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Sueños de una noche de verano: Una crónica del cacerolazo porteño

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Por Martín Luengo – TW: @martinluengo1http://reporteplatense.com.ar/index.php?option=com_content&view=article&id=8189:suenos-de-una-noche-de-verano-una-cronica-del-cacerolazo-porteno&catid=13:nota-de-tapa&Itemid=83

Son las 8 de la noche y el obelisco está rodeado por miles de personas que visten prendas blancas. Hacen sonar sus cacerolas, cantan, ríen, se enojan y vuelven a cantar. Buenos Aires se enciende, la temperatura es de unos 33 grados y dentro de la multitud la sensación térmica supera los 40 grados. Una señora rubia, piel naranja y Ray Bans en su frente agita un cencerro y se esfuerza en levantar una cartulina que dice "Basta de perder el tiempo". También centenares de carteles se dejan leer: "Simplemente basta"; "Los vamos a juzgar"; "Prefiero que me mienta Clarín a que me robe Kretina", dice otro de una joven delgada con remera del 8N.

Las columnas más gruesas de los autoconvocados provienen desde el norte de la ciudad. Son cuerpos emocionados que agitan banderas de argentina y aplauden al ritmo del cántico de un altoparlante. Una pareja sonríe y posa para distintas fotos; llevan una pancarta que reza: "Tenemos demokracia pero nos robaste la república". En una esquina dos monjas miran satisfechas todo el peregrinaje y una de ellas señala hacía el obelisco, donde un proyector ilumina las palabras "Unidos y Liberados". La euforia y silbatina es simultánea. Después, cantan que se va a acabar "la dictadura de los K". Una señora se seca la transpiración con un pañuelo azul, de su cartera saca un blackberry, llama y le indica a su hija en que esquina encontrarse. En la vereda, dos ancianos con camisas de seda blanca se muestran preocupados. Uno de ellos usa bastón y le dirige la palabra al otro:

— ¿Se marcha para Plaza de Mayo?

— Sí, sí. A las 9 se canta el himno y se moviliza para allá.

— Yo no creo que llegué, es mucho hasta allá.

— No, yo tampoco voy, canto el himno y me vuelvo.

El calor se hace sentir. Un helicóptero de la Policía Federal sobrevuela la convocatoria, y desde la calle muchos láseres lo apuntan. "Ahí se va la yegua", se escucha y varios largan una carcajada. Se hicieron las 9. Los parlantes de un camión dan inicio al himno nacional. Algunos se llevan la mano derecha al corazón y fijan la mirada en el horizonte. Lo entonan firme y hasta algunos se dan el gusto de cantar "seguridad" en vez de libertad. Una anciana de pelo blanco y coqueta aplaude enfervorizada la finalización del canto y grita: "Que nos devuelvan la patria que nos saquearon, chorros".

LAS CACEROLAS EN LA PLAZA

Ahora, gran parte de la multitud se desliza por diagonal norte hacia Plaza de Mayo. El ruido de las cacerolas es unísono y rebota en los edificios. Hay familias enteras, chicos con el uniforme de colegios privados, otros con remeras de clubs de rugby y algunas jóvenes vestidas como para salir. Son muy pocos los que caminan con el torso desnudo. Dos tipos de unos 30 años despliegan un enorme estandarte contra el aborto y las drogas mientras dos señoras los felicitan. Una remera amarilla con la estampa del Che Guevara resalta entre un grupo de mujeres de mentón ancho y pantalones blancos. Es un anciano y esboza una sonrisa al decir que es soldado del piquetero Raúl Castells:

— Estamos viviendo una injusticia con este gobierno.

— ¿Es el único motivo de por qué vino acá?

— No, hay miles. El vaciamiento de la ANSES, los robos con las jubilaciones.

— ¿Usted prefiere que ese manejo esté en manos privadas?

— Más vale, si éstos se roban todo.

El militante de Castells se pierde entre la multitud y una señora gorda de pelo corto gris se acerca a pasos rápidos:

— ¿Qué anotas vos ahí?

