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Leopoldo Marechal: Cara al viento como un león

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(El Turco Turquestán) "Creo que actualmente hay dos Argentinas: una en defunción, cuyo cadáver usufructúan los cuervos de toda índole que lo rodean, cuervos nacionales e internacionales; y una Argentina como en navidad y crecimiento, que lucha por su destino, y que padecemos orgullosamente los que la amamos como a una hija. El porvenir de esa criatura depende de nosotros, y muy particularmente de las nuevas generaciones".

Estas líneas de rigurosa, rigurosísima actualidad fueron escritas, sin embargo, en 1969. Están extractadas de “Los puntos fundamentales de mi vida", un texto del escritor nacional Leopoldo Marechal publicado en 1973, tres años después de su muerte, que fue el 26 de junio de 1970. El viejo Marechal, que mucho antes que eso, nació un día como hoy, hace 110 años, en 1900 en el barrio de Almagro, ahí por la calle Humahuaca entre Mario Bravo y Bulnes.

Como ven, la entrada va de efemérides…

Este hijo de obrero mecánico uruguayo y madre argentina de apellido Beloqui, además de genial poeta y novelista mayor de las letras nacionales, también fue un peronista que nunca se arrepintió de su opción política y que tuvo que pagar un alto precio por asumirla públicamente: el silencio editorial, el autoaislamiento, el desprecio oficial de la cultura oficial y de los "vencedores" de septiembre de 1955. Y hoy le vamos a prestar atención a eso.

Desde ese año 1955 hasta 1965, una década, estuvo fuera de la escena, envuelto en el silencio más cerrado, tanto que quienes recordaban su nombre lo creían muerto. Pero volvió a la luz cuando apareció su segunda novela: El Banquete de Severo Arcángelo, que recibió el premio Forti Glori y tuvo gran repercusión en el país y en América. El Banquete de Severo Arcángelo fue parte del boom de la literatura latinoamericana, y fue el motivo por el cual Marechal dejó de ser el poeta depuesto, como se llamaba a sí mismo tras el derrocamiento de Perón, con ese humor angélico que tenía, para volver a ocupar un lugar de consideración en la cultura argentina.

Junio. Ahora recuerdo también que mañana es 12. Y que una noche fría y amarga como la de anoche, pero de 1956, Marechal cobijó al General Valle una noche antes de que éste se entregara para finalmente ser fusilado junto con otros patriotas, en la casa del delito, como un delincuente, en el Penal de Las Heras, un 12 de junio de 1956. Asesinados por ser peronistas, por querer restaurar la democracia pisoteada por la horda gorila de Lonardi, Aramburu, Rojas, Toranzo Montero y una pléyade de civiles golpistas, que después también participaron en gobiernos radicales democráticos.

Una estación de subterráneo inclusive recuerda a alguno de esos, que fueron comandos civiles armados para cazar y matara peronistas. Esto ocurrió no hace mucho. 54 años apenas. Y que entiendan que cada vez menos olvidaremos que entre 1955 y 1956 además de voltear un gobierno popular, asesinaron a sangre fría a casi 400 compatriotas y dejaron heridos a más de mil, en el aciago 16 de junio de 1955, y que apenas un año después, el levantamiento de Valle y Cogorno contra los usurpadores, dejó un saldo de fusilados en la comisaría de Lanús, en el penal de Las Heras, en el siete de infantería de La Plata y en los basurales de José León Suárez. Junio. En junio, también, un 26, muere Marechal. Qué mes terrible junio para los leales, compañeros.

Ahora me doy cuenta de que esta evocación de Marechal no tiene nada de pacífica. Y es que Marechal y su literatura siguen siendo parte de una batalla, parecida a aquellas otras también batallas dialécticas que llevamos adelante para la recuperación de la palabra, las ideas, los pensamientos que armen esta nueva Argentina que nos sigue anunciando Marechal en su obra.

