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Cuál es la razón de la masiva movilización

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Tres filósofos urgan en el sentimiento colectivo y ensayan una explicación al fenómeno – http://www.elargentino.com/nota-112143-medios-122-Cual-es-la-razon-de-la-masiva-movilizacion.html

A la muerte de Néstor Kirchner le siguió –y le sigue– una masiva movilización popular a la Plaza de Mayo, una peregrinación en la que una porción significativa del pueblo argentino fue a despedir al hombre que marcó la primera década del siglo XXI. Con distintos matices, tres filósofos coincidieron en explicar que lo que llevó a la gente a integrar esa procesión responde a la irrupción de un hecho histórico que desenmascaró la falsedad del discurso mediático que pretende ocupar el lugar de la opinión pública y permitió, al mismo tiempo, advertir la emergencia de una voz y un sentir que corre “por lo bajo”, por los márgenes de la pantalla de tv o las páginas de los diarios. 

Pero también visibilizó los modos y las prácticas históricas de un pueblo que no duda en poner el cuerpo y ocupar los espacios públicos para ser sujeto y parte de la historia de nuestro país. Al menos así lo comprendieron y lo explicaron a Diagonales Ricardo Forster, León Rozitchner y Martín Retamoso. 

Para el filósofo, ensayista, investigador y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA Ricardo Forster, la masiva movilización popular a Plaza de Mayo es “un acontecimiento histórico que pone en evidencia eso profundo, invisible o invisibilizado por ciertos dispositivos mediáticos: el pueblo argentino estaba despidiendo a Néstor Kirchner con emoción, con intensidad, con fuerza, con una mezcla de tristeza y de convicción de que hay que avanzar, que hay que crecer en la herencia y en la fortaleza de ese hombre que dio vuelta a la página del país”. 

Desde su lectura, el pueblo despidió a un hombre que “cambió un país que estaba rajado, destruido, pero no sola económicamente, sino que estaba destruido en sus tramas más esenciales, en la vida social, cultural, política. La política estaba literalmente vaciada de contenido, arrojada al tacho de la basura, y ahora sentimos que pudimos volver a discutir absolutamente todo en el país. Y aunque faltan mil cosas, Argentina está hoy metida de cuajo en la historia latinoamericana y yo creo que la gente está agradeciéndole profundamente a Néstor Kirchner”. 

“Lo que está sucediendo es un agradecimiento del pueblo que le está diciendo a la canalla que se fue un hombre memorable, extraordinario, que puso el cuerpo, que puso el alma para tratar de hacer un país más vivible, más justo, con una mejor distribución de la riqueza. Yo creo que Néstor Kirchner en ese sentido está dejando, junto a Cristina también, una historia increíble: la de una pareja con un amor de chicos que atraviesan las vicisitudes del país y que están continuando la historia de la Argentina”, detalló Forster. 

Para el doctor en ciencias sociales, profesor de filosofía de la Facultad de Humanidades de la UNLP e investigador del Conicet Martín Retamoso, la peregrinación del pueblo “tiene que ver con una percepción colectiva, con una proyección de un modo de consciencia histórica, que el pueblo tiene de muchos procesos históricos, que tiene que ver con ciertos momentos en los cuales el imaginario colectivo, la presencia de una voluntad colectiva a la vieja usanza de Gramsci, y que aparece sin las estructuras organizativas”. 

“Tiene que ver con que en un momento hubo una percepción histórica, que conjuga pasado, presente y, sobre todo, futuro. Creo que esa concepción histórica de la historicidad de estos procesos genera, para las prácticas del pueblo argentino que no son las mismas que las de otros pueblos, una necesidad de ocupar el espacio público, preocuparse, poner el cuerpo en esos espacios. Y generar en ese ritual, en esa liturgia revisada, modos de reconocerse”, detalló. 

Para Retamoso, el pueblo se reconoce en su historia: “Creo que así como fue el 17 de octubre, como fue el diciembre de 2001, o el bicentenario, o incluso la muerte de Eva y Juan Perón, me parece que hay una percepción colectiva de que existe un proceso histórico que está cambiando en el cual es necesario estar presente. Me parece que es para el modo de percibir colectivamente para los argentinos, que no es igual para todos los países, y que tiene que ver con una tradición histórica de cómo enfrentar los momentos históricos”. 

