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CNU – La Plata: La represión fascista en el Liceo Víctor Mercante

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Matar a una novia

Por Daniel Cecchini y Alberto Elizalde Leal – http://sur.infonews.com/notas/matar-una-novia

Arriba: Foto escolar. Susana Aurora Zanandrea con sus compañeros de primer año en el liceo Víctor Mercante. La mataron a los 17 años./Abajo: Interventor. Miguel Ángel Maldonado en una foto actual. Llegó al liceo a principios de 1975.

No puedo venir más al colegio. No voy a poder terminar.” La voz de Susana Aurora Zanandrea les sonó apagada esa mañana a las dos compañeras de quinto año del Liceo Víctor Mercante que la escucharon. Corrían los primeros días de octubre de 1975 y estaban en el patio. No recuerdan (las dos que están vivas) si tenían hora libre o se habían rateado de una clase, pero sí que las tres se habían sentado en el alfeizar de una ventana y que les dijo, cuando les faltaban apenas dos meses para recibirse de bachilleres, que no iba a poder ir más al colegio. Susana venía faltando seguido en los últimos tiempos, sin dar explicaciones.

Algunos de sus compañeros –no muchos– sabían que Susana era huérfana de padre y que tenía problemas en la casa. No de ahora, sino desde hacía mucho tiempo. Por eso las dos compañeras que esa mañana conversaron con ella en el patio pensaron que la cosa venía por el lado familiar, que podían darle una mano.
–Susana, falta poco. Si seguís faltando vas a quedar libre. Dale, no aflojés, nosotras te ayudamos con las materias –le dijo una de ellas.
-No, no es por eso –les respondió.

Susana no dijo nada más y ellas, quizás para no incomodarla, tampoco insistieron. “Ella no decía nada y nosotras interpretamos eso, que era porque tenía problemas en la casa. Después, siempre nos dijimos que si ella nos hubiera dicho que la estaban por matar hubiésemos juntado plata para que se fuera. Yo creo que en esa época si se iba a Córdoba se solucionaba, pero no sabíamos nada. Aunque no éramos ingenuas, no nos dio para pensar otra cosa”, recordó más de 35 años después para Miradas al Sur una de esas compañeras.

Los testimonios incluidos en esta nota pertenecen a once ex alumnos –siete mujeres y cuatro varones, cuyos nombres permanecerán en reserva– que cursaron en 1975 quinto año en el Liceo Víctor Mercante, dependiente de la Universidad Nacional de La Plata, por entonces bajo la intervención ultraderechista ordenada por el ministro de Educación de María Estela Martínez de Perón, el fascista Oscar Ivanissevich.

La CNU en el liceo. Eran tiempos difíciles en el país, en la ciudad y en el Liceo Víctor Mercante. El año anterior las clases habían terminado abruptamente en el colegio, a mediados de octubre, luego de que una bomba colocada por un grupo de ultraderecha, con apoyo policial, explotara en una de las dependencias de la Facultad de Ciencias Económicas, lindante con el Liceo.

Cuando se inició el año lectivo de 1975, los alumnos se encontraron con que la directora había sido reemplazada por una interventora, María Concepción Garat, una vieja profesora de estilo autoritario a la que pronto algunos alumnos bautizaron como La Momia. Los antiguos preceptores también habían sido cambiados por otros, la mayoría de ellos pertenecientes a la Concentración Nacional Universitaria (CNU) que, como ya relató Miradas al Sur en una nota publicada el 22 de enero de este año, se transformó en una fuerza de ocupación dentro del colegio. En el turno de la mañana, al que asistían Susana Zanandrea y sus compañeros, los que daban las órdenes eran Ricardo Walsh (a) Richi y Néstor Causa (a) El Chino, dos notorios integrantes del grupo de tareas parapolicial comandado por Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio. Les seguían el paso, entre otros, Jorge Goyeneche, Abel Almeida y Guillermo Visciglia. En el turno tarde, la jefatura de disciplina estaba a cargo de Jorge Marcos Disandro, hijo del ideólogo y fundador de la CNU, el latinista Carlos Alberto Disandro (a) El Pélida.

