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Argentina–represores: Bussi y el circuito de la muerte

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Por Marcos Taire. Periodista – http://sur.infonews.com/notas/bussi-y-el-circuito-de-la-muerte 

 

Antonio Domingo Bussi reemplazó a Acdel Vilas en la comandancia de la Operación Independencia a fines de diciembre de 1975. Estrenó su cargo anunciando: “A los subversivos que se entreguen los encarcelaremos, a los que no, los mataremos”. Esas palabras las pronunció poco después de comunicarse con Vilas, a quien le dijo: “General, usted no me ha dejado nada por hacer”.

Entre diciembre de 1975, cuando sucedió a Vilas, y marzo de 1976, Bussi continuó utilizando el mismo esquema represivo, pero en ese tiempo planificó otro escenario que sabía sería modificado a partir del golpe de Estado. Una vez derrocado el gobierno de Isabel Perón, Bussi diseñó un esquema “legal” y público de gobierno y otro ilegal, bélico y clandestino, concentrado en la eliminación de “la subversión”. Los dos esquemas fueron autoritarios y represivos y ambos se movieron en una nebulosa que no tenía límites precisos.

Instalado en la Casa de Gobierno el 24 de marzo, aunque recién fue designado gobernador el 23 de abril siguiente, Bussi exhibió un poder que otros no tenían. Fue designado al frente de un gobierno provincial con retención del cargo militar. Del Bussi gobernador dependían las seis fuerzas de tareas del Ejército desplegadas en el “teatro de operaciones”, los destacamentos de Gendarmería y las policías Provincial y Federal. En ese marco había un gobierno provincial con ministros, secretarios y directores, civiles y militares: todo lo necesario para cubrir la tarea burocrática de la administración estatal.

Bussi llegaba a la Casa de Gobierno antes de las 7 de la mañana. A la hora de entrada de los empleados ordenaba tocar diana y todos debían formar al pie del mástil para asistir al izamiento de la bandera y cantar “Aurora”. Un día a la semana –los jueves– esa ceremonia era trasladada al frente de la Casa de Gobierno, en la Plaza Independencia, donde los funcionarios y empleados eran obligados a formar como tropa en una plaza de armas. Los tucumanos que en esos momentos acertaban a cruzar la plaza debían quedarse quietos, mirando hacia la Bandera en posición de firmes y entonar, ellos también, la canción “Aurora”.

De la “Escuelita” al campo de exterminio del Arsenal. Lo primero que hizo Bussi fue clandestinizar aún más, ocultar lo máximo posible la represión. Trasladó el “comando táctico” que funcionaba en Famaillá, al ex ingenio Nueva Baviera; desalojó la Escuelita de Famaillá y creó el campo de concentración y exterminio más grande de la Operación Independencia, que instaló en campos del Arsenal Miguel de Azcuénaga. La explicación es sencilla: el comando funcionaba en pleno centro de Famaillá, en tanto el nuevo destino en Baviera estaba en un descampado rodeado por terrenos baldíos y sus enormes paredones ocultaban todas sus actividades a la curiosidad de las personas.

La Escuelita estaba en una zona urbana, al lado de un camino muy transitado y rodeada de vecinos. El Arsenal destinó unos viejos y abandonados polvorines, en medio de un enorme campo arbolado, para construir el campo de concentración. Antes, una topadora desmontó la zona, apilando árboles y arbustos a un par de cientos de metros de los polvorines, en los cuatro costados del terreno. Rodeado por lomadas y montes tupidos, el lugar era inaccesible y nada podía verse desde las inmediaciones. Se llegaba a él desde la ruta 9 después de recorrer un par de kilómetros un camino zigzagueante.

Entre el final de la Escuelita y el comienzo del Arsenal, es decir entre el 24 de marzo y mayo/junio de 1976, Bussi utilizó dos campos de concentración improvisados para albergar a grandes cantidades de personas. Uno funcionó en la Escuela Universitaria de Educación Física (Eudef) y el otro en la ex Colonia de Menores, llamado El Reformatorio.

En esta etapa de transición, Bussi siguió contando con el más antiguo y duradero de los centros clandestinos de detención: el que funcionó en la Jefatura de Policía.

