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Cacerolas, otra vez

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Agustín Lewithttp://www.infonews.com/2013/04/18/politica-70961-cacerolas-otra-vez.php 

 
Quizás, como único elemento novedoso respecto a las anteriores malcomxmovilizaciones, asoma una nueva consigna-estrella: la defensa de la independencia de la justicia frente a los ataques de "un poder omnívoro que viene por todo". Aunque, bien mirado, más que una novedad radical, la flamante bandera es más bien una variación del libreto repetido desde hace rato.
Pero, entonces, si la movilización de hoy es más de lo mismo, ¿podemos decir algo que no se haya dicho ya? ¿Podemos hacer algún análisis que no se haya hecho? ¿Observar algún dato que espere aun ser revelado? Probablemente no. Pero frente a la imposibilidad de la novedad, lo que quede, tal vez, sea volver a insistir en lo que la manifestación pone una vez más en evidencia.
Y es que el cacerolazo de hoy –más allá de las nuevas consignas– se inscribe en la persistencia de un fenómeno absolutamente evidente: hay en la sociedad argentina un sector que, aun siendo minoritario, reviste cierta importancia en su número, el cual es, por cuestiones ideológicas, profundamente refractario al rumbo que el gobierno nacional le ha impreso al país desde hace algunos años, pero no logra sin embargo referenciarse con ninguna fuerza política opositora, razón por la cual se siente obligado a salir él mismo a la calle a expresar su descontento.
El cacerolazo como manifestación política, a pesar de que muchos insistan en resaltar la espontaneidad del mismo y su carácter autogestionado, es la expresión de un reclamo que se ha estancado en su forma más primitiva, más rudimentaria, puesto que no ha podido superar su propio origen –la confluencia caótica de una multiplicidad de enojos individuales– para devenir en una forma más política que logre cristalizarse finalmente en un proyecto alternativo. El cacerolazo nos habla, entre otras cosas, de la orfandad política que un sector de la sociedad padece desde hace rato y de la imposibilidad de superarla.
Y lo que asoma como contracara de esa orfandad, es la profunda y crónica impotencia de toda la oposición. En efecto, ninguna fuerza política opositora ha podido capitalizar siquiera una parte del malestar cacerolero. Ni Macri, ni Binner, ni Carrió, ni la UCR. Y eso que han tenido tiempo. Y eso que han contado, también, con el apoyo invalorable de los grandes medios que le han dado letra y espacio mediático de sobra.
Sin embargo, y a contrapelo de lo que el kirchnerismo sí ha logrado con un sector importante de la sociedad que se identifica y siente el "proyecto" como propio –y que lo ha ratificado en varias oportunidades– la oposición sigue haciendo gala de su chatura, de su falta de imaginación, de su inmadurez que la lleva a repetir bobamente las líneas editoriales de los grandes medios pero no a representar un proyecto político alternativo.
Son ellos, los opositores, los que deben hacerse cargo de los reclamos de las cacerolas tratando de encausar a los mismos dentro de sus plataformas políticas. Son ellos y no el gobierno nacional. Puesto que el enojo de un sector de la sociedad, es precisamente la consecuencia lógica de que el gobierno haya adoptado ciertas medidas políticas. Atender a los reclamos de las cacerolas significaría entonces correrse del camino que lo ha llevado a ser lo que es: un proyecto tranformador, con identidad y convocante. Y en ese sentido, entonces, antes que una cuestión a resolver –tal como pretenden los argumentos antipolíticos que condenan "la división que existe hoy en Argentina– el descontento de ciertos grupos nos habla de las fracturas inherentes e ineludibles a toda sociedad, o, en otros términos, de la entelequia que supone "gobernar para todos".
Vivir en democracia supone, antes que nada, el respeto de la voluntad popular mayoritaria. Y la mayoría, hoy, se inclina por la defensa del gobierno. La responsabilidad de la oposición política es trabajar para dejar de serlo y eso supone atender los reclamos de los que están en desacuerdo. No sólo porque así lo indica la dinámica de la democracia, sino –y fundamentalmente– porque sabemos de sobra las nefastas consecuencias que trae ese descontento cuando desborda los límites democráticos.
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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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