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Una víctima de la CNU reconoció al Indio Castillo

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Se trata de la viuda de Carlos De la Riva, quien fue asesinado por la patota en noviembre de 1974.

“Estoy prácticamente segura de que es él.” A pesar del tiempo transcurrido, la mujer recuerda el rostro del hombre que la madrugada del 3 de noviembre de 1974 le apretó la boca de un arma larga contra el estómago y le dijo: “¡Metete adentro! Quedate tranquila que lo llevamos a la Tercera”.
Esta semana, 37 años después, en su casa del Distrito Federal mexicano, María Oscos reconoció, en una fotografía enviada porMiradas al Sur, a Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio como el último hombre que salió de su casa cuando una patota de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) secuestró a su compañero, Carlos Alberto De la Riva, de 30 años, estudiante del último año y docente de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de La Plata. El cadáver acribillado de Fabiolo –así llamaban sus allegados a De la Riva– fue encontrado ese mismo día por un empleado del Ministerio de Asuntos Agrarios de la Provincia sobre una de las márgenes del arroyo Pereyra, en el Parque Pereyra Iraola. Junto al cuerpo se encontraron “alrededor de 75 vainas servidas de grueso calibre”, según consta en el parte firmado por el oficial inspector Amador Alfredo Vilar, jefe de la Subdelegación Gutiérrez de la Comisaría de Berazategui.

La Universidad como blanco. En noviembre de 1974, la intervención del fascista Pedro Arrighi trabajaba a tiempo completo para eliminar cualquier vestigio de modernidad académica y convertir a la Universidad de La Plata en un reducto oscurantista al servicio del ministro de Educación de Isabel Perón, Oscar Ivanissevich. Al mismo tiempo, los grupos de tareas de la CNU –amparados por el gobernador Victorio Calabró y protegidos por la Policía bonaerense– colaboraban con la tarea sembrando el terror a sangre y fuego.
El 8 de octubre, pocos días antes de la intervención, la patota capitaneada por El Indio Castillo había dado una señal inequívoca de los tiempos que se venían con dos asesinatos de fuerte impronta política: el del secretario de Supervisión Administrativa de la Universidad, Rodolfo Achem, y el del director central de Planificación, Carlos Alberto Miguel, ambos importantes referentes de la combativa Asociación de Trabajadores de la Universidad Nacional de La Plata (Atulp), que respondía a la izquierda peronista.
A partir de entonces, la existencia de listas con decenas de blancos para el accionar de la CNU era un secreto a voces. A fines de octubre, Carlos Alberto De la Riva recibió el aviso de que figuraba en una de ellas. Aunque ya no participaba activamente en la política universitaria, los fachos de la Facultad de Arquitectura lo habían marcado por su militancia en el PRT, primero, y luego en la Fracción Roja, un desprendimiento de ese partido. “Unos quince días antes del asesinato estuve en la casa de Lito Concetti, que después fue secuestrado y está desaparecido. Lito me dijo que le pidiera a Fabioloque se rajara de la casa, porque estaba en una lista de amenazados de muerte que los fachos habían publicado en una de sus revistas. Yo le transmití el mensaje, pero Fabiolo me contestó que me quedará tranquila, que había gente más importante que él para matar y que en marzo, una vez que nos recibiéramos, podríamos irnos a España”, recordó María Oscos para Miradas al Sur.
A pesar de la amenaza, Carlos De La Riva y María Oscos siguieron viviendo con sus dos pequeños hijos –Magdalena, de tres años, y Joaquín, de siete meses– en el departamento de siempre, en la calle 69 N° 980, entre 14 y 15, en la zona sur de La Plata. Allí estaban, ya acostados, la medianoche del 2 de noviembre cuando los despertó el sonido de una explosión. No podían saber que la patota de la CNU había intentado secuestrar al decano de la Facultad de Arquitectura, Tulio Fornari, y que al no encontrarlo hicieron estallar una bomba en su casa, ubicada en 8 Nº 1853, apenas a diez cuadras de donde ellos estaban. Por entonces, el sonido de las bombas no era un fenómeno extraño en las noches platenses. Volvieron a dormirse.
Tampoco podían saber que veinte minutos más tarde los integrantes de la misma patota golpearían violentamente la puerta de su departamento al grito de “¡Abran carajo!”.

Diez asesinos y una sola cara. María Oscos es la primera en despertar en el dormitorio del primer piso, sobresaltada por los golpes y los gritos. “¡Abran carajo! ¡Cuando decimos que abran, abran!”, siguen gritando desde abajo. Sale de la cama y mira a través de la persiana que da al pasillo. Ve a unos diez hombres frente a la puerta.
–¡Están golpeando acá! –le dice a su compañero.
–Quedate acá. Yo voy a abrir –le contesta De la Riva y, sin vestirse, baja las escaleras.
Todo se desarrolla con la velocidad de un relámpago. Los que entran a la casa son cinco. Cuatro ellos tienen las caras cubiertas con pañuelos a la nariz, el restante está con la cara descubierta, aunque en ese momento María no alcanza a verle el rostro. “Fue todo muy corto. Fabiolo bajó y enseguida los tipos subieron con él. Mientras unos revisaban toda la casa, otros me agarraron y me encerraron en el cuarto de al lado, que era donde estaban los niños durmiendo. El bebé se despertó y yo lo tomé en brazos tratando de calmarlo. Y al ratito ya oí que se iban. Yo creo que Fabiolo se vistió y lo sacaron de inmediato. Cuando miré por la persianita y vi que lo sacaban, salí disparada hacia abajo. Entonces, el último que quedaba, que iba con la cara descubierta, se volteó, me apuntó con un arma contra el estómago y me dijo: ‘¡Metete adentro! Quedate tranquila que lo llevamos a la Tercera’. Yo me metí, pero su cara me quedó grabada para siempre”, recordó María Oscos desde el D.F. mexicano, desde donde habló con Miradas al Sur.
Además de llevarse a Carlos Alberto De la Riva, la patota robó de la casa tres camperas, una linterna roja y una pistola marca Tala calibre 22 con un cargador completo.
En la Comisaría Tercera de La Plata no existen registros de la presencia de Carlos Alberto De la Riva. El habeas corpus presentado por María Oscos nunca recibió respuesta. Recién la noche del 4 de noviembre supo que el cadáver acribillado de Carlos había aparecido a la vera de un arroyo del Parque Pereyra Iraola. La causa N° 39481, que investigaba la “privación de la libertad” de Carlos Alberto De la Riva fue cerrada el 6 de noviembre de 1975 “hasta la aparición de nuevos elementos para proceder a su reapertura”, según dice el escrito firmado por el fiscal en lo Penal Horacio Daniel Piombo al que tuvo acceso Miradas al Sur.
Poco después de la muerte de Fabiolo, Patricio Errecarte Pueyrredón –miembro de Tradición Familia y Propiedad e integrante de la patota de la CNU– se jactó ante los atónitos propietarios de Libraco, una librería platense a la que Carlos De la Riva concurría asiduamente, de haber participado en su asesinato.
En febrero de 1976, María Oscos partió al exilio con sus dos hijos. Durante 37 años no olvidó el rostro del hombre que la amenazó apoyándole el cañón de un arma larga en el estómago. Esta semana lo reconoció en una foto que le envió Miradas al Sur.
Ahora María Oscos sabe el nombre de otro de los asesinos de su marido: Carlos Ernesto Castillo (a) el Indio.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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