También en marzo de 1975 desembarcó con el cargo de “asesor médico” – creado a su medida– un psiquiatra enrolado en la policía bonaerense que primero comandaría la represión desde las sombras y que meses después se haría cargo abiertamente de la dirección del colegio: Miguel Ángel Maldonado (a) El Cacique.

Para octubre, cuando Susana Aurora Zanandrea les dijo a sus compañeras que no podía seguir yendo al colegio, los alumnos del Víctor Mercante ya habían identificado claramente a los represores puestos por la intervención. Les temían y también, a pesar del miedo, los resistían.

Muchos ya habían sido sometidos a presiones y vejaciones. Cinco de ellos, amenazados abiertamente de muerte, habían tenido que dejar el colegio para salvar sus vidas.

Sin embargo, a nadie se le ocurrió pensar que Susana podía estar en peligro. Según sus compañeros, no tenía militancia política alguna ni tampoco era particularmente rebelde. Pero, por sobre todas las cosas, tenía un vínculo que parecía hacerla intocable: desde hacía meses mantenía una relación afectiva con uno de los preceptores más pesados, Ricardo Walsh (a) Richi. Otras de las alumnas de quinto año, María Marta Aragón, estaba de novia con otro miembro de la patota de Castillo, Néstor Causa (a) El Chino.

Fuerza de ocupación. Los preceptores de la CNU entraron pisando fuerte al colegio, para que no hubiera dudas de quiénes mandaban. El año empezó con una serie de medidas represivas, muchas de ellas recortando libertades obtenidas en los años anteriores por los alumnos del Liceo. Las minifaldas de las mujeres (a las que calificaban de “putas y drogadictas”) debieron dejar paso a las polleras hasta las rodillas, los varones tuvieron que cortarse el pelo y se prohibió fumar en los patios. Todas medidas sostenidas no sólo por el nuevo “reglamento” sino con violencia. Cuando un preceptor entraba al aula, los alumnos debían ponerse de pie y saludarlo con un “buen día, señor”. Si hacían ruido con los bancos al levantarse, debían repetir la operación y el saludo hasta que los caprichosos oídos del preceptor de turno no percibieran sonido alguno.

Entraban en los baños, incluidos los de mujeres, sin aviso, con la excusa de vigilar si estaban fumando a escondidas o para descubrirlos pintando las paredes con consignas contrarias a las autoridades. “La mayoría de las pintadas de los baños no eran de agrupaciones políticas sino de estudiantes independientes, como muchos de nosotros, que no tolerábamos la situación. Las firmábamos como ‘estudiantes independientes en lucha’ y reclamábamos por nuestras libertades o denunciábamos a profesores y preceptores autoritarios”, recordó una de los ex alumnas consultadas por Miradas al Sur. En por lo menos una ocasión, a raíz de esas pintadas en los baños, los preceptores obligaron a todos los alumnos de quinto año a salir de las aulas, los pusieron contra la pared –a algunas divisiones al estilo policial, todos en fila, apoyando las manos contra el muro y abriendo las piernas– mientras les revisaban carpetas y cuadernos para “hacer una pericia caligráfica” que permitiera descubrir a los autores de la pintada. A varios alumnos varones, mientras permanecían contra la pared, los preceptores les patearon los tobillos.

Las amenazas e intimidaciones se multiplicaron: “Richi Walsh y El Chino Causa iban armados al colegio. Walsh, al que en voz baja habíamos bautizado como Quasimodo, directamente no ocultaba el fierro, más bien que lo ostentaba”, relató a Miradas al Sur un ex alumno. Otros coincidieron en la apreciación. También, aseguran algunos de ellos, había armas guardadas en la preceptoría del Liceo, que funcionaba como base de operaciones de la CNU.

