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La América Latina y el Caribe entre la independencia de las metrópolis coloniales y la integración emancipatoria

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por Atilio Borón – http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=5842

Mi contribución al debate será sobre el proceso de emancipación en el momento actual: el legado de la independencia, el que tenemos actualmente, que es un mandato para nuestro pueblo y para nuestros gobiernos. El objetivo es demasiado ambicioso, tal vez; pero se trata de una empresa colectiva y confío en que, a partir del debate y del intercambio de ideas, emergerá una visión más clara de ese proceso.

Comenzaré, en primer lugar, refiriéndome a cuál es la situación global del imperio, pues un análisis de los procesos y proyectos emancipadores actuales no puede ser hecho al margen de esa realidad. También intentaré apuntar cuáles son los problemas que hoy se plantean en su interior, para ver, entonces, cuáles son las perspectivas que tiene nuestro proyecto emancipador en América Latina.

Con la situación actual del imperio, estamos en presencia de una serie de caracterizaciones que provienen ya no de los enemigos de ese imperio, ya no de las fuerzas antiimperialistas, de los políticos, intelectuales y gobiernos que se oponen al imperio: resultan de una reflexión al interior mismo del imperio norteamericano y de sus más importantes intelectuales y estrategas. ¿Y qué dice esa reflexión?

En los documentos de los últimos cinco años están planteando, de manera muy clara, una tesis que en América Latina algunos esbozaron ya en los años 80: la tesis de la decadencia irreversible del imperialismo norteamericano. En aquel momento fue muy discutida, inclusive, se le atribuyó como motivo y origen el encendido antiimperialismo de algunos de sus cultores, lo cual llegaba a exagerar tendencias que estaban presentes, pero que no tenían la gravedad ni la fuerza que allí se enunciaba.

Sin embargo, vemos que veinte años después comienzan a aparecer textos y documentos del Pentágono, de la CIA, del Departamento de estado, que tienen un común denominador: EE.UU. debe prepararse para vivir en un mundo que va a ser completamente diferente al mundo que hemos conocido en los últimos cincuenta años. Debe prepararse para vivir en un mundo crecientemente hostil, poblado por gobiernos, regiones o conglomerados de estados nacionales cada vez más adversarios en relación con sus intereses. Un mundo donde la supremacía —y esto es casi textual en todos los estudios— que EE.UU. logró en los cincuenta años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, ha desaparecido para siempre, y jamás podrá volver a ser reconstituida.

Esta afirmación —dicha en los años 80 producto de un seminario que tuvo lugar en Colombia, Bogotá— causó estupor y fue, incluso, rápidamente marginalizada porque era una visión exagerada: el voluntarismo antiimperialista nos tendía una trampa y nos hacía creer algo que no era realidad. Pero ahora son los estrategas del Pentágono los que dicen esto, ahora es la CIA la que dice eso.

En documentos que están, inclusive, desclasificados —es cuestión de buscarlos a través de Internet—, la mayoría bajo títulos como “Escenarios alternativos para los EE.UU. en el año 2030…”, la conclusión que ellos sacan de ese diagnóstico, la inexorable disminución del poderío norteamericano en el terreno internacional, es que tenemos que prepararnos para treinta o cuarenta años de guerra, o sea, cualquier aspiración a suponer que el imperialismo en esta fase de la decadencia se convierte en un animal dócil y amigable es desmentida por esos mismos autores, esos numerosos documentos, en donde dice: “la única manera en que vamos a poder preservar algo de la capacidad que teníamos de preservar nuestros intereses en la esfera internacional es estando dispuestos a luchar y a pelear, y treinta o cuarenta años de guerras por delante. Tenemos que estar preparados para eso, no hay otra manera”.

Esto resulta importante marcarlo porque, inclusive, en ciertos sectores del pensamiento de izquierda durante algunos años prosperó la idea de que el imperialismo en decadencia se convierte en un personaje histórico mucho más tolerante, amigable y dispuesto a ceder posiciones ante los procesos emancipatorios en nuestras regiones.

Lo que aquellos intelectuales, expertos, estrategas militares del imperio dicen, es precisamente lo contrario. Y es también lo contrario lo que EE.UU. está haciendo como centro de todo el sistema imperial, un centro absolutamente irremplazable. No hay quien reemplace hoy a EE.UU. en el sostenimiento de la estructura mundial del capitalismo ni existe absolutamente ningún otro país que pueda cumplir la misión que cumple EE.UU. En esas condiciones ese imperio está dispuesto a defender con uñas y dientes los privilegios de los que ha gozado desde, por lo menos, mediados del siglo XX. ¿En qué se basa este diagnóstico pesimista —que en todo caso llamaría realista— que hacen estos estrategas norteamericanos? En datos que son absolutamente inocultables, sabidos.