¿Pero cuál fue la falta cometida por Leopoldo Marechal? Ocupar cargos públicos relativos a su metier –la educación- de 1944 a 1955. Por un lado, los amanuenses de la revista Sur y de los diarios La Nación y La Prensa no le perdonan al escritor su amistad con algunos intelectuales nacionalistas. Marechal había sido maestro de primaria, profesor de secundaria y bibliotecario; en 1943 acepta el cargo de director del Consejo General de Educación, en Santa Fe, que le ofrece Gustavo Martinez Zuviría, entonces ministro de Instrucción Pública. También al año siguiente, otro intelectual de las derechas, Ignacio Anzoátegui, lo invita a colaborar en la recién creada Secretaría de Cultura y lo designa director general.
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Por otro, la inquisición liberal instaurada por la autodenominada "revolución libertadora" de 1955 lo condenó porque, ya se sabe, desde el 17 de octubre de 1945 adhirió al peronismo. Marechal no solo ocupó cargos similares durante los dos primeros gobiernos de Perón, sino que fue su colaborador en la conformación de la idea de la Comunidad Organizada. Además, tenía el carné número 46 del comité promotor por la candidatura a presidente de Perón.

Él mismo relata su temprano respaldo a aquella gesta popular y sus posteriores consecuencias: "Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí y amé los miles de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina invisible que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y no bien las conocieron les dieron la espalda. Desde aquellas horas me hice peronista. Decidí entonces, con mis hechos y palabras, declarar públicamente mi adhesión al movimiento y respaldarla con mi prestigio intelectual, que ya era mucho en el país. Esto me valió el repudio de los intelectuales que no lo hicieron y que declararon al fin mi proscripción intelectual".

La rancia cultura liberal siempre proscribió a los "políticamente incorrectos". El sistema del aparato intelectual oficial también es culpable de "desapariciones forzadas", la de nuestros mejores actores en el campo del pensamiento nacional y popular.

El silencio rodeó a Marechal durante una década, dijimos; exilio interior que vivió en su departamento de la avenida Rivadavia al 2300 entre 1955 y 1965. En esos años estuvo acompañado por Elbia Rosbaco, era visitado en su departamento por un pequeño grupo de amigos. De esos años de Marechal dijo Ernesto Sábato: “Se aguantó ese durísimo exilio en su propia patria, esa patria que quería hasta la agonía. Modesto, pero con la conciencia de su grandeza ya que se puede ser modesto frente a los valores supremos, y arrogante frente a los idiotas, en momentos de extrema amargura llegó por fin a quejarse murmurando: ¿Cuándo mis compatriotas dejarán de orinarme encima?”
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Pero hablemos algo de letras. En 1940 aparecen dos obras maestras de la poesía, que son los libros El Centauro y Sonetos de Sophia. Quizá la voz del gran Roberto Arlt sea la más adecuada para definir la voz poética de Marechal. Querido Leopoldo: Te escribe Roberto Arlt. He leído en La Nación el poema El Centauro (…) me produjo una impresión extraordinaria, la misma que recibí en Europa al entrar por primera vez en una catedral de piedra, poéticamente sos lo más grande que tenemos en lengua castellana. Desde los tiempos de Rubén Darío, no se escribió nada semejante en dolida severidad. He recortado tu poema y lo he guardado en un cajón de mi mesa de noche, lo leeré cada vez que mi deseo de producir algo tan bello se me debilite. Te envidio tu alegría y tu emoción. Que te vaya bien.

En 1949 se publica Adán Buenosayres, novela en la que trabajó 17 años. La crítica literaria hizo silencio. Apenas una voz, se alzó para hablar de ella y distinguirla como la gran novela argentina, fue la de Julio Cortázar, un desconocido escritor en aquel entonces y para nada peronista.
En la revista Realidad (Nº 14, marzo-abril de 1949), el flaco Cortázar consigna: "La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas. Se tiene constantemente la impresión de que el autor, apoyando un compás en la página en blanco, lo hace girar de manera tan desacompasada que el resultado es un reno rupestre, un dibujo de paranoico, una guarda griega, un arco de fiesta florentina del ‘cinquecento’, o un ocho de tango canyengue". Y finaliza el comentario: "Tal como lo veo, Adán Buenosayres constituye un momento importante en nuestras desconcertadas letras. Para Marechal quizá sea un arribo y una suma; a los más jóvenes toca ver si actúa como fuerza viva, como enérgico empujón hacia lo de veras nuestro. Estoy entre los que creen esto último, y se obligan a no desconocerlo". Cortázar tenía 35; Marechal, 49.

