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La cuestión del mercenario

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Por Orlando Baronehttp://www.revistadebate.com.ar//2010/04/29/2852.php

Palabra malquerida mercenario. En su origen nombraba al guerrero que por una paga combatía a favor de un ejército enemigo. De ahí el desprecio que cargaba. Pero ya con el tiempo señala a todo aquel que cobra por hacer su trabajo. De modo que mercenario es cualquier asalariado. Desde un jornalero a un gerente; desde un maestro a un director de cine. Desde una empleada de la casa al CEO de un grupo económico. Y por lógica del razonamiento son mercenarios, reyes, presidentes, ministros, legisladores y jueces. Un sacerdote cobra y también un cardenal. Un enfermero y un médico y el que dirige un asilo de huérfanos. Así, sería mercenario hasta el que administra y reparte la Asignación Universal por Hijo o el que organiza la ayuda humanitaria a las víctimas de un terremoto.

Sin embargo, la palabra sigue sonando oscura. A nadie le gusta ser calificado con ella. Ni siquiera a un jugador de fútbol que ayer jugaba en Boca y ahora, en River; ni al escritor que escribe por encargo pago un libro en contra de un gobierno al que no odia; ni tampoco le gusta que le digan mercenario al periodista que comunica una opinión que le dictan los editores que lo emplean y que, según le vaya en suerte, opina para un medio o para otro, a veces con opiniones contrarias o antagónicas. Éste sí es un dilema actual que hierve redacciones, que revuelve el avispero mediático. Lo cierto es que todos los que hacemos periodismo trabajamos por la paga: todos somos mercenarios. Como todos. Para una profesión adiestrada en la creencia de un status de autovaloración tan infundado como cualquier status humano, reconocerlo es un karma. La palabra mercenario viene de merced, palabra espiritual que espiritualmente significa paga. Ahora bien, un mercenario hace bien o mal su trabajo. Y éste es el dilema empírico. ¿Su trabajo es cumplir con el que le paga o cumplir con su trabajo?

Según sea, un periodista lo cumple satisfaciendo a su empleador, satisfaciendo al público y satisfaciendo su pensamiento y su moral. Trilogía de azaroso cumplimiento. Porque para poder unir esas tres satisfacciones el periodista debería trabajar para sí mismo, no para otros. Y aun así tendría dificultades. Con más razón si trabaja para grandes empresas editoras o corporaciones. Qué dilema o encrucijada. Porque la profesión misma es mercenaria. Y la presión es tan grande que el buen mercenario acaba convencido de que cuanto escribe, dice y opina bajo dictado o influencia es suyo propio. De ahí su convicción y su entusiasmo. A más y mejor paga, más y mejor entusiasmo. Ya que si se mantiene siempre en el mismo campo de intereses acaba metamorfoseado con ellos. Y si cambia y también muda de opinión y la de ahora es contraria a la de antes, demuestra que sabe cumplir con la empresa y con otro público, pero ya no consigo mismo. Pero el problema de conciencia es reservado y nadie se entera.

¿El periodista se debe a la obediencia debida como el obrero de una planta de armas que serán destinadas a matar gente, o como el amanuense de una secta venal en la que no cree? El periodista -al contrario de otro tipo de trabajador- arrienda su inteligencia. Arrienda su moral. Arrienda su visión de la vida y del mundo. El ideal sería que pudiera y tuviera la voluntad de elegir al arrendador que le paga pero sin que lo obligue a traicionarse. Ni a traicionar. Aunque en un mercado de trabajo de intereses hegemónicos son pocas las chances de ser un mercenario voluntario, a favor de la causa que se defiende y sostiene. Ésta es la vulnerabilidad del oficio periodístico. Se finge omnipotente para no descubrirse en su debilidad. La opción es tentarse a hablar con su voz desde la voz de otro o de otros. O no tentarse y reducir sus expectativas de dinero y de éxito. Ésa es la cuestión.

