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El futuro de Latinoamérica – El domingo hay una definición en Venezuela

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Aram Aharonian – http://www.prensamercosur.com.ar/apm/nota_completa.php?idnota=5704 

vene

A escasas horas de las elecciones, las encuestas ya no importan, porque muchas de ellas van a mostrar un acercamiento “milagroso” del candidato opositor, declararán un virtual “empate técnico” para que pueda apalancar luego, como siempre, las eternas denuncias de fraude que esconden la impotencia.

Ya los medios cartelizados se han ocupado de crear el mapa del terror: el “fraude” lleva al enfrentamiento inevitable, dicen, y la gente de las urbanizaciones (barrio es de pobre, urbanización es de clase medio y/o medio-alta) ha agotado la existencia de víveres y bebestibles de los supermercados, preparándose para la larga vigilia. Al menos, esta vez –como sí lo hicieron en 2002- no cavan zanjas-trincheras alrededor de sus edificios para impedir que entren “los negros”. Es un mezcla de clasismo y racismo, sin dudas.

Sin dudas, la revolución bolivariana necesita de un gran triunfo, para que no quede margen para quienes tibia o calientemente, atea o religiosamente, rezan por la restauración capitalista en este país con inmensas reservas petroleras que las trasnacionales miran con malas intenciones, financiando, incluso, caminos no electorales para recuperar el poder y saquear, nuevamente, las riquezas de todos los venezolanos.

Cabe recordar que cuando Chávez ascendió al poder, en 1999, América Latina estaba al borde de ser recolonizada por Estados Unidos y su Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA).

El neoliberalismo campeaba por doquier, y el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial seguían expoliando nuestras riquezas y expropiando nuestro futuro. América Latina es en la actualidad la región que con decisión y creatividad busca nuevas arquitecturas, nuevos paradigmas financieros, económicos y sociales, en la lucha por una alternativa al capitalismo; y Venezuela ha sido y es su puntal más importante.

Una victoria electoral del presidente estadounidense Barack Obama, y de Chávez implicaría la derrota de la extrema derecha en ambos países, lo que abriría la oportunidad de normalizar las relaciones de manera civilizada sobre la base del respeto, señaló el propio mandatario venezolano.

Venezuela ha sido la locomotora de esta nueva América Latina, y es algo que Washington comprende demasiado bien. El gobierno chavista ha impulsado militantemente la construcción de un proyecto regional que no contempla la presencia de Estados Unidos.

No se trata de dramatizar, sino de analizar escenarios. La preocupación en América Latina es grande. De ganar el candidato de la derecha, el proceso de involución está garantizado. La oposición no encuentra la hora de acabar con todo lo que huele a Chávez y el proceso bolivariano, de terminar con los procesos de integración latinoamericanos, del Mercosur al ALBA, de Unasur a la CELAC, y su meta pareciera ser unirse a la Alianza del Pacífico (conformado por Colombia, Chile, Perú y México) y firmar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.

No se puede olvidar lo importante que fue para Venezuela, tras la Constitución de 1999, convertir al ciudadano en sujeto de política (y no solo objeto de ella), en una democracia participativa, equitativa, justa, solidaria, en el camino hacia esa utopía llamada Socialismo del Siglo 21. La importancia de empoderar a los pobres, para que todos tuvieran las mismas oportunidades de vivir dignamente, estudiar, trabajar y participar en la construcción de la nueva democracia.

Por eso, la revolución bolivariana ha generado odio en la vieja clase política, los grandes empresarios y/o gerentes de grandes empresas y las elites acostumbradas a dilapidar todo el poder. Pero también generó resentimiento entre una izquierda tradicional habituada a la denunciología, el lloriqueo y la repetición de viejas consignas y “verdades revolucionarias”, donde el ego y el individualismo se imponen a la utopía y a las soluciones colectivas.

La crisis que actualmente sufren los llamados países desarrollados -sostiene el programa bolivariano- es consecuencia de los desequilibrios y contradicciones intrínsecas al sistema capitalista. La voracidad por acumular cada vez mayor riqueza está originando no sólo la destrucción irreversible del medioambiente, sino la multiplicación de incontables sufrimientos y penalidades sobre millones de seres humanos. Nunca antes la Humanidad había padecido una desigualdad tan atroz. Unas pocas personas y empresas monopolizan gigantescas fortunas creadas a través de manipulaciones financieras y especulaciones desmedidas, a costa de la miseria de la mayoría de la Humanidad, agrega la propuesta.

Del otro lado, existen un programa formal de la Mesa de Unidad Democrática, que seguramente no ha leído siquiera el candidato presidencial, declaraciones contradictorias de Capriles Radonsky y un plan de gobierno, denunciado por dirigentes opositores, que entregaría los recursos naturales al extranjero y terminaría con los planes sociales bolivarianos, entre otras joyas, seguramente exigidas por sus propulsores y financistas trasnacionales. Volver al pasado que se quiere olvidar y pocos añoran.

La propuesta bolivariana se basa en políticas sociales populares, inversiones públicas, igualdad de oportunidades de acceso a la educación y al trabajo, redistribución de la riqueza, nacionalizaciones, reforma agraria, acceso a la vivienda, salud, educación, políticas que han eliminado el analfabetismo y reducido en más de 20 puntos porcentuales la pobreza en apenas una década.

Pero ya el empleo, el acceso a la comida, a la salud, a disfrutar de una vejez más digna, y ahora a la vivienda, aparecen como problemas resueltos o en vías de resolver para buena parte de la población y otros requerimientos (que algunos pudieran calificar como de clase media o pequeña burguesía) empiezan a ser considerados como prioritarios, como la seguridad, la lucha contra la especulación, la superación profesional y personal, los malos servicios públicos, mayor eficiencia en los gobiernos estadales y municipales (que también es reclamo de Chávez). Dicho en general, es el deseo de una mejor calidad de vida.

Un triunfo amplio de Chávez significaría un reimpulso a las políticas sociales y a los esfuerzos de una integración plena, no solo económica sino política y cultural, de la integración latinoamericana. Un mensaje claro de que el camino propio tiene escollos pero también un derrotero, y una derrota para los medios cartelizados de comunicación, venezolanos e internacionales, que han estigmatizado de todas las formas posibles la Revolución Bolivariana.

De todas formas, un amplio triunfo de Chávez no eliminaría la pugna interna (¿de clases?), entre quienes quieren seguir avanzando en la construcción del Socialismo del Siglo XXI, y aquellos –a los que algunos llaman pequeños burgueses o economicistas- que no están demasiado apurados por imponer un gobierno comunal.
Un triunfo de Chávez por estrecho margen puede significar el debilitamiento del gobierno, y puede estimular tanto un golpe como un pacto, y en ambos casos la Revolución Bolivariana se verá relegada. Por eso, la insistencia de Chávez de ganar por nocáut.

Técnicamente, queda otro escenario: que gane Capriles. Que dios nos agarre confesados, aun siendo ateos.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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