— Estoy cubriendo la marcha. ¿Me dice por qué esta acá?

— Sí, por el vaciamiento de la ANSES, por la inseguridad, por la censura a la prensa…anota todo, eh y escribí tal cual, eh.

Tiene la mirada endemoniada y sus manos son más anchas que la cacerola. Sigue caminando mientras lanza insultos y cánticos al aire.

En la plaza los autoconvocados caminan, se sacan fotos haciendo el "fuck you" y dan notas a algunos los medios de comunicación. Hay dos puestos de choripanes, pero es más la gente que le saca fotos a la parrilla que la que compra. Un hombre de unos 50 años, con anteojos, ligeramente pelado en la coronilla se queja del humo y del precio: "quince pesos un chori y veinticinco la bondiola, están locos". La gente deambula por todas partes y en el centro de la plaza tres mujeres y un hombre alto hablan alterados:

— ¡Si los hombres no ponen lo que tiene que poner, lo vamos a hacer nosotras!

— Mirá, yo no te puedo asegurar si robó o no robó, pero que está haciendo las cosas mal, no quedan dudas.

— ¡No sé, pero las mujeres cuando nos enojamos, nos enojamos, eh!

— Sin dudas, te comprendo.

— Yo fui una soñadora toda la vida y quiero que este país salga adelante. El sueño no me lo va a quitar el peronismo.

Unos gritos interrumpen la charla. Sobre un rincón de la plaza hay corridas y gritos. Un periodista de c5n acaba de ser golpeado y ahora le tiran agua en el rostro. Se toma la cabeza, sangra del labio. La policía logra detener al agresor y se lo lleva a paso rápido. Como si no hubiese pasado nada, unos jóvenes se vuelven a agrupar y cantan: "Yo no la voté, yo no la voté, a Cristina no la voté". Un padre de familia se acerca agitando su bandera y afirma que en unas marchas más la plaza les va a quedar chica. En cambio, su mujer y sus dos hijas rubias miran para todas partes como si fueran turistas. Luego se sacan unas fotos y se alejan por diagonal norte.

En los alrededores del Cabildo se pueden leer carteles que ruegan que los argentinos no quieren ser Venezuela ni mucho menos Cuba. También hay caricaturas que denigran a los mandatarios de éstos países y algunos se toman fotos: "ésta va al Facebook", dicen.

Bajo una bandera de Argentina, la agrupación "Bastión Nacionalista" intenta cantar nuevamente el himno pero son pocos los que lo hacen. Y, a pesar del calor, visten ropa negra con escarapelas en sus remeras. Su líder Alejandro Biondini, confeso simpatizante nazi, habla por celular y sonríe. Da algunas indicaciones y se niega hablar con la prensa.

Sebastián es un joven de 20 años, mediana estatura y ojos oscuros. Tiene puesto el uniforme del colegio y mientras habla bebe de su botella de coca:

— ¡Vine acá para pedirle al gobierno que pare con el clientelismo político!

— ¿Qué sería el clientelismo político?

— Darles plata a los pobres para llevarlos a la marcha, darles casas y un montón de privilegios más.

— El gobierno es el encargado de atender las necesidades básicas de los ciudadanos…

— Sí, pero no de esa forma.

— ¿Se te ocurre algún otro medio de acción?

— No, en este momento no.

A las 11 de la noche la concentración empieza a disolverse. La mayoría se encamina a paso lento por diagonal norte. En cambio, diagonal sur es una postal porteña desolada, donde solo pasan los colectivos de líneas semi vacíos. El ruido de las cacerolas ya se extinguió, los móviles de televisión también emprendieron la retirada. En la plaza solo quedan algunos carteles en el suelo y un puñado de policías que hablan entre sí y ríen.

Las calles aledañas al Cabildo huelen a basura, no es para menos, son muchas las bolsas que se atosigan en los contenedores y hacen que el olor sea profundo. A pocos metros de una esquina, un hombre de la calle acomoda unos cartones que le hacen de colchón, toma un trago de vino y se hecha a dormir. El 8N ha terminado.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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