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La Bonaerense, jueces, mafia, política y Estado

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POR MARTÍN SOLER  – http://www.elargentino.com/nota-105157-La-Bonaerense-jueces-mafia-politica-y-Estado.html

Una sociedad no se formula una pregunta si previamente no ha encontrado la respuesta. Esta misma sociedad se preguntó por la corrupción política cuando ya se había generado una respuesta alternativa para el recambio: la Alianza más allá de lo lamentable que significó después.

Esta misma sociedad no se pregunta en profundidad sobre el accionar de la fuerza azulada. Y no lo hace porque aún no ha encontrado una respuesta al problema; por el contrario, como no se formula abiertamente la pregunta sostiene el discurso de los buenos y malos policías, reflejo de una sociedad con olor a putrefacto.
La historia negra de "La Bonaerense" no es reciente. Se puede tomar como hito fundacional el desembarco del comisario mayor genocida Ramón Camps y su brazo ejecutor, el también comisario Miguel Osvaldo Etchecolatz, quien purga condena en una cárcel común por las muertes que sirvieron de marco al Guernica criollo, conocido como Proceso de Reorganización Nacional, eufemismo que significó secuestros, muertes, torturas, supresión de identidades, vuelos de la muerte y desaparecidos.

Camps y Etchecolatz convirtieron a la Policía y especialmente sus Brigadas de Investigaciones en máquinas de matar que cobraban sus horas extras de los bienes robados a sus víctimas.

El asesinato y la tortura, el secuestro y su figura anexa, la extorsión, el "botín de guerra", la rapiña fueron las prácticas habituales en las cuales se formaron los hombres que hoy conducen la institución, todos ellos mayores de 40 años.

Los "pozos" de Banfield, Quilmes y Arana, El Vesubio, "Coti" Martínez, Puesto Vasco, Sheraton, La Cacha, fueron algunos de los nombres que los Patas Negras dieron a las dependencias policiales que convirtieron en su propio "Circuito de Campos Clandestinos de Detención, dentro del Area, 113".

En todas las comisarías de sus unidades regionales, en todas sus brigadas se practicaron los mismos métodos criminales.

Esas viejas prácticas de ayer, aún sobreviven hoy.

El desembarco de Eduardo Duhalde como lord mayor bonaerense coincide con el aumento exponencial de la violencia en las calles. En ese marco la policía provincial pareció haber ejercido un papel radical. Ayer y hoy, la policía bonaerense se caracteriza por ser una fuerza de difícil conducción para el poder político.

Efectivos mal equipados, mal reclutados y peor instruidos, configuran el ADN de este verdadero ejército sin conducción. Su sistema de supervivencia se sustenta en capitalistas de juego y comerciantes irregulares trabajan desde hace décadas en sociedad forzada con las comisarías pagando un canon para seguir existiendo.

Todos los poderes de la sociedad conocen desde siempre esta situación y la consienten, especialmente el poder político que saca provecho. Punteros barriales, concejales, diputados, gobernadores, son sus mandantes o protectores según cargos y capacidad de acción. Detrás de todo gran policía corrupto hay siempre un gran político.

Duhalde hizo de la seguridad una bandera en su campaña por la gobernación. En 1991 prometió "mano dura" a la delincuencia, uniéndola en su discurso al combate contra el narcotráfico. Y dispuso que la policía se relacione con la embajada norteamericana.

Su primer slogan fue la "Policía del siglo XXI".

Para el mando político de la fuerza eligió en dos ocasiones a ex jueces: Eduardo Pettigiani, primero y Alberto Piotti, después.

Su injerencia en el área quedó en claro con la designación de un amigo en el vértice de la cúpula, el comisario Pedro Klodczyk, o simplemente "Polaco".

Corrían los últimos días de 1991 y tras la muerte del jefe Juan Pirker, la Policía Federal se debatía en medio del escándalo provocado por el secuestro del empresario Mauricio Macri a manos de "La banda de los comisarios". Duhalde pone a Klodczyk y con él su segundo slogan: "El Pirker de la Bonaerense".

