la constitución de un bloque sudamericano es una amenaza para todos aquellos que ven en la región una reserva de recursos vitales para la continuidad del sistema económico capitalista.
En particular, para el bloque liderado por Estados Unidos, es mucho más sencillo asegurarse los recursos de Sudamérica que seguir desangrándose en Irak, Afganistán u Osetia del Sur, lugares dónde la presencia de Rusia China o la India imponen respeto y dificultan el saqueo. Latinoamérica no es, comparada con otras regiones, un campo virgen para los intereses extranjeros.
Y no es que Eurasia deje de ser para Estados Unidos un objetivo sino simplemente que se trata de un objetivo a ultranza.
Dada la tortuosa marcha que imponen las guerras asiáticas, las cuestiones más urgentes deben solucionarse merced al aseguramiento de los recursos sudamericanos. De otra forma, la maquinaria depredadora podría quedarse sin combustible.
Por eso, así como las potencias eurasianas marcan su territorio con celo, Estados Unidos hace lo propio en la región sudamericana. La presencia de su IV Flota en operaciones custodia un sector del planeta que, desde Washington, se considera propio.
Con ese fin hay que pensar también el despliegue de bases terrestres en Colombia y el Caribe y las operaciones neo golpistas inauguradas exitosamente con el caso hondureño pero ya intentado en 2002 contra Hugo Chávez, en 2008 contra Evo Morales, en 2009 contra Manuel Zelaya y en 2010 contra Fernando Lugo.
Esos intentos son, al final del camino, esfuerzos por poner piedras en la marcha de una unión continental que impide el acceso a los recursos.
Quizás la importancia de Brasil pueda explicitarse mejor si se observan las acciones que las otras agrupaciones regionales efectúan sobre el África, una región dónde no existe nación que ocupe el rol de Brasil en Sudamérica.
China hace notar su presencia en el Golfo de Adén desde 2008, donde bajo la eufemística bandera de “desempeñar un papel mayor en el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales” sólo encubre la intención de proteger a las empresas de Pekín, asentadas en la estratégica zona y empeñadas en tareas de franca depredación.
Es verdad que los chinos no son metodológicamente comparables con los occidentales en materia de conquista colonial. Es cierto que invierten en infraestructura y que eso –de alguna manera- repercute en los pueblos donde se asientan, pero ello no disimula el hecho concreto de que “no deberían estar ahí” y tampoco asegura el bienestar autóctono.
Para proteger sus intereses Pekín ha desarrollado una Armada que en el próximo lustro será la más poderosa del planeta, a efectos de consolidar sus espacios de ultramar.
Según los expertos, la presencia militar china en el Cuerno de África es la primera misión de ultramar que realizan las fuerzas navales del Ejército Popular de Liberación en sus 81 años de vida e incluso de toda la Marina china desde el siglo XV y la dinastía Ming, Impresionante.
Angola es el primer proveedor de petróleo de China y toda África cubre más del 31 por ciento de las necesidades petrolíferas de Pekín. Hay más de 800 empresas chinas operando en 49 países Africanos.
Pero la cuestión que involucra al Cuerno de África no termina con la llegada de una Fuerza de Tareas China. Estados Unidos no está dispuesto a ceder terreno en beneficio del gigante asiático.
El día 5 de marzo de 2010 el New York Times decía “durante los últimos meses los consejeros estadounidenses han ayudado a supervisar el entrenamiento de las fuerzas somalíes que serán utilizadas en la ofensiva… Los estadounidenses han suministrado un entrenamiento clandestino para agentes de inteligencia somalíes, apoyo logístico para mantenedores de la paz, combustible para maniobras, información de reconocimiento sobre las posiciones insurgentes y dinero para balas y fusiles”.
Y el día 10 de marzo podía leerse en el Pittsburgh Post-Gazette “Bien provisto de dinero y a pesar de las costosas guerras en Irak y Afganistán, el Departamento de Defensa obviamente se considera en condiciones de emprender una acción militar en África, en Somalia”.
Geoestratégicamente, no sólo es Somalía y sus recursos, también se trata de ocupar posiciones relativas favorables que apuntan a Irán.
Y no son solamente los chinos y los norteamericanos. También la UE confluye en el área: “Somalia es muy importante para nosotros. La UE participa en el entrenamiento de somalíes en Uganda y eso es algo en cuyo apoyo podríamos trabajar estrechamente”, sostuvo Tony Holmes, adjunto del comandante para actividades civiles-militares de AFRICOM, el centro unificado de comando del Pentágono en África creado a fines de 2007.
África no cuenta con ningún país que asuma el rol que en Sudamérica tiene Brasil.
El poder económico y el militar están hoy más entrelazados que nunca y dado el potencial destructivo de los parques, la amenaza de destrucción se transforma en una pesadilla cercana, en un marco de reparto colonial de similares características al observado durante las guerras mundiales, pero ahora en una escala verdaderamente planetaria.
En Sudamérica la protección está encarnada por Brasil, el enemigo a vencer para las potencias hegemónicas. Sin Brasil los países vecinos se desmantelarían como un castillo de naipes. Sin Brasil no habría nacido el Consejo de Defensa Sudamericano, al que, es cierto, aún le falta mucho, pero que sin dudas marca la dirección correcta en cuestiones de defensa continental.
La sociedad con Argentina defendida a ultranza por la diplomacia brasileña es un intento por constituir desde el Mercosur un poderoso núcleo que incorpore paulatinamente a los países de la región y del Caribe.
Brasil comprende muy bien que esa es la opción más lógica, si se pretende contrapesar a las otras asociaciones extra continentales que día a día se hacen más poderosas y se militarizan peligrosamente.
Pero eso no es lo último que puede rescatarse de la matriz sudamericana que motoriza la alianza continental. Hay algo más meritorio, al menos a mediano plazo, y consiste en quela unión sudamericana propugnada por Brasil –a diferencia de todas las demás- no es de carácter agresivo, ni para otros pueblos de La Tierra, ni para el medio ambiente.
Con las limitaciones del caso, América Latina toda lleva ya más de medio milenio de “Pacha Mama” y de explotación endógena. En ese sentido, lo más revolucionario del intento continental que Brasil encabeza en la actualidad –y que lo diferencia del resto- es que la idea matriz tácita de que una “Sudamérica unida para los sudamericanos” dista de contener la carga eufemística de la que enunciara el ex presidente estadounidense James Monroe en 1823.
En efecto, se trata primero de otorgar dignidad a los habitantes de este hemisferio y de lograr su comunión con la tierra que les pertenece y pisan. Y eso señores, además de marcar la diferencia, bien vale el esfuerzo.
– Diego Ghersi, desde la redacción de APM – Facultad de Periodismo y Comunicación Social. Universidad Nacional de La Plata
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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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