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Populismo y tendencias de cambio

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Por Torcuto Di Tella  – http://www.revistadebate.com.ar/2011/04/28/3878.php

En Europa se oye hablar cada vez más de “populismo”, un ubicuo concepto que se aplica a cualquiera que no nos guste y que tenga (cierta) capacidad de suscitar adhesiones de (ciertos) sectores populares, desde un Silvio Berlusconi o un  Nicolas Sarkozy hasta, retrospectivamente, un Ronald Reagan; o, más recientemente, los partidos xenófobos que tanto han proliferado en el viejo continente. No hay por qué discutir demasiado sobre los nombres de las cosas, pero alguna claridad hay que introducir para evitar una Babel intelectual. Esto es particularmente importante cuando, desde Europa, los socialistas y otros sectores progresistas contemplan el panorama del otro lado del Atlántico y le encastran el desvalorizado epíteto de “populistas” a fenómenos políticos que, con una mejor perspectiva, deberían darse cuenta de que son sus más cercanos equivalentes y necesarios aliados en un mundo globalizado.
En un artículo reciente de la revista de izquierda Italianieuropei, Ilvo Diamanti ha registrado nada menos que diez significados con que la palabra se usa en el viejo continente. Fundamentalmente, y simplificando, incluiría componentes de derecha y de xenofobia, y de poner el énfasis en la figura del dirigente, quien debe ser considerado “único”, priorizando el ejecutivismo, usando especialmente los medios de masas, utilizando un lenguaje popular, con elementos de entretenimiento y antipolítica, antiglobalización y localismo. Todos aspectos -si se me permite usar el término- “superestructurales”.
Pero, ¿será que nos hemos olvidado de las “infraestructuras”, o sea, de las clases sociales a las que el mensaje se dirige y en las cuales cuaja? Todos los casos europeos descriptos cuentan, principalmente, con el apoyo de los sectores altos o medio-altos de la pirámide social, aunque  puedan recoger una cantidad no despreciable de adhesiones populares. Pero no hay tanta novedad en esto. Los conservadores siempre han sido capaces de obtener apoyos populares, desde los tiempos de los Working-class Tories, sin que por ello el partido de Robert Peel, Robert Cecil o Benjamin Disraeli pueda razonablemente ser llamado “populista”. Por más preocupados que estuvieran estos dirigentes por la suerte del “pueblo”, su base electoral y de apoyo social estaba en otra parte. Y, además, dicho sea sin recurrir -válgame Dios- a Carl Schmitt, hay que preguntarse cuáles son los enemigos de los así llamados populistas o neopopulistas arriba citados, desde Berlusconi a  Jean-Marie Le Pen. No lo son las clases dominantes, sino los sectores sindicalizados o los inmigrantes extracomunitarios, sumándoles quizá los intelectuales y profesionales del establishment liberal progresista. No apuntan contra la burguesía, grande, media o pequeña, aunque en los movimientos xenófobos haya una cierta tensión con el gran capital concentrado, pero no es ése su principal adversario.
En América Latina, fenómenos políticos que se han clasificado como populistas son comunes. Muchos piensan que ellos han arruinado nuestras posibilidades de crecimiento y de modernización, pero no toman en cuenta las alternativas realistas existentes, y no valoran suficientemente las importantes transformaciones sociales que esos “populismos” han realizado. Tampoco registran los cambios que se han dado con el tiempo. Si el Partido Demócrata de Estados Unidos ya no incluye a los ultrarreaccionarios del Sur, que eran aún en tiempos de Roosevelt su seguro bastión electoral; si hasta los comunistas de Europa Oriental se han democratizado, ¿por qué no puede haber pasado, o pasar en el futuro, un cambio de parecida magnitud en los populismos latinoamericanos?
El hecho de que esos movimientos tengan apoyo, fundamentalmente, en las clases trabajadoras, es algo que debe ser tenido muy en cuenta en la evaluación que de ellos hagan los intelectuales y los políticos progresistas, antes de lanzarse a una oposición poco meditada. No es que cualquier movimiento que cuente con el favor de mayorías populares deba ser apoyado por quienes se consideran progresistas o socialistas. Se cita al respecto a menudo el caso de Hitler, que lo tenía en buena parte, pero hay que ver de qué masas se trata, que en su caso eran las clases medias frustradas por años de hiperinflación y desocupación, aparte de la fuerte contribución de la alta burguesía, ausente en los casos latinoamericanos.
