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Espejos en el Bicentenario

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Por Ricardo Forster – http://www.elargentino.com/nota-86593-Espejos-en-el-Bicentenario.html

Escribir el día a día de la política, sumergirse en la vorágine de los acontecimientos que parecen tener impactos decisivos mientras rápidamente se preparan para dejar su lugar a los próximos sucesos igual de impactantes y de efímeros, es el límite y la obsesión del periodismo político. La intensidad de las noticias suele devorarse la posibilidad misma de interrumpir reflexivamente su presentación deslumbrante que empieza a opacarse en el instante en que la conocemos a través de los medios. Las informaciones, los hechos múltiples y multívocos, se entrelazan de tal modo que obnubilan cualquier visión más amplia, de aquellas que buscan sobrevolar la coyuntura para poder hincarle el diente a un proceso históricamente más abarcador y decisivo.

Simplemente el día a día, la tiranía de los hechos efímeros, suele servir para anestesiar la mirada emancipada de los poderes mediáticos, esos mismos que se ocupan de crear las condiciones desde las cuales el sentido común, eso que otros denominan “la opinión pública”, suele expresar la concepción del mundo y de la vida de los dominadores de ayer y de hoy. Enceguecido por la electricidad y el vértigo de acontecimientos indescifrables, el individuo del presente, el habitante de este tiempo multimediático y espectacularizado, suele renunciar a lo que el viejo Kant, más de dos siglos atrás, denominaba la “autonomía del sujeto”, su capacidad de usar la inteligencia para pensar por sí mismo liberándose de todos los andadores y de todas las formas de heteronomía. En muchos aspectos, hemos quedado por detrás del postulado kantiano.

No se preocupe el lector que no es mi intención seguir incursionando por los andariveles de la reflexión filosófica ni tampoco meterme en las complejidades muchas veces indescifrables de la sociedad de masas y de la cultura contemporánea. Mi objetivo es más humilde y limitado. Intento comprender qué hay de nuevo en la actualidad argentina. Qué diferencias nos separan de ese otro tiempo no tan lejano atravesado por las herencias de la dictadura, las dificultades y las apuestas frustradas de la transición democrática y esa década, la de los noventa, que redefinió profunda y decisivamente el núcleo mismo de la sociedad. Diferencias y, claro, continuidades. Porque pensar la propia época supone, siempre, mirarse en el espejo de lo que fuimos, tratar de comparar para comprender mejor en qué nos parecemos y en qué nos diferenciamos de aquello que en parte dejamos a nuestras espaldas.

De cara al Bicentenario, un acontecimiento que puede ser relevante si lo convertimos en una auscultación rigurosa y destemplada de nuestra travesía como nación, o que puede caer en la insignificancia si sólo lo transformamos en una excusa para autocongratularnos lanzando fuegos artificiales que diviertan a las multitudes sin abrir ninguna interrogación autocrítica de 200 años de historia independiente, estamos ante el desafío de pensarnos sin medias tintas ni retóricas de la falsedad y la edulcoración; pero alejados, también, de las falsas comparaciones, esas que nos dicen que hace 100 años éramos un país lleno de oportunidades y de riquezas, gobernados por gente seria y republicana, mientras que ahora naufragamos en nuestras propias incoherencias.

Hace 100 años, en el otro Centenario, la riqueza se la apropiaban unos pocos, había estado de sitio y se reprimía salvajemente a los trabajadores y a aquellos extranjeros que se resistían a doblegarse a la ideología de las clases dominantes se les aplicaba, si eran anarquistas o socialistas, la ley de residencia, esa que los separaba de sus familias y los devolvía sin más trámite a sus países de origen. Interpretar el Preámbulo de la Constitución Nacional era atributo de los dueños de la tierra y del capital, ellos decidían quiénes eran “hombres y mujeres de buena voluntad”. Una democracia para pocos y rigurosamente controlada capaz de garantizar la perpetuación en el poder de aquellos que se encargarían de relatar, hacia atrás y hacia adelante, la historia “verdadera” del país, de “su” país. Ni trabajadores ni mujeres, tampoco indios –masacrados durante la campaña aniquiladora de Roca– ni negros –invisibilizados y duramente castigados desde siempre hasta prácticamente hacerlos “desaparecer” del imaginario acrisolado de un país “amplio y generoso” en el que no se conocía, eso nos contaron, el horror del racismo–. Pero también, eso hay que destacarlo porque es parte de nuestra laberíntica y contradictoria historia, la creación de un sistema universal e igualitario de educación pública que, tal vez, represente lo mejor de esa tradición liberal laica de la generación del ochenta.