A Eudef, ubicada frente a la Facultad de Filosofía y Letras, fueron llevadas centenares de personas secuestradas en los días del golpe de Estado. Los militares procedían allí a hacer una selección de los prisioneros. Los acusados de pertenecer al peronismo eran trasladados a la Jefatura o asesinados, según el grado de peligrosidad que les asignaba la arbitrariedad de sus captores. Quienes eran acusados de pertenecer o estar vinculados a la guerrilla de izquierda eran llevados al Reformatorio. Los prisioneros pertenecientes a otros sectores de izquierda eran trasladados a la Cárcel de Villa Urquiza. Esto último aconteció con una gran cantidad de mujeres.

Bussi dejó en manos de los hombres de la inteligencia militar toda la tarea sucia de la represión en Tucumán. Eran los amos, los dueños y señores de la vida y los bienes de los tucumanos. Y todo el aparato represor dependía de ellos. Los jefes del Destacamento 142 de Inteligencia durante el período en que Bussi encabezó la Operación Independencia fueron el coronel Eusebio González Breard, que actuó entre octubre de 1974 y noviembre de 1976, y el coronel Arnaldo Busso, que lo sucedió hasta enero de 1979. Los siguientes fueron los coroneles Carlos Tamini (enero 1979-septiembre 1980) y Aníbal Radrizzani (desde septiembre de 1980).

El armado ilegal y clandestino que puso en práctica Bussi no respetó ni siquiera la división en zonas y áreas que las Fuerzas Armadas ejecutaron en el resto del país. Es probable que eso haya ocurrido porque cuando la dictadura comenzó a ejecutar el plan que contenía instrucciones para dividir el país de acuerdo con las técnicas aprendidas de los franceses, en Tucumán hacía más de un año que la represión había diezmado al campo popular.

La “disposición final”. El Destacamento 142 basó todo su accionar en la información arrancada a los prisioneros en los campos de concentración del Arsenal, la Jefatura y el ingenio Nueva Baviera. Información adicional también le era reportada desde la Fiscalía de Estado, a cargo del capitán José Roberto Abbas, y la Secretaría de Gobierno, al frente de la cual estaba el abogado tucumano Juan Carlos Moreno Campos (a) Chicato, la Cárcel de Villa Urquiza, el Servicio de Seguridad y Vigilancia de la Universidad de Tucumán y por elementos de los servicios civiles (SIDE) y policiales.

En este esquema represivo tuvo un papel relevante, fundamental, un organismo creado por Bussi llamado Comunidad de Servicios de Inteligencia (CSI). Funcionaba en la Quinta Brigada, con sede en el barrio norte de la capital tucumana. Allí oficiaba de jefe de la CSI el segundo comandante de esa brigada, que no era del arma de Inteligencia, por lo que puede deducirse que estaba allí para hacer de ojos y oídos de Bussi. La CSI estaba integrada por los jefes del Destacamento 142, agentes de la SIDE, personal civil de inteligencia y los jefes de inteligencia de los destacamentos de Gendarmería y policías Federal y Provincial. También participaban los delegados de inteligencia de Fuerza Aérea y Armada destacados en Tucumán.

Dos tipos de reuniones realizaba la CSI. A una de ellas asistían todos sus integrantes más personas invitadas especialmente, entre ellas empresarios, sacerdotes y alcahuetes que voluntariamente se presentaban para denunciar a sus comprovincianos. Allí evaluaban los informes elaborados o que se presentaban en ese momento para decidir qué personas debían ser vigiladas o detenidas de inmediato. La otra reunión que hacía la CSI estaba restringida a sus integrantes más importantes y se incorporaban para brindar informes y evaluaciones los coordinadores de los campos de concentración, la mayoría de los cuales eran segundos comandantes de Gendarmería. Algunas veces participaban los interrogadores que habían arrancado las confesiones a los prisioneros, cuya suerte se decidía en ese momento. En esta reunión decidían quién debía continuar en su condición de desaparecido, quién debía ser legalizado y quién asesinado. Al crimen le llamaban “disposición final”, como está probado en la documentación aportada ya ante la Justicia.

