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16 de septiembre: Golpe contra Perón

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Rememorando esta fatídica fecha para el pueblo argentino, acercamos el relato que hicieran Abelardo Ramos y Fermín Chávez sobre la Revolución Fusiladora que derrocara el gobierno del Gral. Perón, la cual cerró el ciclo de la Gran Década peronista que viviera nuestro país a mediados del siglo pasado.

Los Idus de septiembre – Por: Abelardo Ramos
Desde las jornadas ardientes de octubre de 1945, en ningún momento la oposición demo-oligárquica había abandonado la esperanza de derrocar por la violencia al peronismo. Esta conducta no varió en los diez años de gobierno. Con el apoyo moral y político del exterior, brotaron o se gestaron diversos complots, campañas o sediciones.

Al tiempo que el conflicto con la Iglesia conmueve al país, Perón introduce otro factor explosivo en el debate público.

El proyecto de contrato de explotación petrolera con una compañía norteamericana (la California), genera una polémica que, como en el caso de la Iglesia, lleva a una polarización extrema de fuerzas destinada a derrocar al peronismo. Como una voz de orden, el tema de la soberanía hace su aparición, con un fervor antes desconocido, en excelentes y viejos amigos de Estados Unidos e Inglaterra. Conservadores y comunistas, nacionalistas y liberales coinciden, con cifras y cláusulas convincentes, que Perón no sólo pisotea la fe de sus mayores, sino que es el mayor «vende patria» que la historia recuerda.

Claro está que algo sonaba a insincero y falso en este clamor. No solamente porque sus portavoces no constituían en modo alguno, por sus respectivos antecedentes, garantía de fidelidad en tal defensa de la soberanía nacional, sino porque Perón y su régimen a su vez, durante una década, habían demostrado de manera concluyente que nadie en el siglo XX exhibió tal firmeza y osadía en la protección del interés nacional.

Era perfectamente claro, para todos los sectores centrales del drama, que la Iglesia o el Petróleo eran manipulables pretextos destinados a preparar otro golpe militar. La sedición contó con dos episodios: el levantamiento de la Marina el 16 de junio de 1955, que fue vencido, y la rebelión del General Eduardo Lonardi, tres meses más tarde, el 16 de septiembre en Córdoba, que originó la renuncia de Perón.

Las instituciones católicas, los sectores de izquierda o derecha que, como siempre había ocurrido en la historia argentina, se unían contra cada movimiento popular. Esas jornadas repetían la lucha contra Yrigoyen en 1930 y la Unión Democrática (esta vez ampliada con los nacionalistas) de 1945. La oligarquía liberal, en alianza con la Iglesia, desenvolvió una poderosa ofensiva política que ganó la voluntad de numerosos oficiales del Ejército. La FUA (Federación Universitaria Argentina) realizaba mitines relámpagos en las calles céntricas al grito de: «¡Perón, Perón, muera!». Resulta muy curioso, pero desde 1930, 1943, 1945, 1955 y 1976, abuelos, padres y nietos repetirán fórmulas semejantes, bajo las máscaras más contradictorias.

Toda la historia nacional ofrece reiteraciones expresivas. Mitre, considerado por la mitología académica un historiador y hombre de Estado, siempre propenso a la «paz» y a la «conciliación», llevó sobre sus espaldas miles y miles de muertos (…) Su anglofilia condujo a la Guerra del Paraguay y su ineptitud profesional como militar llevó a la pérdida de una generación de jóvenes argentinos en las trincheras de esa guerra, así como a la masacre del gran pueblo hermano. Pero los presidentes populares –Yrigoyen y Perón– por el contrario, son inimputables de crímenes semejantes. En la Argentina, los demócratas fusilan siempre.

(Extracto de la obra Revolución y contrarrevolución en la Argentina, Tomo V, La Era del Peronismo).

Revolución Libertadora: La cuarta invasión inglesa – Por: Fermín Chávez
La contrarrevolución de 1955 no fue gestada en 1954. No nació con el negocio petrolero iniciado con la Standard Oil, ni en el conflicto con la Iglesia argentina. La confabulación venía tomando cuerpo desde la segunda mitad de 1950 y principios de 1951, a través de los trabajos que realizaban en el ejército Pedro Eugenio Aramburu, Luis Leguizamón Martínez, Benjamín Menéndez, Eduardo Lonardi y José F. Suárez.

Si el movimiento peronista y su gobierno tuvieron fuertes enemigos internos, no es menos cierto que los hubo mayores en el exterior. El principal, entre éstos, era un imperio en decadencia, pero un imperio al fin. Inglaterra, puesto que de ella hablamos, iba a jugar sus cartas con maestría y sin esos movimientos bruscos que delatan a los carteristas novicios. En este sentido, la Argentina de 1955 fue la carpeta de juego en que los legos debieron enfrentar, con desventaja, a los fulleros.

La revolución peronista hirió sensiblemente a las minorías oligárquicas y a la burguesía del país, pero también perjudicó ostensiblemente a los intereses británicos, que a la postre se unirían con quienes les ofrecieran la más segura posibilidad de revancha. Si es verdad que sancionó a los Bemberg, es cierto también que lesionó duramente la esfera de influencia de los británicos.

En un olvidado artículo periodístico, de 1957, Juan Perón señaló que la llamada “revolución libertadora” trajo la cuarta invasión inglesa. “Ante la incredulidad de propios y extraños –escribía-, nacionalizamos, comprando y pagándoles, los transportes, puertos, teléfonos, silos y elevadores, frigoríficos, servicios de gas y energía, el Banco Central, creamos la Flota Mercante, que llegó a ser la cuarta del mundo, y dimos al país transportes aéreos. Industrializamos la Nación facilitando la instalación de industrias pesadas. Asimismo, fabricamos gran cantidad de maquinarias y automotores. Así logramos la independencia económica, arrojando por tercera vez al invasor británico”.

(Extracto de la publicación de Revista Primera Plana Nº 507, 13 de septiembre de 1973).

Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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