Un proyecto de transformación en sentido progresista necesita el apoyo, bien o mal organizado, pero organizado al fin, de los sectores “subalternos” (para usar el término gramsciano). Sería deseable que además tuviera claras convicciones y prácticas democráticas, cosa que no siempre ocurre. Pero no se puede negar que, en Europa, los partidos comunistas, aunque poco convencidos acerca de las bondades de la “democracia burguesa”, hayan sido progresistas. Y la experiencia histórica demuestra que esos partidos llegaron a tener genuinas convicciones en la democracia realmente existente, habiéndose cambiado o no de nombre, pero con prácticamente la misma gente que antes. Y si los comunistas se hicieron democráticos, ¿por qué los “populistas” un poco o muy autoritarios de América Latina no pueden recorrer el mismo camino, cosa que varios de ellos han hecho claramente? Y si algunas manchas les quedan, ¿acaso la socialdemocracia o el Partido Demócrata norteamericano no las tienen?
Los partidos comunistas de Italia o Francia en la posguerra no podían hacer menos que reflejar las condiciones y la mentalidad de los sectores sociales en los que se basaban. ¿Habría sido mejor que hubieran rechazado desde el comienzo el estalinismo? Desde un punto de vista moral y de teoría política sin duda habría sido deseable, pero esa actitud los hubiera condenado al rol de los partidos socialistas, válido en muchos sentidos, pero incapaz de reflejar la mentalidad y la capacidad organizativa de la base de la pirámide social, porque esos países no eran Suecia ni Gran Bretaña. Lo mismo se puede decir de los socialistas chilenos, quienes tanto han tenido que cambiar desde las esquemáticas convicciones que tenían en los años setenta. Y, como decía nuestro pensador decimonónico Juan Bautista Alberdi, “hay en la vida de los pueblos edad teocrática, edad feudal, edad despótica, edad monárquica, edad aristocrática y, por fin, edad democrática”. Pero agregaba, para evitar entusiasmos fuera de lugar, que “el modo de que no sea futura, ni presente, es empeñarse en que sea presente, porque el medio más cabal de alejar un resultado es acelerar su arribo con imprudente instancia”.
En un reciente artículo en La Nación (3/1/2011), Carlos Pagni ha considerado la posibilidad de que “Chávez, Morales, Cristina Kirchner, se estén despertando, asustados, del sueño dogmático que supieron abandonar François Mitterrand, Michel Rocard, Felipe González, Tony Blair, Ricardo Lagos, Lula da Silva, José Mujica, Alan García o Dilma Rousseff”. Verdadero o falso, no es una mala compañía. Según ese autor, tanto los socialdemócratas como los movimientos nacional-populares tendrían, o habrían tenido en común, algunas características y han pasado a través de diversos períodos de mayor o menor dependencia del Estado o del mercado.
Por estas y otras razones, el autoritarismo -“nacional-popular” o comunista- podría representar una etapa histórica hacia el establecimiento de la socialdemocracia, adaptada, de ambos lados del océano, a las fuerzas económicas internacionales en permanente mutación. No es que el populismo a la Perón, Getúlio Vargas o Víctor Raúl Haya de la Torre sea la misma cosa que la socialdemocracia, pero tienen mucho en común, sobre todo si se los mira debajo de la línea de flotación. A fin de cuentas, no es absurdo pensar que también, en la antigua Grecia, los demagogos Pisístrato y Clístenes hayan sido necesarios para debilitar el poder de la oligarquía para luego llegar a un Pericles.
Es importante, para la socialdemocracia, sumar algunos aliados afuera del ámbito europeo, como en su momento intentó hacer el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) con el “socialismo mediterráneo” (que incluía a Muammar Khadafy y a Yasser Arafat). Aunque esa fantasía hace tiempo fue dejada de lado, no está mal la idea de tragar algunos sapos para poder cruzar el mar.
En los años cincuenta del siglo XX, los fenómenos populares, pero no socialistas, de América Latina comenzaron a ser analizados seriamente -y con no poca preocupación por sus características autoritarias y su culto a la personalidad- por sociólogos y politólogos tanto de la propia región como de Europa y de Estados Unidos. Se les aplicó el nombre de populismo, o nacional-populismo, o movimiento nacional-popular.
