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¿Por qué no estalla Marruecos?

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Juan José Téllez – http://tellez.periodismohumano.com/2011/03/10/%C2%BFpor-que-no-estalla-marruecos/

Cualquiera que comprobase las cifras que habitualmente trascienden sobre la economía marroquí, la primera impresión que tendría es la de que aún no resultan fiables. Cualquier análisis sobre la realidad de Marruecos a comienzos del siglo XXI choca, de entrada, con la inexistencia de un censo riguroso que permita comprobar, por ejemplo, el alcance de la diáspora emigrante o el del éxodo del ámbito rural a las grandes ciudades, cargadas de suburbios laberínticos en donde no existe padrón o es un disparate. Lo mismo cabe inferir de los cálculos sobre el desempleo, sobre la renta media de las familias o sobre la fiscalización de un país en donde empieza a aflorar una tímida burguesía entre una apabullante mayoría en la miseria –eso que antaño se llamara lumpen proletariado—y una oligarquía ajena por lo común a lo que ocurre en los barrios bajos.

En tales circunstancias cabría preguntarse por qué no estalla Marruecos a imagen y semejanza de otros países del norte de África. La explicación habría que buscarla en varios frentes: en primer lugar, habrá que considerar la dimensión religiosa que tiene Mohamed VI como rey de la dinastía alauita y comendador de los creyentes. Esta última función, le saca automáticamente de la melé política en un país profundamente islámico, aunque no sea tan propenso a los excesos integristas de su vecina Argelia. Con el rey, se puede bromear –le llamaron Su Majeski por su propensión a los deportes náuticos–, se puede cuestionar su riqueza y sus tramas familiares cuando se vendió inicialmente su imagen como la del “monarca de los pobres”, pero se le salva in extremis el trono y se culpa de la lentitud de las reformas al majzén, ese cúmulo de tenebrosos intereses y personalidades que alberga la administración, el ejército, la justicia y otros poderes fácticos del país.

Es cierto que tras heredar el reino de su padre, Hasán II, el joven monarca apuntó algunas iniciativas novedosas, parte de las cuales se tradujeron a la realidad cuando procedió a una notable reforma de la mudawana, el código de familia, que a partir de entonces ampara mucho más que nunca a viudas o a divorciadas. Fue incapaz eso sí de intentar poner freno a la escalada de la pobreza, una trinchera de la vida cotidiana en la que a veces se encuentra solo, como último clavo ardiendo, el voluntariado de Justicia y Espiritualidad, la organización fundamentalista del jeque Yasín, que aunque no puede legalmente concurrir a las elecciones, su presencia resulta imprescindible en los pueblos jóvenes que rodean a las grandes áreas urbanas y, desde sus mezquitas, se procura ayuda alimenticia y de cualquier otro tipo, para los desposeídos que cada vez confían más en ellos que en otras fundaciones relativamente públicas y auspiciadas por Palacio.

Mohamed VI y el actual Gobierno marroquí han logrado convencer a los habitantes del país que su principal propósito es conquistar el sueño de la integridad territorial de su reino, consolidando sobre todo sus posiciones sobre el antiguo Sáhara español y reivindicando, con mayor denuedo cada vez, sus derechos sobre Ceuta y Melilla, negados insistentemente por la diplomacia española, e incluso sobre Canarias.

Ese quizá fue uno de los errores cometidos por los promotores del llamado Movimiento 20 de febrero, que convocaron sus protestas inicialmente para el día 27, justo cuando el Polisario conmemoraba el trigésimo quinto aniversario de la creación de la República Arabe Saharaui Democrática, tras la Marcha Verde marroquí. A Rabat le faltó tiempo para azuzar el espantajo del independentismo saharaui como motor de las movilizaciones.

Estas se llevaron a cabo en diversos lugares del país, sin excesos violentos salvo en Alhucemas, donde varias personas murieron en un extraño incendio en la sucursal bancaria que supuestamente saqueaban. Al régimen le vino como anillo al dedo y desautorizó las protestas en su conjunto, a pesar de que, en general, fueron pacíficas, reivindicaban cambios moderados y una profundización en las libertades y garantías democráticas, especialmente en el aparato de la justicia. Nadie pedía la cabeza del monarca, ni la revolución islamista, aunque hubiese organizaciones presentes en las manifestaciones que tampoco le harían ascos a una y a otra opción. La represión policial fue considerable tanto durante dicha jornada como durante la siguiente. El primer fin de semana de marzo, cuando se esperaban nuevos incidentes, la tensión se rebajó en todos los aspectos y la normalidad volvió al país en espera del anunciado discurso del rey.

Marruecos, en su conjunto, sigue confiando en que la historia es lineal y avanza siempre hacia un mundo de progreso. Ese es el mensaje que intenta transmitir y aglutinar el Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), el llamado Partido del Rey, que dio el campanazo en las elecciones municipales de 2009 y que se posiciona como una alternativa de nuevo cuño frente a los partidos tradicionales, principalmente el Istiqlal y el mosaico socialista, por no hablar del Partido Justicia y Desarrollo, el único integrismo tolerado pero que se vio seriamente en entredicho tras la fuerte campaña en su contra que siguió a los atentados de Casablanca de mayo de 2003. El PAM viene a ser, salvadas las distancias, algo así como una UCD a la marroquí, una organización reformista pero moderada.

Los marroquíes, a tenor de su progresiva implantación, parecen confiar antes en un Gobierno que le aproxime a la Unión Europea, más allá de los acuerdos puntuales y del trato preferente al que aspira con independencia de sus excesos represivos en el Sáhara o en el interior de su propio país, con prisiones atestadas y una criminalización del islamismo, con independencia que sea o no sea violento, que siga las consignas de Al Qaeda o se aparte llamativamente de ellas.

El pueblo marroquí, a primera vista, aspira al sueño del bienestar europeo, sin descuidar sus propias tradiciones y en una constante línea de ascensión social. Podría trazarse un cierto paralelismo con la España de los años 60, la del desarrollo tecnocrático, la que pasó de las alpargatas al 600. Sin embargo, no es así. Ni las deslocalizaciones, ni los salarios ni el consumo avanzan al mismo ritmo. Ese podría ser el mayor hándicap que aceche a nuestros vecinos del sur. Que se cansen de esperar que el maná de la democracia y del progreso les baje del cielo o de un palacio y quieran reivindicarlo con mayor ímpetu, con mayor impaciencia, con desesperación. Pero hoy no toca. Todavía. En Marruecos, la revolución puede esperar.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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