Marechal le escribe a Cortázar en 1965 y le agradece aquel gesto de antaño. Desde París, el autor de Rayuela –ahora famoso pero igualmente antiperonista- vuelve a rendirle su admiración: "Lo único bueno es recibir en cualquier momento de la vida una carta como la suya, y pensar que valía la pena haber roto una lanza en su día por una obra admirable e incomprendida".

No quiero de consignar que Eduardo González Lanuza, habilitado como escritor sólo por el comisariato de la revista Sur calificó al escritor como "Funcionario del régimen" como toda crítica del Adán Buenosayres. "Bodrio con fealdades y aun obscenidades", escribe Enrique Anderson Imbert, refiriéndose a ella en su Historia de la literatura hispanoamericana editada en 1954. Este Anderson Imbert fue uno que le auguró un futuro oscuro a la obra de Jorge Luis Borges, no sé si esta profecía de una idea de sus quilates como crítico literario…

En 1967 Marechal viajó a Cuba como jurado del premio de novela de Casa de las Américas, Primera Plana le había encargado escribir un reportaje sobre Cuba. Al regresar, Marechal entregó La Isla de Fidel, una muy buena nota que la revista aceptó, envió a imprenta y lo anunció en la portada. Sin embargo, ya impreso y a punto de entrar en circulación, le quitaron el pliego que tenía la nota y se le cambió la tapa a la tirada completa… Al tiempo, Marechal es invitado a una cena de desagravio por integrantes de la redacción y le explicaron que la nota había sido levantada por una orden de arriba. La censura que no descansaba en aquellos años, volvía a caer sobre su obra.

En junio de 1970 Leopoldo Marechal abandonó su carnadura terrestre, pero nos dejó una obra de incuestionable calidad y llena de mensajes lanzados al futuro.

Ahí están Adán Buenosayres, El Banquete de Severo Arcángelo, Megafón o la Guerra, sus estupendas novelas. Ahí está su poesía, Su cuaderno de Navegación, o su Autopsia de Creso, que es un tratado ideológico, político, metafísico de una claridad deslumbrante y de absoluta vigencia, que vivisecciona al hombrecito económico, un desalmado que solo entiende el lenguaje de la especulación y la ganancia a como dé lugar; un liberal a ultranza, fundamentalista como Martínez de Hoz, Cavallo, Krieger Vasena, Alemann, Broda, Redrado, pero que por sobre todos era el capitán ingeniero Alvaro Alsogaray, paradigma de esa ilusión criminal y de esa cruel realidad que padecimos, de dejar al arbitrio del mercado la vida de los argentinos, en la economía, pero también en la educación, la salud, la cultura, los planes de inclusión, de trabajo, de asistencia.

En ese mismo texto con que comenzamos este recuerdo, que fue publicado en 1973 en el Suplemento Cultura y Nación del periódico Clarín, un Clarín que aun era desarrollista y no estaba embarrado hasta la coronilla y tan manchado de sangre como el que surgió en 1976 y más luego de hacer el infame negociado de Papel Prensa, Marechal afirma: "¿Saben ustedes que durante una tormenta el león da la cara al viento para que su pelambre no se desordene? Yo hago lo mismo: doy la cara a todos los problemas: es la mejor manera de permanecer peinado". Así fue este escritor brillante, combatiente de las letras, militante de la belleza.

Nos vamos hoy con estas palabras suyas: “Fui, soy y seré peronista. Para mí el justicialismo es la única solución para la Argentina. El peronismo, que fue cristiano digan lo que digan transformó una masa numeral en un pueblo esencial”.

Y también con este poema, que creo permitirá a quienes nunca se acercaron a su obra a apreciar cuánta belleza nos dejó este hombre nuestro

Del amor navegante

Porque no está el Amado en el Amante
Ni el Amante reposa en el Amado,
Tiende Amor su velamen castigado
Y afronta el ceño de la mar tonante.

Llora el Amor en su navío errante
Y a la tormenta libra su cuidado,
Porque son dos: Amante desterrado
Y Amado con perfil de navegante.

Si fuesen uno, Amor, no existiría
Ni llanto ni bajel ni lejanía,
Sino la beatitud de la azucena.

¡Oh amor sin remo, en la Unidad gozosa!
¡Oh círculo apretado de la rosa!
Con el número Dos nace la pena

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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