La situación estalló en abril cuando uno de los preceptores golpeó a uno de los pibes, en el patio, frente a sus compañeros. Para castigarlo por una supuesta falta –apenas un sonoro eructo–, El ChinoCausa lo hizo poner firme frente a un grupo de preceptores y lo golpeó. Luego lo amenazó de muerte: “Te voy a meter siete tiros en la cabeza”, le dijo. Los alumnos denunciaron lo ocurrido y, al día siguiente, un grupo de padres intentó dialogar con la interventora. María Concepción Garat no los recibió y huyó del colegio –acompañada por su hermana, profesora de Arte– por una puerta lateral. “Eso desató un escándalo, porque muchos de los padres de los alumnos del Liceo eran profesionales reconocidos de la ciudad, algunos de ellos con fuertes vinculaciones con la universidad, el poder político y el poder judicial. Las hermanas Garat no volvieron a aparecer por el Liceo y los de la CNU aflojaron un poco, pero no mucho, la represión. Poco después asumió Maldonado como rector y se quiso hacer el más flexible y simpático, pero en realidad era un cambio de imagen, nada más, porque, aunque de manera un poco más velada, nos seguían amenazando y reprimiendo. Incluso fue peor”, relató otra ex alumna a Miradas al Sur.

La identificación de militantes de agrupaciones de izquierda y de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) era un objetivo central del cuerpo de preceptores. Si tenían apellidos judíos, todavía más. La práctica habitual era revisar los bolsos y portafolios de alumnas y alumnos en busca de volantes o cualquier otro material político. Así descubrieron a varios, que a partir de entonces vivieron en estado permanente de amenaza. En el caso de una alumna de quinto año que fue descubierta con volantes en su portafolio, el propio Miguel Ángel Maldonado tomó cartas en el asunto. Llamó por teléfono al padre de la alumna, a quien conocía por razones profesionales, ya que también era médico, y le dijo sin anestesia: “¡Saque a sus hijas del país, porque están marcadas!”. La adolescente, de 17 años, debió abandonar el colegio a pocos meses de obtener su título de bachiller y poco después –tras la irrupción de una patota conjunta de policías e integrantes de la CNU en su casa– partió junto con su hermana al exilio. Por lo menos otros cuatro alumnos sufrieron situaciones similares y tuvieron que dejar el colegio.

Nada de eso le ocurría a Susana Aurora Zanandrea, que continuaba su noviazgo con el CNU Richi Walsh. Sin embargo, algunos de sus compañeros, que la apreciaban, comenzaron a advertirle que se alejara del coordinador de preceptores, porque se estaba poniendo en peligro. No los escuchó. Mientras tanto, María Marta Aragón –que cursaba también quinto año, pero no en la misma división que Zanandrea– anunciaba su compromiso con El Chino Causa. A ella ya hacía rato que la mayoría de sus compañeros le habían hecho el vacío por esa relación.

Compromiso con granada de mano. La fiesta de compromiso de Néstor Causa (a) El Chino con María Marta Aragón terminó de manera explosiva. La celebraron a mediodía con un gran asado que los comensales no alcanzaron a probar porque, mientras se iba haciendo a fuego lento en el patio de la casa elegida para el festejo, alguien arrojó una granada por sobre la pared. La explosión mató a un tío delChino y pasó a mejor vida a un perro que merodeaba la carne. Otros invitados –entre los que se encontraba la patota del Indio Castillo a pleno– resultaron con heridas leves.

