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CNU: Nueva querella por los crímenes de la patota del Indio Castillo

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Daniel Cecchini y Alberto Elizalde Leal – http://sur.infonews.com/nota/10001/nueva-querella-por-los-crimenes-de-la-patota-del-indio-castillo 

 

Arriba izq.: documento. El croquis elaborado por los peritos de la Policía Bonaerense muestra el lugar donde fueron encontrados los cadáveres acribillados de los hermanos Arabel, Rojas y Giaccio. Fueron secuestrados en La Plata y fusilados en un descampado.

 

A principios del año próximo, la agrupación Hijos de Jujuy se presentará como querellante ante la Justicia Federal de la ciudad de La Plata en el caso de los secuestros  y asesinatos de tres estudiantes universitarios –dos de ellos nacidos en esa provincia– que trabajaban en el Hipódromo platense, y de otro joven jujeño que se encontraba ocasionalmente en la ciudad. Esos crímenes fueron cometidos en la madrugada del 18 de marzo de 1976 por el grupo de tareas parapolicial de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) que operaba bajo las órdenes de Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio. Se trata de las muertes de Eduardo Julio Giaccio, Ernesto David Rojas y los hermanos Oscar Gerardo y Raúl Alberto Arabel. 

Por estos dos últimos, la agrupación jujeña iniciará ahora una querella. “Los padres de los hermanos Arabel ya han fallecido, pero nosotros vamos a presentarnos como querellantes. Hemos investigado mucho y reunido documentación. Queremos que el caso se visibilice y tome estado judicial”, dijo a Miradas al Sur una integrante de Hijos de Jujuy.
Cómo este dominical publicara oportunamente (ver la nota “Tres fusilados y un muerto en el baúl”, del 11 de septiembre de 2011), los cuatro fueron secuestrados en las viviendas que ocupaban en la zona sur de la ciudad de La Plata. Uno de ellos, Rojas, fue asesinado de inmediato, al resistirse a los golpes cuando la patota intentaba subirlo al baúl de un Ford Falcon. Los tres restantes fueron capturados vivos y luego fusilados en la zona de Ranelagh, correspondiente al partido de Berazategui, donde fueron hallados los cuatro cadáveres.

 

La patota del Turf

 

Los autores de esta investigación pudieron establecer que el grupo de tareas que actuó esa noche y cometió los cuatro asesinatos estaba integrado por Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio, Dardo Omar Quinteros, Martín Osvaldo Sánchez (a) Pucho, Antonio Agustín Jesús (a)Tony, Gustavo Guillermo Fernández Supera (a) El Misto, Ricardo Calvo (a)Richard, David Masotta (a) Feiño, Néstor Causa (a) El Chino y los policías bonaerenses Alfredo Ricardo Lozano (a) El Boxer y Vicente Ernesto Álvarez. Para ese momento –seis días antes del golpe del 24 de marzo de 1976– la CNU ya operaba bajo las órdenes del jefe del Área de Operaciones 113, coronel Roque Carlos Presti, pero seguía cumpliendo tareas encomendadas por el todavía gobernador de la provincia de Buenos Aires, el sindicalista de ultraderecha Victorio Calabró, que colaboraba con los golpistas.

El Hipódromo de La Plata, donde tenían contratos de trabajo varios de los integrantes de la patota, fue un verdadero coto de caza para la CNU. Poco antes de este cuádruple crimen, el 12 de febrero de ese año, el grupo de tareas secuestró y asesinó –por orden directa de Victorio Calabró– a Carlos Antonio Domínguez, presidente del Partido Justicialista platense y dirigente de los trabajadores del Hipódromo. Meses antes, en abril de 1975, la patota también secuestró y asesinó a la delegada de los empleados por reunión del Hipódromo, Luisa Marta Córica, y también asesinó –en un operativo conjunto con la Triple A, comandado por Aníbal Gordon (a) El Viejo– al médico del Policlínico del Turf, Mario Alberto Gershanik.

Las víctimas de la madrugada del 18 de marzo de 1976 no eran sólo empleados del Hipódromo sino que también tenían actividad gremial. Los hermanos Arabel militaban en la izquierda peronista y participaban de la vida sindical en el ámbito del turf platense. Eduardo Giaccio era miembro de la comisión directiva de la agrupación gremial de los empleados por reunión del Hipódromo. 