La sociedad sabe y no sabe todo esto. Como el comensal de un restaurante sabe y no sabe que detrás de la pared, en la cocina, en la heladera, en los estantes de materia prima puede ocurrir de todo: desde la inmaculada profilaxis hasta el aguantadero de bacterias.
Ahí está la venerada Iglesia descubriendo la perversión de sus obispos, escondidos furtivamente con monaguillos detrás de los altares. Es un acto de fe creer en lo que decimos los periodistas. Siempre lo fue. La desventaja con respecto a la Fe en un dios es que somos hombrecitos. Y, aún peor, hombrecitos empleados o sujetos a organizaciones de negocios.

El capital simbólico del periodismo, ése que presume estar representado por aquel “Yo acuso” de Émile Zola, que denunciaba en la prensa la injusta condena a Alfred Dreyfus, el militar judío acusado de traición a la patria, es un ejemplo demasiado ejemplar que se cae de bruces si se lo compara a uno de nosotros. Ninguno es hoy Zola. Ningún acusado de traidor es Dreyfus. Pongan aquí los nombres de periodistas o de traidores que quieran. Tampoco la multimedia actual y su parafernalia tecnológica son aquellos diarios remotos, casi hechos a mano, y a sola firma, identificados con un dueño más o menos cuentapropista que militaba en el compromiso desinteresado y moral. La evolución-involución ha producido este fenómeno de poder ultracolmado de intereses extraperiodísticos. Los periodistas -aun los que se resistieron a su modo y no fueron asociados ni cómplices- no son -somos- inocentes de haber capitulado a este dominio. De hecho, la profesión siguió ejerciéndose como si esto no estuviera sucediendo.

El sábado, en la Feria del Libro, me encontré casualmente con otro periodista y escritor. Es del diario La Nación y uno de sus más notables referentes. Fue él quien quiso hablar del periodismo. Ahí en medio del tránsito de visitantes. Mi actitud actual no lo indignaba pero lo sorprendía. Para él estaba peligrando la situación de algunos colegas opositores al Gobierno. No sé por qué no pensaba igual acerca de los que lo apoyan. El detonante había sido el afiche del escrache a los periodistas del grupo hegemónico. Había que desactivar este enfrentamiento. ¿Desactivar el debate?, pregunté. ¿No será lo que se busca? ¿El no debate a quién le conviene? Le conviene a quienes no quieren el debate para no debatir lo que ya se considera establecido e inmodificable: el periodismo.

Debatir implica sacar a luz. Discutir lo que nunca se hubo discutido. En esa charla franca y amigable le recordé la sorprendente apreciación de nuestro colega Carlos Barragán, en el programa 6,7,8 acerca del afiche del escándalo. El afiche del espanto estimula en el periodismo un miedo todavía en gestación que es un miedo a lo hipotético. Nada ha pasado de grave comparado a tantas tragedias pasadas que le conciernen al oficio. Pero sobreactúan la hipótesis del ajusticiamiento.

El afiche dice:
“¿Se puede ser periodistas independientes y servir a la dueña de un multimedios que está acusada de apropiación de hijos de desaparecidos?”. Según la versión de Barragán ningún enemigo del Grupo Clarín diría “multimedios” sino “monopolio”. Ya que multimedios es la forma convencional y empresaria en que se autocalifican a sí mismos los del grupo. Además de la dueña de Clarín, el aviso dice que es “acusada”, dejando una hendija a su inocencia, en lugar de declararla directamente “apropiadora”, que sería más contundente. Y está el formato de pregunta del texto. La pregunta amansa el sentido de la denuncia.

Si se construyera la frase sin signos de interrogación sería más efectiva: “No se puede ser periodista independiente y servir a la dueña de un monopolio, apropiadora de hijos de desaparecidos”. A quienes diseñaron el aviso esto se les pasó por alto.

La cuestión es el periodismo. Hoy y aquí. Uno mismo. Saber si aún sin dejar de ser mercenario -ya que eso es natural-, lo ideal no sería serlo en un medio en el cual quien paga no nos tenga a su merced.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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