Porque a veces las filigranas de la historia son enrevesadas y no siguen líneas claras y distintas, de esas que nos llevan sólo a los blancos o a los negros impidiéndonos percibir los matices que, en el caso de la generación del ochenta, los tiene. Su mejor donación, en medio de una lógica del poder excluyente y para pocos, fue la ley de enseñanza pública, gratuita y laica. No estaría nada mal recuperar, bajo las condiciones del presente, ese impulso universalizador que le devuelva a la educación pública el lugar que le fue rapiñado en las últimas décadas y como consecuencia directa de las políticas neoliberales. La decisión presidencial de hacer efectiva la asignación universal para todos los niños del país y vincularla directamente a la escolarización implica tanto una medida de reparación imprescindible para los más débiles de nuestra sociedad como, también, una fuerte señal de sostenimiento de la educación pública.

Un país, una “república” que supo, también, construir algunas instituciones que serían decisivas para la historia posterior y que vuelven compleja la recepción, hoy, de aquella época de la que hoy hablan maravillas los republicanos de última hora que escriben desde las columnas de prestigiosos diarios fundados por aquellos “héroes” de antaño, que se soñó para pocos y como “granero del mundo”, tierra fértil para alimentar a las naciones y para enriquecer a sus dueños. Una república capaz de “olvidar” lo que vino después, las luchas por la dignidad, los derechos y la inclusión. Un relato que desde el presente desearía que no hubiera habido un 17 de octubre, que aquellos derechos conquistados no hubieran sido otra cosa que un mal sueño para reemplazarlos por la filantropía que emana de la Iglesia y de las damas de caridad. Un relato sin rebeldes ni parias, sin indios ni negros, sin izquierdas insurgentes ni pueblo con memoria y capacidad de resistencia; sin el Cordobazo y sin sindicatos. Un relato construido desde la bucólica visión de un crisol de razas, de una armonía social utopizada en algún relato gauchesco en el que el patrón y los peones son parte de la misma comunidad. Un relato capaz de hacer invisible la brutal violencia de clase y racial que se desencadenó sobre los “negros de nuestra historia” y que tiene algunos momentos terribles e inolvidables en la Semana Trágica de 1919, los fusilamientos de la Patagonia unos años después, el bombardeo salvaje a Plaza de Mayo en el ’55, los comandos fascistas del lopezrreguismo y la noche del horror de la dictadura del ’76.

Un modo sesgado de relatar la historia que apunta a ejercer, sobre el presente, la violencia de una “pedagogía” neoliberal dizque republicana que denuncia las “caídas populistas” que fueron impidiendo que los ideales del primer centenario marcasen el itinerario de un país que no “supo ser fiel a sus fundadores” y que se dejó engañar por los retóricos de la demagogia populista. Para ellos lo inaugurado en mayo de 2003 es lo más parecido a una pesadilla, el retorno de los espectros del igualitarismo que, en las condiciones de la Argentina actual (heredera de décadas de degradación y de fragmentación social), supone el avance hacia políticas de reparación y hacia una reconstitución de ese mismo tejido social y cultural brutalmente dañado por las políticas neoliberales. No soportan que hoy vuelva a ser posible relatar de otro modo aquello que nos constituyó como nación, que lo que viene habilitando estos últimos años sea la posibilidad de mirar en espejo y de pasarle a la historia el cepillo a contrapelo, ese que permite recoger las experiencias, los sueños y los dolores de los olvidados de esa misma historia.

Intentar dar cuenta hoy de las derivas laberínticas e intrincadas de la historia argentina, ponernos de cara a la gesta de mayo, auscultar estos 200 años, se vuelve un desafío mayúsculo porque, entre otras cosas, la actualidad ya no está sometida a las arbitrariedades del relato hegemónico que dominó en los noventa. Hoy podemos leer e interpretar desde un presente que ha reinstalado el desafío de una distribución más equitativa de la riqueza, que nos habilita para salir de las trampas de la ideología neoliberal rescatando el papel del Estado y de lo público, que nos inscribe en otra historia latinoamericana, que vuelve a hacer visibles a los “negros” y que inició el arduo proceso de repolitizar la vida del país.

Tal vez por esto y por muchas otras cosas que habría que destacar si tuviéramos más espacio pero que están instaladas en los acontecimientos de este tiempo novedoso y excepcional que nos toca vivir y que mucho tiene que ver con lo desplegado primero por el gobierno de Néstor Kirchner y, ahora, por el de Cristina Fernández, estemos en condiciones de saltar de las puras exigencias del día a día para pensarnos mejor y más profundamente como nación sabiendo que son muchas más las deudas que lo efectivamente logrado en 200 años de historia, que sigue siendo intolerable la pobreza y la marginación y que queda todavía lo fundamental por hacer a la hora de garantizar una mejor distribución de la riqueza.

Pero hoy también hemos recuperado la certeza de que esas deudas se inscriben en lo mejor de las tradiciones populares y se entraman con los múltiples sueños de emancipación soñados desde los albores de la patria y que hoy regresan sobre la escena actual.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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