Además, de acuerdo con un documento  al que tuvo acceso la investigación de Miradas al Sur, Oscar Jesús Arabel, padre de los hermanos asesinados, figuraba en una “Nómina de dirigentes, militantes o sindicados como comunistas, marxistas o sindicales (sic) como tales y/o contactos registrados”, elaborada por la Policía de la Provincia de Jujuy.

 

Los fusilamientos

 

Los cuatro cadáveres fueron encontrados en un camino vecinal frente al establecimiento rural Las Hermanas, en una zona descampada de Ranelagh, a pocos kilómetros del camino General Belgrano. Uno de ellos estaba sobre el camino, mientras que los tres restantes estaban alineados unos metros más allá de la banquina. Las víctimas habían sido maniatadas con sogas y sus cuerpos estaban acribillados.

En el informe que el perito balístico Mario Fernando Garro, oficial principal de la Bonaerense, elevó al comisario inspector Francisco Wojciekian, designado instructor, dice en la farragosa jerga policial: “El día 18 de marzo del corriente año nos constituimos juntamente con esa Instrucción en el lugar del hecho, camino vecinal sin nombre, lugar descampado ubicado a 1.500 metros al sur del Barrio Marítimo de esa jurisdicción (Ranelagh), donde se hallaban los cadáveres de las víctimas, cuatro en total, ensangrentadas y presentando impactos de bala, hallándose en dicha zona varios pertrechos balísticos que fueron secuestrados por esa Instrucción, y observando las cercanías de los cadáveres, observé próximo, un hoyo reciente que impresiona como producido por el disparo de un cartucho provisto de municiones múltiples”.

La causa quedó en manos del juez en lo Penal Carlos de la Colina, a quien la Policía Bonaerense aportó una lista de las vainas y cartuchos encontrados junto a los cadáveres. Allí se enumeran: “Cuatro vainas servidas calibre 12, catorce vainas servidas de 11.25 (.45), tres proyectiles de plomo acorazado y nueve proyectiles de plomo desnudo”.

La investigación de Miradas al Sur también tuvo acceso a las autopsias de los hermanos Oscar y Raúl Arabel –obtenidas por Hijos de Jujuy–, que dan cuenta de lo impiadoso de sus ejecuciones. El examen traumatológico de Oscar Arabel consigna: “Fractura expuesta de antebrazo izquierdo con herida desgarrada en dicho lugar; fractura expuesta del primer metacarpiano izquierdo con orificio de entrada y salida de proyectil de arma de fuego; fractura de falange ungueal de cuarto y quinto dedo derechos; fractura quinto metacarpiano derecho, por proyectil de arma de fuego; orificio de entrada en cara interior de axila y de salida en región deltoidea derecha; orificio de entrada de región parotídea izquierda y orificio de salida en región esterno cleido mastoidea; gran hematoma en cuello; herida de arma de fuego, con orificio de entrada en región parietal derecha, penetrante en el cráneo y orificio de salida en región parietal izquierda; seis heridas en región dorsal, tres sobre escápula derecha y otras tres sobre escápula izquierda”.

En el caso de Raúl Arabel dice: “Herida por proyectil de arma de fuego en la cara anterior del cuello con fractura de clavícula y esternón derechos; herida por proyectil de arma de fuego en la región esterno cleido mastoidea izquierda; gran hematoma fronto ocular derecho por proyectil de arma de fuego; orificio desgarrado por proyectil de arma de fuego en región occipital línea media; herida en cara anterior de antebrazo izquierdo y otra similar en región dorsal; orificio por proyectil de arma de fuego sobre escápula izquierda y otra similar próxima a la línea media; gran orificio redondeado de 5 centímetros de diámetro con múltiples perforaciones en su periferia de donde se extraen varios proyectiles de arma de fuego a nivel de la región lumbar izquierda; herida desgarrada en cara dorsal de mano izquierda; profundos surcos a nivel de ambas muñecas”.

La reproducción de los informes en estas líneas, consignando una por una las heridas, no es gratuita. Tiene por objeto mostrar la ingeniería de las ejecuciones: primero el fusilamiento a granel de los cuerpos de las víctimas maniatadas y luego el tiro de gracia en la cabeza.

Casi cuatro décadas más tarde, este cuádruple asesinato –de la misma manera que todos los crímenes cometidos por el grupo parapolicial de la CNU platense entre 1974 y 1976– sigue impune. Por tratarse de delitos de lesa humanidad, no prescriben ni prescribirán. Pero ya es –tardía– hora de que se haga justicia.

Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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