Por su parte, el filósofo, docente y pensador de izquierda León Rozitchner aseguró que se expresó eso que corre “por abajo” del discurso de los medios. 

“No sorprende –afirmó Rozitchner–. Aunque estamos regulados por la mirada y la perspectiva de los medios, es evidente que existe algo que de todas formas se sentía: que había un apoyo a Kirchner”. 

“Eso estaba tapado por toda la mirada interesada en deformar la apreciación de la realidad, a tal punto que uno no podía creer en lo que veía porque pensaba siguiendo lo que los medios decían. Es decir, los medios se interponían entre nosotros y la realidad, pero en momentos tan dramáticos, creo que emerge la verdad de la situación: de alguna manera demuestra claramente el apoyo de la gente”, detalló. 

Desde su mirada, es la composición popular de la movilización lo que explica por qué la gente fue a despedir en masa a Kirchner: “Claro que no son damas con las cacerolas de barrio Norte. Con sólo mirar la gente que estuvo en la Plaza de Mayo se ve que es gente de los barrios que no viste en Dior ni compra en mercados de lujo. Esa gente de los barrios estaba presente, y espontáneamente llenó la plaza. Y creo que eso muestra algo que los medios y la opinión llamada pública distorsiona completamente”. 

El hecho histórico, explica el filósofo, “vuelve a devolver el reconocimiento de que lo que uno percibe por abajo en la gente, el efecto que uno siente en las medidas que el gobierno ha tomado, y sin –visto desde otra perspectiva– ser la revolución, sí ha habido una transformación radical de aquellos de los cuales habíamos hablado antes y que abre una perspectiva de una argentina diferente y nueva”. 

Anoche, el pueblo que comenzó a ser parte de la historia ocupando el espacio público fundacional de nuestra patria apenas conocida la muerte del ex presidente, continuaba la vigilia.


Susurros
La Plaza / Impresiones

A la salida del subte, a la salida de ese caldo espeso y húmedo en que los militantes de juventud habían convertido ese ámbito cerrado con consignas cantadas y emociones encontradas reflejadas en ojos rojos, una Avenida de Mayo muda recibe a un grupo de jóvenes llegados desde La Plata. Un silencio gutural e inexplicable: había miles de personas que deambulaban casi por inercia. Pero hay algo. Un sonido, o una canción que viene de los árboles. Tan poético pero tan cierto que se siente en la panza. La fricción del viento con las hojas recientemente verdes de los árboles devuelven ese rumor, ese susurro inconfundible de la naturaleza. 

Todo parece pasar en cámara lenta. Casi onírico. Los vendedores de chucherías nos devuelven a la realidad… o hacen más inverosímil la escena. Nico, que ya estaba en la plaza, los recibe con un beso y un abrazo fuerte a cada uno. Nico está hecho mierda. Está desencajado. Los ojos saltones, rojos, corroídos por tanta lágrima. Es una imagen, esa de los ojos rojos, que se repetirá por miles.
No se habla mientras se camina hacia la plaza. El rumor del viento con los árboles acompaña. A medida que la plaza queda más cerca, otro murmullo comienza a invadir el espacio inabarcable. Se juntan 2 ó 3 agrupaciones, se despliegan las banderas y se forma una columna de 200 personas. 200 jóvenes que, a 2 cuadras de la plaza, empiezan a aplaudir. A cantar consignas políticas. Es una retroalimentación: las personas, en general mayores, que estaban en las adyacencias, se van abriendo para dejar paso a esa columna; la reciben con aplausos que fogonean los cantos de los pibes, que se sienten acompañados. Hay química militante.

Entonces, de frente a la plaza, la iconografía es otra. Es una iconografía peronista. Kirchnerista. Está llena la plaza de las Madres y de la Abuelas. Hay banderas, hay bombos, hay cantos. Hay liturgia. Hay ojos rojos. Muchos. Cientos. Miles.

