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La Plata–CNU: Un fusilado en el Puente Roma

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Daniel Cecchini y Alberto Elizalde Leal – http://sur.infonews.com/notas/un-fusilado-en-el-puente-roma 

 

La madrugada del 22 de mayo de 1975 un grupo de tareas conjunto de la Triple A y la CNU asesinó en Berisso al arquitecto Guillermo Guerini, docente universitario y militante del Partido Comunista Revolucionario.

 

 

El Viejo no gritó ninguna orden, no dijo “tiren”, ni tampoco “fuego”. Simplemente levantó el Magnum 357 que tenía en la mano derecha, casi colgando como un peso muerto, y disparó. Ésa era la orden y los otros –unos diez tipos distribuidos como un abanico frente a la víctima– también tiraron. Unos dispararon con 9 milímetros, otros con .45; había uno con una Itaka y El Mudo gatilló una ráfaga corta de su ametralladora Halcón. El Indio Castillo, que fue el último en ocupar su sitio en el abanico, justo al lado del Viejo, llevaba una PAM. Él también tiró. La víctima cayó sin una palabra, ya muerta, pero le siguieron tirando en el suelo, como si quisieran hundir el cadáver a balazos en la tierra húmeda por el rocío de la madrugada. Cuando finalmente la noche quedó en silencio, El Viejo se acercó al cadáver y le pegó un inútil tiro de gracia.

A unos diez metros, parados junto al Torino en el que habían llegado con El Indio, dos hombres fueron testigos de la ejecución. Uno de ellos era un agente de la Policía Bonaerense a quien aquí se identificará como El Cana; el otro era un tipo joven, de poco más de 20 años y modales casi aniñados, de quien sólo se dirá en esta nota que se llamaba –aún se llama– Gustavo y que por entonces era sobrino de un juez de apodo oriental. Tanto uno como el otro conocían a la mayoría de los hombres que estaban ahí, aunque hasta esa noche nunca habían visto al Viejo ni al Mudo. Si bien los dos estaban armados, nadie les habría pedido que tiraran. Al parecer, no estaban ahí para eso sino para que vieran cómo se hacía, para que aprendieran a matar como mataban la CNU y la Triple A.

Para ellos, el fusilamiento del arquitecto Guillermo Jorge Guerini, ayudante diplomado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de La Plata y militante del Partido Comunista Revolucionario (PCR), era una prueba de fuego.

Casi cuarenta años después, algunos viejos vecinos del Puente Roma, en la localidad de Berisso, cerca de La Plata, siguen recordando esa noche cuando el sonido de la lluvia de balas los despertó sobresaltados.

 

No era la primera noche, ni sería la última, que oían tiros, pero nunca habían escuchado tantos disparados en tan pocos segundos. A pesar del miedo, varios de ellos salieron de sus casas esa madrugada del 22 de mayo de 1975 y encontraron el cadáver acribillado de Guerini a pocos metros del arroyo.

Noticias de ayer y de hoy. En su edición del 23 de mayo de 1975, el diario platense El Día publicó la noticia en su portada, con el título: “Asesinaron ayer en Berisso a un joven arquitecto platense”. La crónica dice: “Un joven arquitecto fue asesinado ayer en la vecina población de Berisso por individuos que previamente (sic) lo secuestraron en nuestra ciudad. Los restos del infortunado profesional fueron encontrados alrededor de las 2.45 de la víspera a la vera de la calle Génova (prolongación de la avenida 60, que comunica La Plata con aquella zona), y cerca de un puente de madera que atraviesa el canal existente a la altura de la calle Unión. Se trataba de Guillermo Jorge Guerini, argentino, de 24 años, casado, quien vivía en la calle 18 N°412 (…) Según se logró saber, Guerini abandonó anteanoche su hogar para dirigirse, al parecer, a realizar tareas referentes al proyecto de una obra en el que tenía principal injerencia. Seguramente, después de alejarse del hogar, fue secuestrado por sus asesinos”.

Casi cuarenta años después, testimonios recogidos por la investigación de Miradas al Sur permiten aclarar las circunstancias del secuestro: Guerini fue interceptado cerca de la estación de trenes de La Plata por un grupo de tareas a las órdenes de Aníbal Gordon (a) El Viejo, que se movía en dos Ford Falcon. El “blanco” de la operación había sido señalado a Gordon por el jefe de la patota de la CNU, Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio, cuyo grupo se había ocupado de la inteligencia previa al secuestro. Se trató de una acción conjunta de la Triple A y la CNU, en una etapa durante la cual la patota platense de la agrupación de la ultraderecha peronista, conducida ideológicamente por Carlos Alberto Disandro (a) El Pélida, todavía operaba bajo la tutela militar de la Triple A.