Esa noche, el grupo de tareas de Castillo perpetró una represalia que tuvo como blanco las casas de cuatro alumnos de quinto año del Liceo Víctor Mercante. Con su modus operandi habitual, la patota golpeó las puertas identificándose a los gritos como una partida policial y, una vez adentro, redujo a los miembros de las familias a punta de armas largas y los reunió en alguna de las habitaciones de las casas. Luego destrozaron muebles y otras pertenencias y robaron cuanto objeto de valor tuvieron a su alcance. Sin embargo, esa noche y contra sus costumbres, no secuestraron ni asesinaron a nadie. “Fue una acción claramente intimidatoria, tal vez pensando que algún militante de la UES del Liceo había pasado el dato del compromiso delChino. Tal vez porque no estaban seguros de que hubiera sido así no mataron a nadie”, evaluó un ex alumno del Liceo que fue entrevistado por Miradas al Sur. “Al día siguiente, cuando llegamos al colegio y nos enteramos de lo que había pasado, mirábamos a los preceptores y nos preguntábamos cuáles de ellos habían sido. Estábamos aterrorizados, pensando que cualquier noche nos podía pasar también a nosotros”, agregó.

La versión que corrió por esos días fue que el ataque contra la fiesta de compromiso de Causa había sido obra de Montoneros, aunque esa organización nunca se adjudicó la autoría de la operación. A la luz de una serie de acontecimientos que ocurrirían con el correr de los días y que la investigación de Miradas al Sur pudo reconstruir, es posible plantear otra hipótesis: que ese atentado –como otros dos hechos registrados con diferencia de días– fue resultado de un enfrentamiento entre dos grupos de tarea de ultraderecha que hasta poco antes habían jugado para el mismo lado. La división se produjo a partir de la distancia que el gobernador bonaerense, el sindicalista de ultraderecha Victorio Calabró, había comenzado a tomar del gobierno nacional de Isabel Perón, al tiempo que se acercaba a los militares golpistas. Ese enfrentamiento, incluso, puso en veredas opuestas a algunos asesinos que, hasta no hacía mucho, habían actuado juntos en las patotas de la Concentración Nacional Universitaria.

Víctima de un ajuste de cuentas. Aquella mañana de principios de octubre en el patio del Liceo Víctor Mercante fue la última vez que sus compañeros vieron a Susana Aurora Zanandrea. La joven, de 17 años, dejó de ir al colegio. Una semana después, el sábado 11 de octubre de 1975 –como ya publicó Miradas al Sur en su edición del 22 de enero–, el diario platense El Día dio la noticia del hallazgo del cadáver de una joven, con cuatro balazos en la cabeza, en el camino que une las localidades de Villa Elisa con Punta Lara, dos localidades aledañas a La Plata. El cuerpo pudo ser identificado recién dos días después: se trataba de Graciela René Astorga, alumna de quinto año del Colegio Nacional Mixto de Ensenada, que vivía con sus padres en la calle Gerez 709, de esa localidad, también cercana a La Plata.

Lo que El Día no publicó en ese artículo fue que Astorga era amiga de Susana Aurora Zanandrea y que, como ella, mantenía una relación afectiva con uno de los integrantes de la patota de la CNU comandada por Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio. El matutino platense tampoco informaba que Susana Zanandrea había salido de su casa el jueves a la noche para encontrarse con Astorga y que, desde entonces, estaba desaparecida y su familia la buscaba. Su cadáver fue encontrado recién el martes 14, con dos balazos en la cabeza, a poca distancia del lugar donde había sido hallada su amiga.

En su edición del miércoles 15, El Día informó: “De acuerdo a los antecedentes conocidos (la amistad entre ambas víctimas, el encuentro de ambas la noche del jueves y el estado en que se encontraban los restos de Susana Aurora), induce a suponer a los investigadores que las jóvenes fueron llevadas en automóvil y asesinadas a balazos por quienes previamente las habrían secuestrado en un sector de nuestra ciudad. Susana Aurora, según determinose (sic) por la autopsia, presentaba dos perforaciones de bala de calibre 22 o 38 largo en la cabeza. Hasta el momento, la policía carece del menor indicio para encauzar la investigación del doble asesinato”.

