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UNA ISLA DE TIGRE DONDE FUNCIONABA UN CENTRO CLANDESTINO

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POR RUBÉN PEREYRAhttp://veintitres.infonews.com/nota-7094-sociedad-Las-huellas-en-El-Silencio.html 

En 1979, para burlar los controles de la OEA, la Marina trasladó a una típica casa isleña a un grupo de secuestrados retenidos en la ESMA. Después de 34 años, algunos sobrevivientes volvieron y reconocieron el lugar donde permanecieron en cautiverio. “Ya nadie puede dudar de que estuvimos en la isla”, aseguran las víctimas.

Presente y pasado. Los sobrevivientes de la represión volvieron este año a la isla.

 

Promediaba 1979 y, tras tres años de dictadura militar en la Argentina, se mantenía el silencio sobre la represión ilegal que se había desatado en el país. Sin embargo, en el exterior arreciaban las críticas por violaciones a los derechos humanos. Por ello, la Comisión de Derechos Humanos de la OEA se preparaba para visitar el país. Había pasado el Mundial 78, se jugaba el Mundial juvenil en Japón y Argentina brillaba con Diego Maradona y Ramón Díaz. La imagen argentina estaba en su apogeo. La dictadura no se podía permitir un desliz y decidió barrer la basura debajo de la alfombra para que la molesta visita de la OEA no derrumbara todo el andamiaje represivo que le permitía mantener el poder y, sobre todo, una política económica de sumisión y entrega a los poderes económicos nacionales e internacionales.

 

Una de las medidas fue trasladar uno de los centros clandestinos de detención más importantes, la ESMA, hacia algún otro lugar menos visible que la Avenida del Libertador. El lugar elegido fue una isla en el Tigre llamada El Silencio, todo un símbolo. La isla había pertenecido a la curia católica, más precisamente a la revista Esquiú, y era lugar de descanso de los obispos argentinos. Pasaron por allí algunos de los hombres poderosos de la Iglesia Católica de esa época, como Antonio Caggiano y Juan Carlos Aramburu.

 

Después de 34 años de aquellos hechos y en el marco del juicio que se desarrolla por los crímenes de lesa humanidad cometidos en la ESMA, la querella y la fiscalía solicitaron que se realizara una inspección ocular en la isla. Enrique Fukman, una de las víctimas sobrevivientes, que pasó por la ESMA entre 1978 y 1980 y también por El Silencio, relató en diálogo con Veintitrés: “Es interesante la historia, porque esa isla era del Episcopado, era un lugar de descanso. En un momento dado eso lo empieza a manejar Emilio Graselli, que fue vicario castrense de la Marina. Graselli es quien le ‘vende’ la isla al grupo de tareas que manejaba la ESMA, que ‘adquirió’ el predio con documentación falsa.

 

Figuraba como dueño un secuestrado que ya había sido liberado y había salido del país, Marcelo Hernández. Por supuesto, el dinero para comprar la isla también había sido ‘chupado’ en los operativos. Hay una posterior investigación periodística de Horacio Verbitsky que revela todos estos pormenores. Ahora el juez Sergio Torres pidió información a catastro, porque al menos dos de las operaciones de compraventa de la isla fueron ilegales: esta al grupo de tareas y una venta posterior. El dueño ahora es un tal Espinoza que ni apareció el día del allanamiento”.

 

La doctora Liliana Alaniz, abogada querellante e integrante del colectivo Justicia Ya! y de APEL, agregó al ser consultada para esta nota: “En realidad esta inspección ocular partió del juicio ESMA 3. Cuando Carlos Lorkipanidse declara, trae algunas fotos de la isla y entonces pedimos en ese momento este oficio, y fuimos acompañados en la fiscalía por este pedido. Las fotos habían sido aportadas por una periodista española que había podido tomarlas acompañada por una isleña. La inspección ocular con orden de allanamiento fue pedida para que el lugar no se toque. Eso es prueba viva. Por eso solicitamos una medida de no innovar”.