La “guerra” de los encapuchados. Mientras las fuerzas de tareas del Ejército hacían como que jugaban a la guerra, montando bases, armando trincheras, apilando bolsas de arena para refugiarse de ataques que nunca llegaron, las patotas de secuestradores asolaban el campo y la ciudad, todos los días y a toda hora, pero fundamentalmente de noche.

Un dato fundamental respecto del llamado “teatro de operaciones” fue el movimiento y traslado de las tropas militares. Ejemplos: la fuerza de tareas “Cóndor” dejó de operar en el ex ingenio Lules, vértice norte de la zona donde operaba la compañía de monte del ERP, y fue enviada al ingenio La Providencia; los escuadrones de Gendarmería abandonaron las laderas de El Mollar y La Angostura, límite oeste del “teatro de operaciones”, y la zona de San Javier y Villa Nougués, en la esquina noroeste de ese mapa bélico. Entonces, los escuadrones San Juan y Jesús María se instalaron en los ingenios Aguilares y La Trinidad.

Estos movimientos de las fuerzas de tareas prueban claramente que la guerrilla en el monte había dejado de interesar, no era un peligro y era ignorada por los militares. En cambio, todo el accionar represivo se volcó a la zona azucarera. A partir de entonces se contaron por centenares los obreros azucareros detenidos, secuestrados, torturados y desaparecidos en los nuevos destinos de estas fuerzas de Ejército y Gendarmería.

Tres grupos principales de patotas fueron las que operaron durante la jefatura de Bussi en la Operación Independencia. Una dependía del Servicio de Información Confidencial y sus principales jefes fueron el teniente primero Arturo González Naya y el comisario Roberto Albornoz. El segundo grupo operaba desde el campo de concentración del Arsenal bajo la jefatura del capitán Luis Varela (a)Naso, que comandaba un llamado “grupo calle”. El tercer grupo funcionaba con base en el “comando táctico” de Baviera y su jefe era un feroz policía llamado Héctor Calderón, quien reportaba directamente a un alienado teniente coronel, Antonio Arrechea, jefe de la zona sur de la Operación y que había sido jefe de la policía Provincial.

La patota de Gonzalez Naya y Albornoz, en su primer acto de “guerra” apenas lanzado el golpe de Estado, asaltó el gremio de los maestros y asesinó a su líder, Francisco Isauro Arancibia, uno de los fundadores de Ctera (Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina).

Las policías Federal y Provincial aportaban diariamente efectivos de sus guardias de infantería como apoyo en los operativos de secuestro de personas efectuados por las patotas. Además, los agentes de las comisarías del interior, así como efectivos de bomberos, comando radioeléctrico y escuela de policía eran usados cuando las patotas de la inteligencia militar lo requerían. Igual tarea cumplían los integrantes de los destacamentos móviles de Gendarmería que no eran asignados a la administración y vigilancia de los campos de concentración. El grupo más activo de gendarmes tuvo su asiento en una obra en construcción ubicada frente al Arsenal, sobre la ruta 9, donde hoy funciona el motel Posta de los Arrieros. Sus propietarios, los hermanos franceses Delaporte, empresarios metalúrgicos y hoteleros, cedieron voluntariamente sus instalaciones a la represión.

Paralelamente a estas patotas, en Tucumán funcionaron otros grupos de informantes y/o secuestradores integrados por militantes de ultraderecha y elementos marginales, entre ellos varios convictos de la cárcel. Esos fueron los casos de las patotas que comandaron Ismael Haouache, del Servicio de Seguridad y Vigilancia de la Universidad; Martín Treviño (a) Capucha, un preso de la cárcel de Villa Urquiza que reportaba directamente al director del penal, comisario Marcos Fidencio Hidalgo, y Froilán Ruiz (a) Carpincho, un lumpen que más tarde fue uno de los jefes de la barra brava de Atlético Tucumán.

Arqueólogos forenses rescataron recientemente restos humanos y lograron su identificación tanto en campos del Arsenal como en el Pozo de Vargas. Esos dos lugares fueron el final del circuito de la muerte que se llevó consigo a una enorme cantidad de tucumanos, en su mayoría obreros y militantes sociales y estudiantiles.

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Autor: Sergio

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