A los investigadores policiales no se les ocurrió siquiera interrogar a los compañeros de colegio de Zanandrea y Astorga. Tampoco establecieron sus vínculos con dos reconocidos integrantes de la patota de la CNU, a la que la policía bonaerense liberaba las zonas para que realizaran sus operaciones. Tampoco pareció llamarles la atención que los cuerpos aparecieran en uno de los lugares preferidos por la banda de Castillo para sembrar los cadáveres de sus víctimas.

Al día siguiente del hallazgo los compañeros de Susana Zanandrea llegaron al Liceo consternados y aterrorizados. “Estábamos seguros de que las habían matado ellos. Los mirábamos, sobre todo a Richi, y pensábamos: ‘¿Habrá sido él?’”, recordó una ex alumna. En un primer momento se negaron a entrar al colegio, pidiendo que se decretara día de duelo, pero las presiones de Maldonado y los preceptores, sumadas al terror que sentían, terminaron quebrando todo intento de protesta.
En ese contexto nadie reparó en otros dos asesinatos ocurridos la noche del 12 de octubre, en Florencio Varela.

El oso por el polaco y algo más. La noche del domingo 12 de octubre de 1975 un grupo de tareas de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA o Triple A) irrumpió en la parrilla Mi Estancia, de la localidad de Florencio Varela, donde Eduardo Fromigué (a) El Oso y Juan Carlos Acosta estaban comiendo con sus respectivas mujeres. El grupo, que respondía a las órdenes de Aníbal Gordon (a) El Viejo y estaba integrado entre otros por Alejandro César Enciso (a) Pino y el Indio Castillo, ametralló la mesa donde estaban las dos parejas. Sólo sobrevivió la mujer de Fromigué, Silvia Rodríguez, quien reconoció a esos y otros atacantes.

Por entonces, Fromigué era custodio del secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), Lorenzo Miguel, pero había participado en varias acciones de la patota de la CNU comandada porel Indio Castillo. Una de ellas fue el operativo “Once por Ponce”, en julio de ese año, cuando la CNU vengó la muerte de Gastón Ponce Varela –ejecutado por Montoneros poco antes– asesinando a varios estudiantes de la Universidad Nacional de La Plata.

Fromigué y la banda de la CNU comandada por Castillo se distanciaron a partir del asesinato, poco después del operativo “Once por Ponce”, de otro notorio integrante de la CNU platense devenido también culata de Lorenzo Miguel, Hugo Dubchak (a) El Polaco. Los pormenores de este último muerteo exceden el contenido de esta nota. Basta con decir que Fromigué y Acosta estaban entre quienes mataron al Polaco y que eso no se les perdonó. La investigación deMiradas al Sur identificó a Dubchak como uno de los integrantes del grupo de tareas conjunto de la Triple A y la CNU que asesinó al pediatra Mario Gershanik en abril de 1975. En otras palabras, hasta mediados de 1975 operaban todos juntos.

La participación de Castillo –y posiblemente de otros miembros de la patota de la CNU platense– en el asesinato de Fromigué pocos días después del ataque contra la fiesta de compromiso del Chino Causa y apenas dos días después de los asesinatos de Zanandrea y Astorga (vale repetirlo, parejas de dos laderos del Indio) no puede ser pasada por alto. Más aún, da fuerza a la hipótesis que propone a todos esos hechos como parte de ajustes de cuentas cruzados en el marco del enfrentamiento entre dos bandas paraestatales de ultraderecha cuyos integrantes se conocían muy bien. Y también arroja nueva luz sobre los asesinatos de las dos jóvenes.

Mientras tanto, por esos días, en el patio del Liceo Víctor Mercante, el rector interventor del establecimiento, Miguel Ángel Maldonado (a) El Cacique, se acercó a un grupo de compañeros de Zanandrea y les dijo, con un tono que en aquel momento les resultó difícil de precisar:
–¡Qué cosa lo de esta chica! ¿Ustedes sabían si andaba en algo raro? A mí siempre me pareció un poco ligerita…

Nadie se atrevió a contestarle.

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Autor: Sergio

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