Los EE.UU. han dejado de tener la gravitación económica que tuvieron en la segunda mitad del siglo XX, cada vez es menor; se enfrentan con rivales de una potencia extraordinaria. Es decir, hace cincuenta años China, como decían algunos economistas norteamericanos, no contaba en la economía mundial. Hoy en día sí cuenta, está a punto de convertirse en la primera economía del mundo. Japón estaba destruido por la guerra.

No haré este diagnóstico, se conocen bien cuáles son estos grandes cambios; pero fundamentalmente hay uno que está en la base de este asunto: EE.UU. como imperio ostenta un título aberrante en la historia de los imperios: es el primero que se convierte, siendo centro del imperio, en el gran deudor. EE.UU. hoy es responsable de aproximadamente la mitad de la deuda externa mundial. Los países del Tercer Mundo en su conjunto muchas veces son chantajeados por EE.UU. cuando estos les dicen: “Si ustedes no pagan la deuda, ponen en peligro la estabilidad del sistema financiero internacional y serían unos irresponsables”.

Pero la totalidad de los países del Tercer Mundo no es responsable de más del diez por ciento de la deuda externa mundial. El problema grave de la deuda externa mundial y del colapso de los mercados financieros recae sobre EE.UU., y sobre la Unión Europea y Japón, que está en una situación catastrófica desde el punto de vista de la deuda externa, peor aun que la que tenían los países de América Latina a inicios de la década de los 80.

Si uno de los otros países se rehúsa a pagar, “el sistema financiero internacional se cae con sus imprevisibles consecuencias”. Entonces, EE.UU. aparece en la historia de los imperios como un gran deudor —a diferencia de lo que fue, por ejemplo, el imperio británico, acreedor de todo el mundo de la periferia—. EE.UU. tiene esa peculiaridad, y su moneda, que era la moneda emblemática: el dólar, hoy en día está sostenida fundamentalmente por sus adversarios económicos y políticos. El dólar, actualmente —esto lo ha explicado Samir Amin en numerosos trabajos— está sostenido por la disponibilidad o la disposición que tienen, esencialmente, la República China, Rusia, Korea, Japón de no dejarlo caer.

Esos cuatro países son los que están sosteniendo hoy el dólar, lo cual implica que de alguna forma EE.UU. también tiene una capacidad de presión sobre ellos; pero ellos también la tienen sobre EE.UU., y eso es lo que explica algunos fenómenos extraños. Por ejemplo, el ejercicio naval conjunto entre la armada venezolana y la armada rusa, hace dos años, que solo se puede entender a partir de la enorme capacidad de presión que tiene Rusia. Evidentemente, EE.UU. no pudo resistir lo que fue una amenaza velada que le hizo Rusia al decir que ante el bloqueo, el veto norteamericano de hacer estos ejercicios conjuntos, Rusia estaría pensando, entonces, en iniciar una venta masiva de sus reservas en dólares, por ejemplo, comenzando de la noche a la mañana a vender 30 mil millones de dólares en el mercado de Londres, lo cual provocaría una debacle del dólar a nivel mundial.

EE.UU. tuvo que aceptar algo que jamás hubiera aceptado antes ni remotamente, a no ser por este enorme poder que tienen en el momento actual los países que, de alguna manera, son adversarios de los EE.UU. y que, por eso, pueden imponer ciertas políticas que antes eran impensables. Es una situación de debilidad agravada por esta crisis fiscal tremenda, porque EE.UU. lleva cuarenta años en guerra y los impuestos —sobre todo los impuestos a los ricos y a las grandes corporaciones—, lejos de ir acompañando al esfuerzo militar, fueron reducidos. Hoy en día el perfil tributario de los EE.UU. es increíblemente regresivo. Muchos de los indicadores de los EE.UU. son equivalentes a los de algunos de los países del Tercer Mundo en materia de inequidad social, redisitributiva, y ello en función de un estado que tiene déficits monstruosos y que no logra conjugar. Lo mismo sucede con el déficit comercial y, por lo tanto, la salida ha sido una militarización de la escena internacional en consonancia con lo que dicen aquellos informes a los cuales me referí anteriormente.

La militarización brutal de la escena internacional y el recorte muy significativo de los derechos civiles y las libertades públicas dentro de los EE.UU., resulta un asunto cuya relevancia a veces se soslaya y al cual no le damos la importancia que tiene.

EE.UU. es un país que, internamente, tiene restricciones muy severas a los derechos civiles. Este fenómeno de creciente militarización en el plano internacional, tiene su contraparte en esta restricción de los derechos internamente.

