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1974 – La Concentración Nacional Universitaria (CNU) y el extraño caso del Torino volcado

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Por Daniel Cecchini y Alberto Elizalde Leal – http://sur.infonews.com/notas/el-extrano-caso-del-torino-volcado

El 20 de junio de 1974, Patricio Fernández Rivero y otros cuatro miembros de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) sufrieron un accidente en un auto robado y cargado con armas. La Policía Federal los encubrió.

Un accidente automovilístico en Palermo con un saldo de dos muertos y tres heridos, un auto robado con patentes de otro vehículo también robado y un arsenal en el baúl, un sumario policial y una carátula judicial muestran cómo en junio de 1974, durante la presidencia de Juan Domingo Perón, la organización de ultraderecha peronista Concentración Nacional Universitaria (CNU) ya contaba con protección de la Policía Federal, por entonces conducida por el comisario general Alberto Villar.

El 20 de junio de 1973, exactamente un año antes de esa noche, Patricio Fernández Rivero había comandado junto con Alejandro Giovenco los grupos de la CNU que habían participado de la masacre de Ezeiza. Ahora, a las 20.30 del 20 de junio de 1974, viaja a bordo de un Torino disparado a 180 kilómetros por hora por la Avenida Lugones, desde la General Paz en dirección a Palermo. Al volante del auto está Alberto Fiscina, de 22 años, que no afloja el pie que aprieta el acelerador. Los otros tres ocupantes del auto son Carlos Alberto Iriarte, también de 22 años; Juan José Pomares (a) Pipi, y la pareja de Fernández Rivero, Hilda Disandro, de 22 años, sobrina del latinista Carlos Alberto Disandro (a) El Pélida, ideólogo de la CNU. Los cinco son oriundos de La Plata, la ciudad cuna de ese grupo de choque fascista.

El Torino vuela figuradamente por la avenida Lugones hasta que, por causas desconocidas según los diarios de la época, en una curva empieza a volar literalmente por el aire, pega tres o cuatro tumbos y termina volcado sobre el asfalto con las ruedas hacia arriba, todavía girando. Alberto Fiscina muere casi sin darse cuenta: su cráneo está partido y sus sesos quedan esparcidos en el interior del auto y sobre el pavimento. Patricio Fernández Rivero, con un brazo destrozado, Carlos Iriarte y Juan José Pomares siguen atrapados dentro del amasijo de fierros en que quedó convertido el Torino. Hilda Disandro alcanza a salir por una ventanilla y trata de alejarse del auto. Alcanza a caminar unos ochenta metros antes de caer desvanecida. Un automovilista la carga en su vehículo y la lleva a la guardia del Hospital Fernández.

En su edición del 22 de junio, en las páginas de la sección Policiales del diario Noticias, cuyo editor era Rodolfo Walsh, se relata lo sucedido. La crónica, titulada “El extraño caso del Torino”, dice: “Los demás heridos y el muerto también fueron llevados al Hospital Fernández. Ayer se supo que a Fernández Rivero le fue amputado el brazo izquierdo. Está internado en la sala de Traumatología con pronóstico reservado. Oficiosamente los médicos (que lo tienen) a su cargo reconocieron que su vida no corre peligro. Juan José Pomares, que también ingresó con pronóstico reservado, estaba ayer en la sala de clínica general, con traumatismo de cráneo.

Carlos Iriarte, con pronóstico reservado, se hallaba ayer en estado ‘desesperante’. Le estallaron el hígado, el bazo y la vejiga. Confidencialmente se supo que tuvo que ser conducido a terapia intensiva. Es casi imposible que se salve”. Iriarte murió dos días después.

En el párrafo siguiente, el diario también informa sobre el estado de Hilda Disandro: “(…) la información oficiosa del hospital sólo dice que una mujer, cuyo nombre no se registró en la guardia, ingresó junto con los demás heridos, víctima de un shock nervioso del que se recuperó. Tiene escoriaciones leves”, dice la crónica.

Fierros, autos y patentes. Además del auto volcado, el muerto y los heridos, los agentes de la Comisaría 23ª que llegaron al lugar del accidente se encontraron con otro espectáculo: el de un verdadero arsenal repartido entre el baúl y los asientos del Torino. Las crónicas de la época hablan de granadas, proyectiles, armas cortas, una ametralladora y una escopeta Itaka.

Esta información trascendió porque uno de los agentes habló informalmente con varios periodistas. Según Crónica, la policía encontró “una escopeta Itaka, granadas y proyectiles”. La Nación, por su parte, consignó que “cuando los policías auxiliaban a los heridos, encontraron en la parte de atrás del vehículo varias armas largas –una de ellas, trascendió, es una ametralladora– y un portafolio y un paquete con explosivos”. La Prensa dijo que se trataba de “una pistola, una ametralladora y varias granadas”.

Poco después se estableció también que el Torino en el que viajaban los integrantes de la Concentración Nacional Universitaria era robado y que le habían cambiado las chapas patentes por las de otro vehículo también robado: B030176, correspondientes a un Citröen cuyo robo había sido denunciado semanas antes.

Maniobra de encubrimiento. Debido al hallazgo de las armas, en un primer momento los heridos fueron considerados detenidos por la Seccional 23 de la Policía Federal, que incluso dispuso a varios agentes para su custodia en el Hospital Fernández. Después de ser atendida por su estado de shock, Hilda Disandro fue trasladada a esa comisaría, también en calidad de detenida. La situación de los integrantes de la CNU se complicó aún más cuando, al consultar el registro de propiedad automotor, la policía descubrió que el Torino llevaba patentes que correspondían a otro automóvil.

Sin embargo, al día siguiente todo había cambiado. Al margen de las filtraciones, la Policía Federal no dio información oficial sobre las armas ni sobre el vehículo. Tampoco confirmó que Hilda Disandro –que quedó libre pocas horas después– había sido detenida. A partir de entonces fue como si nunca hubiera existido otra cosa que un lamentable accidente sufrido por cinco pacíficos ciudadanos que viajaban en un auto. Todos los intentos periodísticos por obtener información oficial en la Comisaría 23ª y en la Jefatura de la Policía Federal resultaron infructuosos.

En el sumario elevado a la Justicia, la Federal tampoco consignó que el auto era robado ni mencionó la existencia de armas. Por esa razón, el juez Alfredo Muller, que quedó a cargo de la causa, la caratuló simplemente como “accidente fatal y lesiones”.
Una vez recuperados de sus heridas, Fernández Rivero y Pomares volvieron tranquilamente a sus casas. La Justicia nunca los llamó siquiera a declarar en calidad testigos, a pesar de que la existencia de armas y un vehículo robado habían tomado estado público por filtraciones a la prensa.

La operación de encubrimiento montada desde los más altos niveles de la Policía Federal comandada por Alberto Villar fue todo un éxito. La única huella de lo ocurrido que nunca pudo ser borrada fue –y es– el brazo ausente del jefe de la CNU, Patricio Fernández Rivero.

Dos meses más tarde, Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio, convertido en nuevo jefe militar de la CNU platense, entraría a bordo de un Ford Falcon a la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de La Plata y, luego de mostrar a los policías de custodia una credencial que lo acreditaba como teniente del Ejército, reclutaría a cuatro de esos policías para integrarlos a la banda. Amparada desde el gobierno provincial del sindicalista de ultraderecha Victorio Calabró y en estrecha relación con la Bonaerense, la CNU se integraría entonces plenamente a la maquinaria del terrorismo de Estado.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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