Puestos a prueba. Eran tiempos de aprendizaje y de incorporaciones (entre ellas, las de varios policías de la Bonaerense) para la CNU, que estaba alcanzando su conformación definitiva como grupo de tareas parapolicial. También eran tiempos de desconfianza y de paranoia, porque poco más de un mes antes del asesinato de Guerini habían descubierto y acribillado a Enrique Rodríguez Rossi, uno de sus miembros que en realidad era un infiltrado de las Fuerzas Argentinas de Liberación 22 de Agosto (FAL 22) en la organización.

Por eso, la noche del 21 al 22 de mayo de 1975, El Indio Castillo y sus secuaces más probados no sólo tenían como objetivo secuestrar y asesinar a un militante del PCR que habían marcado hacía meses. También querían probar si El Cana y Gustavo estaban en condiciones de integrarse efectivamente al grupo de tareas.

Castillo no tenía dudas de que el sobrino del juez era confiable, sólo quería estar seguro de si era capaz de matar. En cambio, abrigaba ciertas sospechas sobre El Cana, quien hacía poco le había dicho que podía conseguirle una ametralladora Halcón de la Policía para reemplazar a una Hispano-suiza que se les había roto y no podían reparar. Hasta entonces, El Cana sólo había actuado con la banda en el incendio de un centro de salud de la Juventud Peronista de Ensenada y en varios robos de autos que luego serían utilizados en distintas operaciones. Pero ahora lo iba a probar a fondo, en presencia del Viejo.

El Indio pasó a buscar primero a Gustavo, por su casa, y desde ahí los dos fueron a bordo de un Torino rojo –un modelo poco común, con palanca al volante– hasta el domicilio del Cana, en la zona Sur de La Plata. Cuando llegaron eran poco más de la una de la mañana del 22 de mayo. El Cana subió en el asiento de atrás y saludó a Gustavo. No era la primera vez que se veían.

–¿A dónde vamos, Indio? –preguntó El Cana.
–Tenemos que hacer un laburo –fue la respuesta.

Tomaron por la avenida 60 hacia Berisso y, al llegar al Puente Roma, Castillo detuvo el Torino y dijo: “Acá están”. Gustavo y El Cana vieron que había tres Ford Falcon estacionados y, más allá, un grupo de hombres. El Indio bajó del auto y les dijo:

–¡Vengan, que van a conocer al Viejo Aníbal!
Minutos después, Aníbal Gordon (a) El Viejo levantó el Magnum 357 para iniciar el fusilamiento.

El Cana, El Indio, El Viejo Y El Mudo. “Vos te vas con ellos”, le ordenó El Indio a Gustavo después de los tiros. Cuando el otro se alejaba, Castillo miró al Cana y le dijo: “Vos te venís conmigo”. Subieron los dos solos al Torino rojo, que partió en dirección a Ensenada. El Indio parecía no tener apuro por volver a La Plata porque dio unas cuantas vueltas, manejando como si paseara. Finalmente encaró en dirección al camino que llevaba a una de las entradas de la planta de Propulsora Siderúrgica. Cuando llegaron, El Viejo los estaba esperando con El Mudo, los dos apoyados contra un guardabarros del Ford Falcon. “Vení, bajá, que vamos a hablar con El Viejo”, le dijo El Indio al Cana. Castillo bajó sin armas a la vista, El Cana tuvo un reflejo que le hizo llevar la 9 milímetros en la mano, apuntando hacia el suelo.

Los cuatro se reunieron junto al Ford Falcon. El Viejo y El Indio quedaron frente al Cana; El Mudo se le puso atrás, a cierta distancia. (El Mudo, a quien aquí se seguirá identificando sólo por el apodo, fue detenido en 2008 en Lomas de Zamora en un operativo contra el narcotráfico.) El Mudo tenía la Halcón.

Se quedaron en silencio, hasta que El Cana no aguantó más la tensión y, dirigiéndose al Viejo, preguntó:

–¿Usted es policía?
El Viejo lo miró como se mira a un insecto y le respondió:
–No, algo parecido.

Hubo otro silencio antes de que Gordon lo interrogara:
–¿Y para qué querías la ametralladora, vos? ¿De dónde la ibas a sacar?
Al Cana le cayeron todas las fichas juntas. El Indio creía que con lo de la ametralladora que había ofrecido les estaba armando una cama. Respondió rápido, sabiendo que con la respuesta se jugaba la vida:
–Para él –balbuceó señalando al Indio con la cabeza–. ¡Para vos, boludo, para vos! ¿No me dijiste que tenías la Hispano-suiza rota? ¡Nada más!

–¿Y cómo ibas a conseguirla? –apretó El Viejo.
–Se la podemos comprar al comisario Sosa. Por guita le consigue cualquier cosa…

Gordon se quedó mirándolo fijo unos segundos y después se rió.
–Está bien –le dijo al Indio antes de darles la espalda y subirse al Falcon. El Mudo se fue con él.

Cuando quedaron solos, Castillo miró al Cana y le hizo una mueca que quería ser sonrisa.
–¡Vamos! Subí que te llevo a tu casa.

Minutos después entraban a La Plata con el Torino rojo echando putas. Por primera vez en la noche, El Cana respiraba aliviado.

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Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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