La escena tiene un ritmo espasmódico. Por momentos, el frenesí militante, la alegría de militar la política, se frena. Hay sosiego. Y ahí aparecen los ojos rojos. 

Es que el tipo era esencialmente un militante. También un líder. Y un conductor. Pero, básicamente, un militante. 

Dicen que la política pasa por el cuerpo. Dicen, entonces, que algunos engordan haciendo “política”. Otros, sin embargo, le ponen el cuerpo. Lo ponen a disposición. La política les pasa por el cuerpo. Y, a veces, el cuerpo (esa maldita perfección con fecha de vencimiento) no es capaz de aguantar la autoexigencia militante: los mandatos de la convicción, la pulsión del espíritu, la certeza de la responsabilidad. A veces, el cuerpo no es capaz de aguantar. 

Las consignas que se cantan en esa espiral contradictoria en que se convirtió esta gran escena son políticas. Son “los soldados del pingüino”, “a pesar de la bombas y los fusilamientos (…) no nos han vencido”. Suena un hit: “Andate Cobos, la puta que te parió”. “Néstor, mi buen amigo, esta campaña volveremo´a estar contigo, militaremos de sol a sol…”. La Marcha. 

No podía ser de otra manera. Es que muchos de los que están en la plaza, y la mayoría de los que arengan, cantan y lloran casi al mismo tiempo, son jóvenes. Son esa juventud que es el principal emergente del kirchnerismo que no estaba politizado antes del 2003. Hay una pancarta, entre las miles y miles que se atiborran, pegada allá en las vallas que rodean la Casa Rosada: “Néstor, tu mayor legado a la Juventud es la Militancia: volvimos a creer que un país mejor es posible”.

Son los pibes, es la Juventud, los que recogen el mayor legado. Ahí hay una relación profunda, de lealtad… de amor. Por eso las consignas identitarias, cantadas con el alma y con convencimiento, se mezclan con otras en donde se cataliza la bronca por lo inexplicable (la puteada a Cobos). Y en medio de eso, el llanto. En medio de eso aparecen esos segundos donde la realidad irrefutable golpea. Ese instante en el cual se zarandean en la mente las imágenes y los sonidos disparados por la TV, por el Facebook y por el Twitter, consumidos hace un rato o en tiempo real y que son una mochila emocional. 

Sentados en el cordón están el padre, la madre y dos hijos. Los mayores no tienen más de 30 años, los nenes son casi bebés. Lloran todos: los papás por el dolor, los nenes por el cansancio. Una señora, de unos 70 años, lee las pancartas y banderas ofrendadas sobre la valla y se emociona: “Si eso es verdad, entonces su vida valió la pena”, sentencia en relación a la consigna del legado para la Juventud. Un pibe, barba prolijamente descuidada y pelo largo, que hace 10 segundas saltaba y vociferaba la marcha peronista, ahora tiene la mirada perdida allá, en la nada. Los ojos rojos. Entre las sábanas (esas banderas inmensas), como surcando pasillos laberínticos, salen desde el epicentro (la pirámide de Mayo, donde se erige una escultura inflable gigante de Evita) señoras bien que no paran de mojar pañuelos de papel.

El movimiento Evita viene entrando. Es una columna inmensa. La antecede una furgoneta con varios parlantes sobre el techo. Como en el mar, las oleadas de cantos van chocando: desde el epicentro, allá donde está la Evita gigante, hacia la periferia, en la calle. Es un caos de alegría militante mezclada con una tristeza envolvente. De repente las ondas expansivas se unen en una gran ola: el himno nacional suena en los parlantes. Nadie habla. Los dedos en V bien altos. Se escucha la introducción en un silencio sagrado. Entonces, aparece ese nuevo rumor, ese susurro mágico. Tan poético como real: es el roce del viento, ahora con las banderas. Allá en lo alto, donde las cañas depositan la simbología popular, las caras de la historia, las consignas de ayer y de hoy. Ahí arriba flamean las banderas y, mientras se escucha el tibio sonido del himno nacional, devuelven esa sinfonía maravillosa: la tela depositaria de la identidad y el roce maravilloso con la naturaleza. Es una alegoría para sublimar la ausencia. Al menos por un rato.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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