La amistad de Duhalde con Klodczyk era la prenda que garantizaba el cumplimiento de las promesas para los policías y de la política de seguridad para el gobernador.

Para la segunda mitad de 1993, las consecuencias de la política duhaldista eran inocultables: espionaje ideológico, desaparición de personas a manos de los Patas Negras, etc.

El remedio para Duhalde consistió en cambiar a Pettigiani por Piotti, un hombre que mantuvo fuertes lazos con la derecha más violenta y una estrecha amistad con los uniformados que habían llegado a dirigir la Bonaerense.

Si la fuerza se convirtió en el paladín de los grandes operativos antinarcóticos contra bandas internacionales que utilizarían a la Argentina como "país de tránsito", también aparece hoy como protectora, socia o empleada de las bandas vinculadas a aquellas.

El tercer slogan de Duhalde fue "Mejor jefe de la historia", en referencia al "Polaco". El cuarto: "La mejor policía del mundo".

La fuerza fue aligerando gatillos al mismo ritmo que Carlos Menem y Duhalde insistían en la instauración de la pena de muerte.

La gran prueba llegó en marzo de 1996 con la gran represión policial contra estudiantes y periodistas en La Plata.

No fue muy distinta su reacción cuando en julio de 1996 el entonces juez federal Juan José Galeano ordenó la prisión y el procesamiento de doce policías bonaerenses comandados por el comisario Juan José Ribelli, hombre de confianza del jefe, por "asociación ilícita" y "participación necesaria" en el atentado a la AMIA.

El gobernador fiel a su estilo volvió a calificar como "el mejor jefe que tuvo la policía en toda su historia" a Klodczyk. Fue el día que anuncio su relevo.

Con el asesinato de José Luis Cabezas, se patentizó el descalabro  y la carrera política de Duhalde quedó al borde del abismo.

Una vez más la policía bonaerense dejó sus huellas: en la organización y ejecución del crimen, en la destrucción de pruebas, en las zancadillas puestas en la investigación que de tanto desviarse careció de un rumbo creíble, en los falsos testigos.

Otra vez el caso puso al descubierto la vinculación con el trafico de drogas, el robo, las prebendas, las internas políticas.

Hay muchas preguntas para Eduardo Duhalde que aun no tienen respuesta oficial. ¿Qué llevo a un político como él a defender tamaños personajes sospechados de corrupción? ¿Qué le impidió realizar la purga que la sociedad exigía? ¿Amenazas, compromisos? ¿Cálculos erróneos? ¿Designios de la DEA? No puede alegarse ignorancia.

El entonces gobernador se encontró así frente a su propia María Soledad, su Semana Santa. Todos esos casos muestran, con matices, la particular condición de las mafias en la Argentina: su filiación al Estado.

Con esos pergaminos en materia de seguridad como gobernador y la coronación de lo que fue, estando en la Presidencia, la masacre de Puente Pueyrredón, donde fueron ejecutados los piqueteros Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, hoy nuevamente Duhalde busca posicionarse como un "presidenciable".

En la historia reciente de Argentina, Duhalde no fue un actor de reparto, al contrario, siempre estuvo en lugares claves del poder formal para hacer los deberes del poder real. El marido de "Chiche" fue un gran alumno de las corporaciones, firmó una ley de bienes culturales que licuó las deudas del Grupo Clarín; en su gestión como gobernador saltó a escena la "Maldita Policía"; intentó ocultar los homicidios de Kosteki y Santillán que salieron a la luz gracias al lente de un reportero gráfico; durante los noventa la droga, marginalidad, delito y exclusión social en la provincia de Buenos Aires llegó a límites insospechados. Él fue su gobernador.

En esos años se nombraron miles de comisarios, jueces, fiscales y camaristas, la mayoría de ellos con padrinazgo político.

La mayoría de los intendentes siguen siendo los mismos amparados en aparatos clientelares que nadie se atreve a combatir.

En tribunales bonaerenses hay pilas de expedientes por enriquecimiento ilícito que no avanzan y permanecen en algún cajón reservado.

Hoy esos funcionarios, creyéndose que son el Estado, son los encargados de velar por la seguridad de los bonaerenses.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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