Cuando se habla de la militarización en EE.UU. hay muchos indicadores, algunos cuantitativos, otros cualitativos. En relación con los segundos, el más significativo resulta el desplazamiento de la Secretaría de Estado, que fue siempre el órgano de gobierno norteamericano para determinar las grandes líneas de la política exterior, o sea, el manejo diplomático. Se trata de un desplazamiento del Departamento de Estado a manos del Pentágono. Este no es un proceso que se produce en un día, no aparece de la noche a la mañana, pero claramente hubo un punto de inflexión con el 11 de Septiembre de 2001, sobre el que existen cada vez mayores sospechas, dentro de EE.UU.

El debate —que no adquiere todavía mucha visibilidad pública pero que está muy presente— se centra en indagar qué fue lo qué paso, hasta qué punto ese incidente no fue planificado desde dentro de los EE.UU.

Hoy en día hay sospechas que no están solo en manos de grupos extremistas radicales o paranoicos, sino, inclusive, de gente que tiene una mirada mucho más tranquila y sobria sobre el proceso político norteamericano. El libro de Paul O’Neill —quien fuera primer secretario del Tesoro del gobierno de George Bush— dice que en enero de 2001 se estaba planteando, en una reunión del gabinete más cercano del presidente Bush, la necesidad de apoderarse del petróleo de Irak. Así, sencillamente, porque había llegado poco tiempo antes un informe acerca del creciente desabastecimiento petrolero a nivel mundial o debido a las enormes complejidades ante la importación de los 15 millones de barriles, garantizados para EE.UU.

Ante ese informe tan preocupante, parecería ser que fue Condoleezza Rice o Dick Cheney, el vicepresidente de los EE.UU., quienes dijeron: “tenemos que hacernos del petróleo de Irak”. Eso lo registra prolijamente Paul O’Neill, al expresar que fue para él una gran sorpresa que aquello se planteara en enero de 2001, o sea, pocos meses antes de [los atentados contra] las Torres Gemelas y el Pentágono.

La respuesta que se dio ante esa discusión, fue: “necesitamos una buena excusa para ello”. Lo que mencioné está en el libro de Paul O’Neill titulado El precio de la lealtad, traducido al español y que ya circula. Resulta impresionante lo que refiere: pocos meses antes se estaba buscando un buen pretexto, que vino el 11 de Septiembre. Colin Powell —quien era el secretario de Estado de George Bush en su primer mandato— se opuso a la guerra de Irak, y hasta dijo que renunciaría; pero ahí apareció, seguramente, una pandilla como esas que vemos en la películas americanas, que le dijeron: “¿A dónde tú crees que vas? No vas a ningún lado, tú no renuncias, te quedas hasta el final del mandato de Bush”. Y se tuvo que quedar.

Lo que salió en la prensa es que Powell decía que destruir Irak y matar a Saddam Hussein era muy fácil, lo difícil era cómo salir después de Irak. Un general no solamente tiene que planear ganar una batalla o una guerra, sino luego retirarse.

Y allí hubo una muy encendida discusión en que Powell aparentemente muy enojado dijo: “acá quienes opinan son Dick Cheney, Donald Rumsfeld, el secretario del Departamento de Defensa del Pentágono y Condoleezza Rice, ninguno de los cuales puede diferenciar una pistola de un revólver. Y esa gente es la que le está diciendo al presidente Bush que invada, ocupe y entre en Irak”.

Y partir de ahí, Powell entró en una especie de cono de sombra, prácticamente no hizo más grandes declaraciones hasta que terminó su primer mandato y, efectivamente, renunció. Se dice que, en un cierto sentido, dejó de ser un hombre público, pero claramente esto marcó un desplazamiento donde ya ellos fijaron la política exterior, no solamente la política militar, sino la política exterior global de los EE.UU. Entonces, la solución siempre es militar, lo cual explica por qué cada vez menos el Departamento de Estado aparece como un elemento importante en la gestión de la política pública de los EE.UU.

Ahora viene una cierta recuperación con la presencia de Hillary Clinton, pero esta funcionaria representa claramente al complejo militar industrial, lo cual se puso de manifiesto de manera muy meridiana cuando se produjo el golpe de Estado en Honduras, donde la primera reacción de Obama, que era de condenar el golpe, al día siguiente, fue enmendada por la Secretaría diciendo que se trataba de un “paréntesis institucional debidamente procesado en función de las decisiones del Congreso”.

Esto marca, claramente, el proceso de colonización del Departamento de Estado a manos del Pentágono y explica, entonces, esta enorme escalada militar, y aquí sí ya vienen algunas datos cuantitativos muy elocuentes, que demuestran la vocación del imperio de reprimir cualquier proceso de autonomía o de emancipación, sobre todo, de América Latina, que es para EE.UU., de lejos, el área más importante de la política mundial.