 

Lo que vino tras la decisión judicial poco tiene que ver con los tribunales y con medidas administrativas. Liliana Alaniz prosiguió: “Cuando íbamos en la lancha, a la ida, los compañeros que habían sido víctimas iban hablando, riendo, hasta cruzaban alguna broma. A la vuelta todo fue diferente, todos volvieron callados, cada tanto cruzaban una mirada nerviosa. Es que habían vuelto a vivir el horror de esos años, y si bien tuvieron que volver a pasar de algún modo por ese horror, también volvían con la satisfacción del deber cumplido, de decir ‘bueno, ya está, dimos un paso más en dirección a la justicia’. Para mí, fue la experiencia más fuerte que viví en mi vida”.

 

¿Pero qué pasó en la isla durante la dictadura? Fukman, que lo vivió, lo contó así: “A los más bravos, a los que más daban, los mandan a la isla con nosotros. Allí, igual que en la ESMA, hacíamos trabajo esclavo. Nos daban unos machetes para abrirnos paso hasta las plantaciones mientras los verdes nos apuntaban con los fusiles. Mejor imagen para definir trabajo esclavo no hay, ¿no?”, se preguntó al relatar su experiencia en el Tigre. Y añadió: “En El Silencio hubo dos grupos, los que estábamos en la casa principal, que veníamos de trabajo esclavo de la ESMA, y otro que venía de Capucha que fueron a otro lugar terrible dentro de la misma isla. Nos levantaban a la mañana muy temprano, nos asignaban alguna tarea que realizábamos hasta el mediodía, luego se almorzaba y teníamos lo que llamaríamos un ‘recreo’. En ese tiempito se armaba algún partido de fútbol, como hacían los nazis también se realizaban partidos de Leales contra Insurgentes, como nos llamaban. Una vez les ganamos. ¡Uh! Nos querían matar.

Peyón (uno de los represores más violentos) gritaba: ‘¡Son todos boleta!’”. Y no eran eufemismos.

 

“Los represores que actuaron en la isla fueron centralmente los mismos que actuaron en la ESMA: Peyón, Cavallo, Donda, Di Paola, Pichionchi y varios más”, precisó Alaniz.

 

“Otro grupo –continuó Fukman– fue enviado más tarde. Eran los que venían de Capucha en la ESMA, que eran alrededor de quince. Un compañero se acuerda que ellos fueron trasladados el día que Argentina jugó la final del Mundial juvenil en Japón. A ellos los trasladaron encapuchados, engrillados y tirados en el piso de la lancha”.

 

El lugar adonde fueron alojadas las quince víctimas de Capucha es difícil de describir. Centralmente acondicionaron una típica casa isleña del siguiente modo: donde van los pilotes que sostienen la casa en altura lo cerraron con ladrillos y material, directamente sobre el suelo de la isla tiraron unos nailon y sobre eso las colchonetas donde dormían los detenidos. El baño quedaba en el mismo lugar y tenían que beber agua directamente del río. Así era la vida en El Silencio para los detenidos en Capucha.

 

“Vivían como ratas –añadió Fukman–, y nosotros nos enteramos que ellos estaban allí por las compañeras cuyo trabajo esclavo era cocinar so pena de ser asesinadas si la comida no les gustaba. Es tremendo porque a pesar de las condiciones en las que estaban para ellos estar ahí fue mejor que estar en la ESMA, porque comían la misma comida que todos. En Capucha la comida era siempre la misma: mate cocido con una rodaja de pan a la mañana y en la merienda, y de almuerzo y cena, un sándwich con carne quemada por fuera y cruda por dentro”.

 

De las quince víctimas de Capucha que pasaron por El Silencio, sobrevivieron cinco.

 

¿Cómo dieron con el lugar después de 34 años?, quiso saber Veintitrés. “Yo tenía muy claro dónde estaba ubicada la isla porque fui llevado destabicado, además a 800 metros había un puesto de Prefectura que aún hoy se mantiene en el mismo lugar. Recordaba que veníamos por el río Paraná Miní y teníamos el puesto de Prefectura a la derecha.

 

Tenía muy presente el lugar. Además en el año ’85, con otro compañero ya fallecido, nos tomamos el trabajo de ir a la Casa de la Provincia de Buenos Aires, pedimos un mapa del Delta y nos largamos a buscar la isla adonde habíamos estado detenidos”, explicó.

