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Haroldo

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POR DAVID VIÑAS  – http://www.casadelasamericas.org/publicaciones/revistacasa/245/davidvinas.pdf

 

Confuso privilegio ser sobreviviente. En especial cuando a uno –en este caso, a mí– le piden que tome la 

palabra para saludar a alguien que ya no está. Nada menos que «hacer uso de la  

palabra» en relación a una persona ausente de manera definitiva, tratando de convocar una presencia que 

participe de lo episódico y la congoja. Un conjuro, en realidad, frente a los agravios del olvido. 

 

Trato de ser muy claro: el elogio de sus libros (Sudeste o La balada del álamo carolina) resultaría tan 

intenso que, eventualmente, pudiera ser recibido como una apología. Y las apologías no son mucho más 

que una colección de ripios enfáticos a simple enunciado. O como un epitafio con signos de admiración. 

 

Exorcismo, entonces, de encomios o alabanzas. A fin de cuentas, si algo resuena como lo más opuesto a 

las cortesías es la apelación al luto. Un duelo que nada tiene de rezongo y mucho menos de victimismo. 

Y en eso estamos aquí. 

 

Aludí al dilema de un sobreviviente como yo. Desde el otro extremo del panegírico me hacen señas 

varias discordancias. Y aclaro aún más: disconformidad en relación a la piadosa –crédula, incauta– 

confianza de Haroldo hacia compatriotas que él creía personas y no eran más que traficantes. 

 

De donde se sigue, ni elogios legítimos ni reproches fraternales. Pero del dilema inicial (eso sí, y para 

trascenderlo) pasar a la diatriba frente a quienes merodearon a Haroldo abusando de su religiosa –tal 

cual– credulidad que renegaba de virtudes oficiales: infidentes, obscenos amenos bastardos, impostores 

diestros y veloces, yesmen para lo que les mandaran; y en plano inclinado, espías delatores y verdugos. 

 

Las diatribas, menos mal, son un género muy transitado por las indignaciones tan clásicas como 

genuinas; extensas, en absoluto monótonas, con  una inventiva ultrajantemente equitativa, certeza 

mediante irrebatibles juicios fidedignos. Y que suelen especializarse en figurones impávidos y 

serviciales. La memoria de Haroldo Conti se transforma así en querella de vestales canonizadas. 

 

Pero, dos cosas para destacar –brevemente– como jubiloso desagravio ante todas esas miserias: 

primero, el viaje que hicimos juntos con Haroldo y, después, uno de sus libros fundamentales. 

 

Salimos de La Habana en uno de aquellos aviones vetustos, obstinados, a los que llamaban –creo 

recordar– Britanias, con cuatro hélices aún y con la mitad de la cabina de pasajeros «despejada» para 

hacerles lugar a cajas, bultos y demás correos. Haroldo y yo íbamos sentados con las rodillas recogidas a 

la altura del pecho. Bien. Abajo y de un tajo. Él portaba una especie de cañón de aluminio relleno con 

afiches del nuevo cine cubano; yo, apenas si un cenicero con el emblema de cierto hotel y destinado a 

una amiga del barrio de Boedo. Haroldo me lo reprochó. Aeropuerto de Terranova: Haroldo descifraba 

un monumento a la Queen of England mientras yo me resbalé en la pista helada tratando de no resultar 

demasiado sentimental. En Irlanda los dos nos descubrimos más corroborados al verificar el mítico verde 

calumniado por Oscar Wilde, Shaw y el  Ulises. En Praga abundamos sobre Kafka y en torno al 

socialismo centroeuropeo. Y nos desquitamos en Madrid encarnizándonos con el Generalísimo. Haroldo 

hablaba con fervor de Buenos Aires eludiendo, reposadamente, toda pasión argentina. 

 

Por eso, de Sudeste quisiera sugerir: se equivocan quienes lo emparentaron con El viejo y el mar; no 

se trata, en Haroldo, del Caribe transparente sino del Paraná embarrado que finge mansedumbre alterada 

por bruscos arrebatos a lo Horacio Quiroga. El río es tiempo que fluye y cuerpo (herida, pejerrey y 

agobio) del protagonista, que suele empecinarse en trabajos robinsonianos o en fantasmas en un delta 

grotescamente alucinado, a lo Fermín Eguía. Sudeste «elemental» con agua, desde ya, fuego, zanjas y 

ventarrones. Comarca primordial marcada por faenas y sabidurías que siempre aluden o preanuncian la 

presencia de la muerte. 

 

La muerte, muertes, en Sudeste y en los otros libros de Haroldo Conti (baladas, jaulas y cazadores), 

casi siempre aparecen como ecos, ráfagas, amagos o inscripciones en la corteza de los árboles. Es que 

los epitafios de Haroldo fundamentalmente son vegetales. Las piedras entre nosotros resultan mojones o 

se llaman Walsh, Ortega Peña, Paco Urondo. Invictos. Como Haroldo Conti, más sosegado pero también 

invicto. 

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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