Muchas veces, se acostumbra a escuchar declaraciones del gobierno de EE.UU., incluso de algunos gobernantes de América Latina que dicen: “tenemos que negociar con EE.UU., pero seamos realistas, somos una región irrelevante para EE.UU.; primero está el Medio Oriente, luego Europa, Asia Central, etc.…”. Ello es incierto. Para EE.UU. esta es la región más importante del mundo y si no, pregunto: ¿Por qué en la primera doctrina de política exterior de los EE.UU., que se elabora en 1823 —cuando todavía no había concluido el proceso de independencia en Sudamérica, un año antes de la Batalla de Ayacucho—, el presidente Monroe saca a la luz lo que sería la doctrina fundamental de ese país, que se seguiría a lo largo de dos siglos y de la cual el ALCA era el remate final del proyecto de Monroe, que era anexar a toda América Latina al dominio de los EE.UU.? ¿Por qué una región tan irrelevante merece una doctrina de política exterior que perdure a largo de los siglos?

La segunda doctrina de política exterior que saca EE.UU. es la Doctrina Wilson, en 1917, ya en medio de la Primera Guerra Mundial y habiendo estallado la primera fase de la Revolución Rusa, en febrero de ese año, y que domina sobre la política hacia Europa, porque esta región es fundamental para ellos desde el punto de vista militar, estratégico, desde la perspectiva de los recursos naturales: la mitad del agua dulce de planeta Tierra está en América Latina; una parte significativa de los recursos energéticos, petrolíferos, de gas está en América Latina; los minerales fundamentales para las modernas industrias están en América Latina; la biodiversidad de América Latina representa más de la mitad de la biodiversidad mundial.

Un autor canadiense, cuyo nombre no recuerdo, publicó en una revista de Ciencias Biológicas que en un metro cuadrado de la Amazonia existía más biodiversidad que en todo el territorio de Canadá, y esa biodiversidad está en la base de la moderna industria farmacéutica, la Bioquímica, la Ingeniería Genética, lo que hoy moviliza uno de los grandes debates en el seno de la Organización Mundial de Comercio: el tema de la propiedad intelectual, sobre el que EE.UU. está presionando tanto. No se trata solo de nuestros artistas y creadores, sino fundamentalmente de la propiedad intelectual para apoderarse de los bienes de la naturaleza, a partir de la Ingeniería Genética y preparar, entonces, productos genéticamente modificados que, a diferencia de las semillas tradicionales, por ejemplo, tienen que ser adquiridos en la región.

Por eso América Latina es fundamental para ellos, por eso la militarización, el encarnizamiento en contra de los gobiernos y en contra de que levanten banderas de emancipación y autonomía; por eso el encarnizamiento en contra del pésimo ejemplo de Cuba, que es para ellos absolutamente intolerable, y que demuestra que un país pobre que ha resistido el bloqueo durante más de cincuenta años puede garantizarle condiciones de vida al conjunto de la población, lo cual no se tiene en otros países de América Latina; y por eso el encarnizamiento con Venezuela, con Bolivia, con Ecuador; y por eso esa fenomenal expansión en América Latina, que en un plazo de diez años está rodeada de bases militares en toda la región.

Tenemos bases en Guantánamo —en Cuba—, en Puerto Rico, en El Salvador, en Honduras; amenazas de una presencia masiva de marines en Costa Rica, que por ahora está detenida —ojalá sea para siempre—, aunque continúa el peligro. Panamá: cuatro siglos de gobierno de Martinelli, cuatro bases militares, dos a ambos lados del litoral; las bases de Colombia, que también están en suspenso porque hay un dictamen del tribunal constitucional que declaró que ese tratado es inconstitucional, tema que fue comentado por Fidel en una de sus reflexiones, y que claramente significaba la total anexión de Colombia a los EE.UU. Cualquier persona, amparada por ese tratado, podía llegar a los EE.UU. con un simple documento de identidad cualquiera: como un carnet de una biblioteca y Colombia renunciaba a su derecho de inspeccionar cualquier cargamento que entrase o saliese de su territorio. Bajo el amparo de es tratado, podían hasta introducirse allí armamentos nucleares.

Esto claramente revela hasta qué punto va ese proyecto que ha terminado en todo ese rosario bases militares que rodean esta gran cuenca amazónica, enorme depósito de recursos de todo tipo que se requieren para sostener un modelo de consumo como el que tienen los EE.UU., que, por supuesto, son absolutamente intolerables ante cualquier iniciativa de nuestros gobiernos para tratar de cambiar esta situación.

Casa de las Américas, 22 de noviembre de 2010.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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