 

Ese es el compromiso de las víctimas que estuvieron detenidas desaparecidas. A tal punto llega su necesidad de justicia que muchas veces se largaron a investigar solos. “Eso es lo que nosotros denunciamos siempre –dice Alaniz–, la desidia del Estado. Pasaron 34 años. Todo el tiempo son los organismos, las víctimas, los familiares los que investigan, consiguen la prueba y tienen que despertar un poco al Estado para que actúe. Celebramos, por supuesto, que se estén realizando estos juicios, pero tenemos que impulsarlos nosotros todo el tiempo”.

 

Finalmente la inspección ocular se hizo, la Justicia actuó y el juicio se sigue llevando a cabo y es un aporte más a la construcción de la memoria, como dice Enrique Fukman: “Tenemos muchas razones para vivir, pero una de ellas es la búsqueda de la verdad y la justicia y que todos estos genocidas y asesinos vayan a la cárcel. Es un paso más en esa dirección, y a su vez aporta a la construcción de la memoria, al relato, a que se compruebe que todo esto que decimos queda verificado. Ya nadie puede dudar de que estuvimos en la isla, ya nadie puede dudar de la terrible situación que vivieron los que estuvieron en Capucha. Ese pedacito de la historia ya no van a poder cambiarlo”.

 

El Silencio ya no es tal. Tras esta inspección ocular, tras la casi segura señalización del lugar como centro clandestino de detención, quizás haya que llamar a la isla El Recuerdo o La Memoria, porque como dice Fukman: “Es parte de nuestro deber cumplir con estas cosas, aunque cuesta. Por ejemplo, yo nunca voy a la ESMA salvo que me lo pidan. En una época iba muy seguido, porque había periodistas que me lo pedían, pero tuve que dejar de ir porque en un momento durante el relato que hacía, noté que empecé a ver a los compañeros. Ahí paré. Porque pasa eso: cada vez que uno los nombra, los ve”. Quizá porque ahí están, en la memoria.

 

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La historia de una foto

El Bichi Martínez fue responsable, en los ’70, de la zona norte del Movimiento Villero, fue chupado y cayó en la ESMA. Lo llevaron directo a la “parrilla”. Él fue el encargado de acondicionar la isla antes del traslado de los detenidos. Allí fue llevado por sus torturadores, para que preparara el lugar para otros detenidos como él. Cuando llegaron los demás, el Bichi Martínez fue devuelto a la ESMA. Luego, cuando la comisión de la OEA se fue, a él lo volvieron a llevar a la isla. Fue en esa ocasión que se tomó la foto de época que acompaña esta nota.

 

Martínez le contó a Alaniz que “cuando estaban preparando las locaciones donde luego vendrían los compañeros, estaba al cuidado de dos ‘verdes’, el Zorro y el Dani. Dos pibes que no llegarían a los 20 años. Los sobrevivientes los recuerdan bien, el Zorro la jugaba de bueno, pero el Dani no, golpeaba, era sanguinario y violaba a las compañeras”.

 

Una noche, en el Tigre, había un baile y los dos represores no se lo querían perder. Entonces decidieron llevarse al Bichi con ellos, y se tomaron juntos una foto. El Bichi Martínez ahora tiene en su poder esa foto que es una prueba, pero es la Armada la que puede desentrañar la madeja y decir, por sus legajos, los verdaderos nombres del Zorro y el Dani para que puedan ser juzgados.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

2 pensamientos en “UNA ISLA DE TIGRE DONDE FUNCIONABA UN CENTRO CLANDESTINO

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. El Silencio, la isla maldita: un viaje a los confines del Delta . En la recta final del juicio: Cuando una comitiva de la CIDH llegó al país, en septiembre de 1979, los represores “escondieron”a 40 secuestrados de la ESMA en El Silencio, una isla de Tigre. Infojus Noticias participó de una inspección ocular histórica, con funcionarios judiciales y sobrevivientes, a las entrañas del centro clandestino en pleno Delta. http://www.infojusnoticias.gov.ar/nacionales/el-silencio-la-isla-maldita-un-viaje-a-los-confines-del-delta-7384.html

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