Los casos más notorios venían de México (los herederos de la Revolución, especialmente Lázaro Cárdenas), de la Argentina (peronismo), el Brasil (varguismo), Bolivia (Movimiento Nacionalista Revolucionario), con variantes más liberales en el Perú (aprismo), Venezuela (Acción Democrática), y Costa Rica (Movimiento de Liberación Nacional, de José Figueres). En Cuba, el dictador Fulgencio Batista fue un practicante precoz, aunque a fin de cuentas fracasado, y también Fidel Castro ha expresado el mismo tipo de relación entre dirigente y masa, basado en un vínculo carismático tanto o más que en consideraciones ideológicas. En tiempos más recientes se puede agregar a los sandinistas, a Hugo Chávez, a Rafael Correa, a Evo Morales y a Ollanta Humala, en Perú. No incluyo en este elenco al PT de Lula, ni a los socialistas chilenos o al Frente Amplio uruguayo, que son ya claramente versiones locales de la socialdemocracia. Y algunos movimientos de origen “populista”, como el peronismo renovado argentino, están en una etapa de lenta evolución hacia ese modelo.
Para caracterizar adecuadamente un fenómeno “populista” o nacional-popular es esencial tomar en consideración los dos componentes que siempre tiene: uno, en los sectores altos de la pirámide social  (de los cuales es una minoría, aunque a veces estratégica) y el otro, en la base obrera y a veces campesina o marginal, de las cuales es una mayoría. Sin las dos patas no camina. Como decía Haya de la Torre, hay que pelear con las dos manos, la izquierda y la derecha. Pero con el tiempo, y el desarrollo económico y cultural, puede evolucionar -nunca de golpe, por supuesto- hacia formas distintas de organización, más cercanas a la socialdemocracia. Esto último ocurre especialmente si se da una lucha interna por el poder, entre su derecha y su izquierda, y sufre el abandono de la mayor parte de sus componentes de derecha, como le ocurrió al peronismo, en 1955, durante la confrontación con las fuerzas armadas y el clero, que habían sido dos importantes columnas de su fuerza inicial, aparte del movimiento obrero. Algo parecido le ocurrió al varguismo, después de la radicalización de los tiempos de João Goulart, en los años sesenta, que llevó a su componente de derecha a sumarse al golpe militar.
Cuando, por diversos motivos, las clases populares van adquiriendo mayor experiencia organizativa propia pueden confluir hacia formas socialdemócratas, especialmente si se ha dado una masiva industrialización, como en Brasil. O limpiarse de aliados molestos -aunque en su momento necesarios- como el Partido Demócrata en Estados Unidos, impulsado por la rebelión de los afroamericanos. Y, en cuanto a la Argentina, ella parece estar en una etapa intermedia en este proceso.
Respecto a la nueva variante de “populismo” de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Perú, hay que tener en cuenta que en esos países se ha asistido a un continuo flujo de la población rural marginada, tradicionalmente menos “visible”, que, habiendo perdido a sus tres padres (el paterfamilias, el cura y el patrón), está en busca de un cuarto, el padre de los pobres. Al mismo tiempo, en el propio sector rural o de pequeños pueblos, la educación y los medios han creado un sector emergente en busca de nuevas formas de expresión, que los partidos populares clásicos podrían haber captado si no hubieran sido arruinados por la burocratización y la corrupción, que generaron un tsunami parecido al italiano de las mani pulite de los años noventa.
Los nuevos populismos, o mejor “movilizacionismos”, a menudo autodefinidos como socialistas, tienen que reflejar los sentimientos de las masas que los apoyan, sus carencias, sus odios, sus esperanzas a menudo algo milenaristas, como ha ocurrido antes con otros populismos latinoamericanos, y también con el socialismo europeo. Pero es bastante probable que estos nuevos movimientos sigan el camino de sus equivalentes o semejantes en otras partes del mundo. Desde su inicio han sido el principal enemigo (con suficientes fuerzas, no sólo ideológico) de las clases dominantes, aunque dentro de ellos puede haber una izquierda y una derecha, un estatismo y un neoliberalismo económico, como los hay en la socialdemocracia que se puede extender desde el primer Mitterrand a un Tony Blair. Cómo evolucionarán estos fenómenos es algo imposible de afirmar con seguridad. Pero, desde hace un tiempo, las cornejas vuelan en un sentido auspicioso.

Autor: Sergio

boquense ortodoxo

Un pensamiento en “Populismo y tendencias de cambio

  1. Excelente articulo. Creo que es lo que representa este gobierno K.

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