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Sigue abierta la posibilidad de construir un país más justo, igualitario y libre

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POR RICARDO FORSTER – http://www.elargentino.com/nota-93042-Sigue-abierta-la-posibilidad-de-construir-un-pais-mas-justo-igualitario-y-libre.html

En la vida de una sociedad hay “sucesos” y “acontecimientos”. Los primeros dan cuenta de aquello que le da forma a la cotidianidad y que opera sobre la vida social, económica, política y cultural sin ofrecerse, en principio, como matriz de un giro de los tiempos ni por mostrar que algo profundo y significativo está ocurriendo entre nosotros. Los segundos, más raros y menos generosos a la hora de tocar la vida de una sociedad, ponen en evidencia que algo importante, tal vez decisivo, viene a agitar las aguas para habilitar un perturbador movimiento en el interior de nuestro presente. Las sociedades suelen moverse al ritmo de los sucesos, de sus repeticiones, de aquello que los vuelve esperables y hasta rutinarios; son los hilos con los que se suelen tejer las vestimentas con las que nos reconocemos.

Los acontecimientos, en cambio, traen lo imprevisto, la alquimia de lo reconocible y de lo azaroso, lo que rompe la monotonía de lo previsible para inaugurar una época generadora de nuevas preguntas y, a veces, de respuestas innovadoras y amalgamadas con transformaciones de la vida. Las grandes revoluciones del pasado, desde la Francesa a la Cubana, fueron acontecimientos que rompieron la sucesión lineal y supuestamente homogénea del tiempo histórico. Pero también hay acontecimientos que si bien no llevan la fuerza de las profundas mutaciones sociales y políticas, ponen en evidencia que algo muy significativo está moviendo la trama de una sociedad.

Los días del Bicentenario, la tumultuosa, festiva, serena y ejemplar participación de millones de ciudadanos que hicieron de Buenos Aires una ciudad libre y abierta durante cuatro días, que se derramaron multitudinariamente por sus avenidas y calles expresando con intensidad sentimientos de pertenencia y de reconocimiento, han tenido esos días y lo que se conmemoró, la forma, quizás, del acontecimiento. Se quebró en mil pedazos la retórica del prejuicio y de la sospecha derramada de manera monocorde, monótona y abusiva por la corporación mediática, esa misma que fue construyendo la ficción de un país desmadrado, violento, ausente de sí mismo y en estado de catástrofe y crispación.

El velo se cayó, y lo que emergió fue un mundo popular extraordinario y complejo, diverso y, al mismo tiempo, entramado por las escrituras de una historia nacional que se fue dibujando de manera inusual en esa mezcla formidable de experimentación artística, relato interpelador y participación masiva ya no de la “gente” (esa forma peculiar de ningunear al portador de señales arrabaleras, populares, aluvionales y subalternas para, en todo caso, convertirlo en el portador de la amenaza, del clientelismo y de la violencia), sino del “pueblo”, de las multitudes que rompieron todas las prevenciones, que saltaron por sobre las vallas del prejuicio, ese que relaciona inmediatamente multitud y disturbio, masas y choripanes.

Ese acontecimiento que también ahora, y después de las jornadas inolvidables, quieren despolitizarlo convirtiéndolo en una supuesta señal de “la gente” hacia los políticos y hacia el Gobierno como exigencia de unidad; ese discurso tramposo que quiere borrar la relación que existe entre lo que viene desarrollándose en el país desde el 2003 y la multitudinaria manifestación de un pueblo que siente que algo esencial se va recomponiendo en su tejido social-cultural después de las descomposiciones neoliberales de los ’90. El “acontecimiento” del Bicentenario deberá ser leído en toda su complejidad y en su multiplicidad, sabiendo que no responde a ninguna unidireccionalidad, pero que también está indisolublemente ligado a todo aquello que la derecha y la corporación mediática intentaron, a lo largo de estos últimos años, invisibilizar.

Así como se abrió otro relato de nuestra historia que instaló una interpretación atravesada por las controversias del presente, las multitudes que se volcaron a las calles se sintieron tocadas e interpeladas, en un ida y vuelta, con las imágenes y las palabras, con los cuerpos danzantes y con la música que recorrieron en un aquelarre de poderosa creatividad artística y popular los días del Bicentenario. Porque de eso se trató, de un acontecimiento inédito que contribuyó a releer, con ojos antiguos y nuevos, no sólo el pasado y sus vicisitudes sino, y de un modo que todavía habrá que aprender a descifrar, la escena del presente.

Lo que fue conmovido no ha sido apenas el relato hegemónico de nuestra historia, ni tampoco se trató de un festejo sin contenido, suerte de carnaval en el que sólo primó la diversión; también quedó en entredicho un discurso brutalizador de nuestra vida cotidiana, fueron asaltadas las construcciones ficcionales que devolvieron, durante mucho tiempo, imágenes de una sociedad desquiciada y de un mundo popular colonizado por los bajos instintos, la violencia y el clientelismo.

Días en los que se produjo una doble resignificación: del pasado, de aquel iniciado en mayo de 1810 y que nos volvió a enlazar con nuestro destino latinoamericano, y del presente, liberando, a partir de la energía increíble de un pueblo en movimiento, los encorsetamientos y los prejuicios, abriendo las compuertas para una lectura de la actualidad que logró desprenderse de ese otro relato que parecía homogéneo y todopoderoso.
Las multitudes en las calles de Buenos Aires rompieron la monotonía del discurso único y deshicieron el chantaje amarillista de los grandes medios de comunicación que desde hace mucho tiempo derraman una visión apocalíptica de la vida cotidiana de los argentinos. Allí, en ese desgarramiento de los velos, en ese incesante desfile de hombres y mujeres que venían de todas partes, se escribió otra historia de nuestra historia y de nuestro presente. Habrá que saber descifrarlo, habrá que ser cautelosos a la hora de adjudicar méritos y responsabilidades o de articular una visión causal, entre otras cosas porque una de las características del “acontecimiento” es su capacidad para sacar de quicio a la propia realidad, de interrumpir lo que parecía saldado y aceptado. El “acontecimiento” guarda algo de lo extraordinario y de lo inesperado, pero también expresa fuerzas profundas que se guardan en el interior de la sociedad.

Algo de todo esto aconteció durante cuatro inolvidables jornadas; algo de la fuerza desmesurada de las creaciones colectivas y populares se hizo presente habilitando, quizás, una decisiva recreación del pasado y de la actualidad, mostrando, en lo concreto de los cuerpos en acción, que hay un hilo secreto que une las aspiraciones de las generaciones pasadas con las actuales, y que ese hilo se extendió, mágicamente, desde mayo de 1810 a mayo del 2010.

Palabras viejas y nuevas, de esas que nos recuerdan lo soñado y lo extraviado, los momentos de felicidad y esos otros del miedo y el horror. Palabras corporalizadas en la memoria colectiva y puestas a rodar en esta imprescindible continuidad de la historia, la que nos recuerda que, por suerte, nada está sellado y sigue abierta la posibilidad de construir un país más justo, igualitario y libre.

Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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