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No estamos hechos pelota

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Por Orlando Barone – http://www.revistadebate.com.ar/2010/06/11/2970.php

No esperen nada que no tenga algún indicio redondo. Quiero ser claro: que no tenga una pelota de fútbol. No tengo anticuerpos para evitar ser pasto de la pandemia. Y es más: la padeceré consciente y deliberadamente.

Si es que los periodistas deportivos me lo permiten, y tienen la gentileza de correr a los barrabravas que me ponen delante todo el tiempo, y ellos también se corren y me dejan disfrutar sin interferencias. ¡Socorro! quítenme los barrabravas de mis ojos, quiero contemplar y sentir el teatro del fútbol y el de Agüero, de Messi o de Tevez.

Porque por uno o dos de esos especialistas deportivos que excepcionalmente nos alegran con la metáfora de algún “barrilete cósmico” o con algún relato cartesiano y sin cizaña, la corporación vulgar hace lo contrario: amarga y amarga. Y deprime, corroe, y esgunfia. Y hasta cuando siente alegría no consigue expresarla y en su lugar le sale hiel, acíbar, bilis, algún chorro de pócima nociva.

Nos indigestaron durante días de barrabravas.

No respetaron la reverberación aún latente y fresca del Bicentenario histórico, que ya volvieron a las andadas. Son adictos al efecto inflación del tomate o al efecto pánico del granizo. No es que los ataque el mal de la cara de culo sino que todavía más: los asuela el mal del reflejo condicionado. Fueron entrenados para pudrir fiestas, a escupir el asado, a sentir rabia o negación apenas vislumbran alegría. 

Pero, créanme, la intensidad del Mundial acabará venciéndolos. Así que tiendo a imaginar situaciones imaginables. Iba a escribir inimaginables, pero no. Son naturalmente imaginables. Imagino una sala de terapia ultraintensiva y a un paciente agónico enredado en tecnología y listo para el gran vuelo, y a la izquierda, al fondo de la sala, el médico y las enfermeras de turno ante un televisor mirando el Mundial de Sudáfrica. Y en ese trecho entre la agonía y el televisor pasa la vida.

Imagino a Obama en su despacho de la Casa Blanca maldiciendo el chorro de petróleo por milésima vez y puteando en voz alta y sacudiéndose restos de baba negra de la suela de sus zapatos, sin dejar de mirar la pantalla en la escena de un gol extraordinario. Imagino a una pareja de amantes de alta intensidad erótica suspendiendo la tarea en la cama del hotel o el cotorro y todavía pegados mirando en el televisor ese partido imperdible donde juega   la Argentina.

No hace falta imaginarlo: también Héctor Magnetto se quedará magnetizado de a ratos, por el fútbol. Y suspenderá las órdenes de tramoya y ataque. Y Ernestina Herrera de Noble en su mansión, en la vasta sala de avanzada tecnológica llamada Bill Gates, hará lo mismo.

Sin evitar la nostalgia por aquellos bellos tiempos del Mundial del 78 cuando nada la inquietaba. Y lo siento por la herejía: tampoco  los profesionales del Banco Nacional de Datos se abstendrán del síndrome pelota. Y sin dejar de controlar de reojo las probetas estarán sentados en la camilla, encantados ante la pantalla con sede en Sudáfrica.

Y en un salón religioso, el cardenal Bergoglio estará frente al plasma, supendiendo oraciones, homilías y conspiraciones. Y sin atender el teléfono por más que llamen Elisa Carrió, el rabino Bergman o uno de esos obispos penitentes más atraídos por el fútbol infantil que el de adultos. Imagino a un ladrón en un chalé de country en ausencia de sus dueños y metiendo en una bolsa todo cuanto encuentra. Y de pronto, se tropieza con el LCD soñado pero no aguanta y antes de robárselo lo enciende para ver el partido. Y a lo mejor por eso llega la policía y lo atrapa. La cárcel por el fútbol. Cuánta entrega.

También lo fue la de Bill Clinton entregándose al elogio de la economía y el modelo argentino ante la elite empresaria argentina. Sorprendió al público asistente. Contratado para coincidir con el gusto estándar colectivo sin preaviso se puso a interpretar otro texto situado en las antípodas. Su famosa frase -“Es la economía, estúpido”- pareció reactualizarse en la sala del Hilton ante tantos prejuicios. A la Argentina le va bien, es un lugar favorable a los negocios; su perspectivas es óptima, les dijo. Y hasta amonestó a las calificadoras de riesgo que fueron mezquinas con el éxito económico argentino. Al éxito lo llamó “sorprendente”. Creo que se contuvo de elogiar a Milagro Sala y de valorar a Guillermo Moreno y a Carlos Kunkel. Hubiera sido demasiado. Fue un exceso de inteligencia surgida asombrosamente de un líder del capitalismo, donde hay muchos nostálgicos que tardan en advertir la fatuidad quebrada del pasado.

Entre nosotros hay tantos que creen que el futuro pasa por el Consejo de la Magistratura o por el consenso entre la izquierda y la derecha y el lugar oblicuo y el torcido, y el “proyecto albur”, en cómo orientarse en el salón de los pasos perdidos del Congreso. Nadie dudaba de que Clinton es un transgresor: Lo había demostrado con su propia vida íntima. Pero ponerle una alfombra tan mullida al Gobierno lució como un abuso de sinceridad política. ¿Quién lo contrató? ¿La banca Werthein, como se afirma, o por debajo le pagó un cachet de lujo alguno de los cajeros K con plata furtiva extraída de noche de la Anses sin contarle a los jubilados? 

Desde este momento estimo que faltan menos de tres días para que el seleccionado debute en el Mundial. Qué mala suerte la época para el radicalismo: no va a poder seguir libando las mieles de la interna. Fue demasiado cerca del fenómeno del fútbol. Que es más radical que el radicalismo y -lo digo con modestia- más caliente e intenso. Para colmo el apellido Alfonsín trae suerte. Algunos se acuerdan del año 86 y se dan manija de que si ahora se le dio la interna a su hijo Ricardo es un buen augurio. Para el Gobierno.

Pero ya habrá algún periodista investigador que descubra a un barrabrava con la camiseta de la Selección y en ojotas, mirando los partidos en la Casa Rosada.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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