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Acontecimientos

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Por Ricardo Forster – http://www.elargentino.com/nota-90354-Acontecimientos.html

Cada semana que transcurre nos ofrece el raro privilegio de asistir a inesperadas y, en ocasiones, memorables acontecimientos. En otras circunstancias argentinas, de esas no tan lejanas pero que algunos preferirían olvidar, cada acontecimiento producía un cimbronazo o, peor aun, abría delante de la sociedad la perspectiva del abismo y la fragmentación.

Así fue en el final apresurado del gobierno de Alfonsín, cuando las corporaciones económicas aceleraron el desencadenamiento de la hiperinflación, paso previo y necesario para implementar el proyecto destructivo de la convertibilidad; así fue en los años sofocantes del menemismo, cuando el espíritu del neoliberalismo colonizó vidas y conciencias naturalizando prácticas que le hicieron un daño profundo y persistente al país y, fundamentalmente, a los sectores más débiles; así fue cuando en diciembre de 2001 estalló el fraude aliancista llevando al país al precipicio y la desolación.

Acontecimientos, aquellos, que parecían reforzar el talante autodestructivo de una sociedad que, en las últimas décadas, y en especial desde el fatídico marzo del 76, no hacía otra cosa que convertir Cambalache de Discépolo en profecía autocumplida. Años de ruina moral y material que, si bien han sido en parte removidos desde mayo del 2003, siguen allí, agazapados y amenazando con regresar de la mano de los promotores de la restauración conservadora, esos mismos que buscan, ante la opinión pública, proyectar la imagen de un gobierno autoritario y ávido de un poder desenfrenado, haciendo, en particular, de la figura de Néstor Kirchner la manifestación del mal populista.

Allí están, cada domingo, las columnas de Grondona y de Morales Solá para reforzar hasta el hartazgo esta caracterización que, en los últimos tiempos, va asumiendo cierto tono entre desesperado y ridículo. Pero ése es el periodismo serio e independiente que, cada semana y a contramano de lo importante y significativo, no hace otra cosa que inventar su propio pantano y sus propias ficciones prostibularias. Leer las tapas de Clarín o de La Nación es la mejor manera de viajar hacia un país que sólo existe en la imaginación delirante y destructiva de quienes diseñan la información “verídica” con la que buscan incidir en el imaginario de las clases medias.

La corporación mediática, cómplice de los poderes económicos regresivos que han ido desmontando con saña las matrices todavía persistentes de la memoria de la equidad, esquiva los acontecimientos relevantes para dedicar todo su esfuerzo, y el de sus escribas “independientes”, a ofrecer la imagen de un escenario de catástrofe y corrupción. Para ellos “Grecia” se llama Argentina, pero con la salvedad de que son incapaces, por definición, de analizar con rigurosidad las diferencias fundamentales que hoy separan a nuestro país de la brutal crisis del neoliberalismo europeo y primermundista, ese del que han sido y siguen siendo apologetas. Ríos de tinta para “distraer” a la opinión pública de los temas trascendentes, de esos que dejan marca y que señalan un horizonte de transformaciones.

Con meticulosa obsesión se dedican a narrar un país inverosímil mientras lo que importa, aquello que deja marca y que señala la vitalidad de la sociedad, no merece ni siquiera una nota al margen (fue antológico el ninguneo de Clarín cuando Cristina Fernández anunció la distribución de 3 millones de computadoras para los estudiantes secundarios de escuelas públicas de todo el país o la absoluta falta de noticias que destaquen la situación positiva de la economía frente al derrumbe, por ejemplo, de algunos países europeos). Excedidos e impunes van recorriendo un camino que lleva a su propia ilegitimación.

Una simple enumeración de lo que viene sucediendo en las últimas semanas nos podría ofrecer un panorama más realista de una coyuntura argentina atravesada por la excepcionalidad, esa misma que entra en conflicto con los cultores de la poética deformada de Discépolo, esos que prefieren el hundimiento del país a que se consolide el proyecto transformador iniciado en el 2003. Una coyuntura en la que se expresa, como en una nuez, gran parte de la historia reciente, esa misma que tiene la virtud de recordarnos de dónde venimos.

A modo de ejemplo, y para no abrumar al lector, podría citar el extraordinario arco que se abre entre la decisión de la Corte Suprema de anular el indulto que favorecía a Martínez de Hoz y la reglamentación de la nueva ley de migraciones que, comparada con la que acaba de sancionar el estado de Arizona, es expresión de una democratización efectiva e imprescindible de toda sociedad que se precie de defender los derechos humanos, mientras que en la meca estadounidense, esa que tanto admiran nuestros republicanos de opereta, los indocumentados son tratados como delincuentes y arrojados al infierno de la deportación y la separación familiar.

Un hilo vigoroso une la votación favorable del matrimonio entre personas del mismo sexo y la decisión de cambiarle el nombre a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional que llevaba el del antisemita Martínez Zuviría y que pasó a llamarse Martínez Estrada, decisiones ambas que se inscriben en una decidida ampliación de los derechos individuales y de la recuperación simbólica de los espacios públicos que, en este caso, se expresa a través del abandono de un nombre ominoso del reaccionarismo argentino que se inscribía en la línea más reaccionaria de la Iglesia Católica.

Hechos a los que se podría sumar el nombramiento de Kirchner como secretario general de la Unasur y la intervención de la propia Corte Suprema en torno de la implementación de la retenida ley de servicios de comunicación audiovisual. Acontecimientos todos que muestran un país en el que todo parece discutirse y en el que, de un modo anómalo respecto de lo que sucede en otras partes del planeta, lo político vuelve a ser un instrumento imprescindible a la hora de avanzar hacia una sociedad más equitativa y democrática.

No se trata de una sucesión azarosa de acontecimientos que nada tienen en común; se trata, por el contrario, de hechos entrelazados los unos con los otros y que ponen en evidencia una disputa política y cultural en la que se juega el destino de los próximos años. Hechos que entrelazan distintos aspectos de la vida de una sociedad y que nos ofrecen el panorama de una realidad excepcional y apasionante, de esas que exigen de quienes son sus contemporáneos lucidez crítica y aprovechamiento integral de sus potencialidades.

Una coyuntura que pone en discusión décadas de regresión en las que la democracia languideció en nombre de la sacrosanta economía de mercado y la entrada en la globalización primermundista (esa misma que hoy estalla en el corazón de Europa y con consecuencias que siguen siendo impredecibles), y en la que las formas más banales y triviales de la cultura industrializada se acoplaron con lo peor del sentido común argentino para proyectar un tiempo dominado por los flujos decadentes de la cultura menemista.

Es en esta coyuntura que podemos inscribir los acontecimientos de las últimas semanas como emergentes de un giro histórico en el que se juegan tantas cosas. Será por eso que se busca minimizar su significación al mismo tiempo que se defiende un pasado ignominioso, ese mismo que tuvo en Martínez de Hoz una pieza siniestra y que hoy, gracias a ese giro histórico, se enfrenta con la justicia que, aunque llegue tarde, está nuevamente entre nosotros para juzgar a quienes nos han hecho un daño mayúsculo.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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