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Magia y política: En el camino de Parque Centenario

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Horacio González* – http://www.lateclaene.com/#!horacio-gonzlez-i/c23w9

 

No fue magia es una parte de las frases que escuchamos. Es frase seria y eficaz. Un gobierno es un conjunto de hechos, acciones realizadas y construcciones fácticas a las que con razón, los gobernantes aluden como sello de su buena gestión. La magia, en cambio, sería la fuerte cuota, que –excesivamente-, a veces le  asignamos a los imponderables históricos. Son los factores inesperados, quiebres inéditos, virginidades repentinas, plegarias que coinciden con ciertos hechos sin vínculos causales conocidos. Muchas cosas puede ser la magia. Es habitual que el político  de realidades, aún el que no desdeña el sobrevuelo de “la fortuna” –oscura deidad de la política, que tiene su fuerza en lo indescifrable, como la caracterizó el saber clásico-, se exprese a menudo en términos de un fuerte acatamiento a las “dura vigas de la política” (Max Weber). Por eso llama a sus partidarios a que no crean en los “pececitos de colores”, en los “espejitos”, que en todas las tradiciones del lenguaje político, son las ilusiones que necesariamente acompañan a cualquier actuación política, pero que en el fondo le hacen daño. En las tradiciones del pensamiento político hay dos grandes vetas (es claro que no las únicas), que podríamos denominar, una, la utopista, y otra, la crítico-dialéctica. Ambas se cruzaron en el siglo XIX, por momentos compartieron la escena (el Marx de los “Manuscritos”) por momentos se apartaron (el Engels de la “crítica al socialismo utópico”). Theodor Adorno criticó también las utopías en nombre de la verdadera crítica –que se debía referir a los desengaños que produce la “dialéctica de la ilustración” restituyendo otra forma de dialéctica, llamada “negativa”. Si se me permite mezclar mucho los nombres, diré que Alfonsín, al comienzo de la reconstitución del andamiaje democrático en el país, invocó a la “utopía”, término extraído del viejo arcón del pensamiento político, con un poco de urgencia, para denominar la reinstalación de la democracia no sólo como concepto sino como forma de vida.

 

Pero también para salvar el hueco que quedaba del pensamiento derrotado (la acción revolucionaria, al fin y al cabo), con la que alfonsinismo sospechó que algo debía tener que ver, por lo menos, al punto de invocarla sigilosamente, a la par que a rechazarla como vía de acceso al poder. Pero algo intuyeron respecto a que la democracia como acto concreto en su soledad pírrica, no entusiasmaba a los vastos públicos que estaban dispuestos a otra escucha social y colectiva. Entonces, se alzó la idea de fusionar democracia y utopía, y así llegaron los escritos proporcionados por los nuevos teóricos de la “radicalización de la democracia”. De alguna manera, se resguardaba la cualidad esencial de la que gusta preciarse todo gobernante (la voluntad política efectiva, el realismo expresivo basado en hechos, equivalentes al “no fue magia”, canto a la osadía organizada de un Estado.)

 

Los gobiernos, aún los más atrevidos en sus realizaciones,  que por consiguiente no dudan en apelar a los atributos épicos de toda acción (lo épico es el albedrío esencial de todo acto de gobierno), saben que el resguardo y manutención del entusiasmo es el cimiento de los acuerdos democráticos de convivencia, la objetividad necesaria que mantiene a toda sociedad ensamblada en lazos  unitivos de “última instancia”. Siempre una sociedad lo es en última instancia, sólo las derechas piensan en consensos obligatorios y en herencias jerárquicas. En cambio, la reposición incesante de fracturas, pero con implícita salvaguarda del vínculo objetivante último, se mantiene incluso en casos de guerra civil. Cuando se dividen las sociedades (ellas viven de este modo, reproduciéndose por acto de simultánea división) y esas fisuras se hacen irreconciliables, se crean naciones diferenciadas. En casi   todas estas fracturas definitivas se exacerban formas alternativas de consenso y contratos colectivos, basados en razones étnicas y religiosas, antes que por la predominancia de separaciones sociales clásicas siguiendo la línea de las  clases sociales. Las llamadas sociedades de clases, hacen convivir amalgamas diversas con zonas de fronteras que se van marcando según líneas de conflicto que a su vez son parte de las historias sociales o nacionales. Ciertamente, los argumentos del “etnos” suelen ofrecer, con razón, más desconfianza que las estipulaciones del “demos”, en el momento de crear aglutinamientos y cimientos consensuales. Coincidimos con esto, excepto en los casos en que las sociedades dan pasos fundamentales en la creación del “etnos democrático”, esto es, marchas  hacia la utopía efectiva de convertirse en grandes democracias sociales y étnicas. Es una de las acciones más difíciles  y conmovedoras en la historia contemporánea. Ocurre en pocos lugares. Pero su presencia unilateral se halla esbozada –paradójicamente- justo en aquellos lugares donde hoy florece, mucho más, la guerra en sus fórmulas más escandalosas. Debemos pensar más en ello.

 

Escribo estas líneas apresuradas para examinar, aunque en la fugacidad de un artículo como éste, los comportamientos de las neo-derechas contemporáneas, que hacen convivir en su seno  consignas de craso realismo con un tipo de publicística muy lograda en torno a la “estabilidad de la vida”, las garantías para el “vivir mejor”, esto es, el abstracto apaciguamiento existencial que exigen la demandas de una cotidianeidad contenida, asegurada. En ese sentido, las derechas (falta aún calificarlas en sus nuevos procedimientos, no alcanza con decir derecha), se están encaminando hacia zonas muy precisas del uso de la “magia”. Llamamos de este modo, a los programas de invención de sujetos, actos de laboratorio aplicados desde gabinetes cuyos programas de estudio son las pulsiones que organizan la vida cotidiana y su sistema de flujos vitales. ¿Se podría decir que la armazón global que hoy gobierna a los medios de comunicación mundiales, enlazados en formas de racionalidad técnica-instrumental y en usos de las maleables retóricas urbanas al conjuro de todos los idiomas subterráneos del habitante anónimo, son eventos nuevos de las derechas implícitas? Pongo énfasis en este concepto de derecha implícita.

 

Hace mucho que nadie quiere ser de “derecha”, ni siquiera  “neo-liberal”. Las palabras abstractas queman; ellos precisan su abstracción favorita pero luego de demoler las demás: “la vida mejor”. La lógica existencial de los medios de comunicación está predeterminada por un llamado a la modernización, a la renovación de las costumbres calcificadas, a la crítica de lo calcáreo del matrimonio burgués nuclear (como decían derrotadas sociologías, la “familia tipo nuclear, papá mamá y una o dos chancletitas) y al mismo tiempo, oh sorpresa, no abandonar bajo ninguna certeza de las realidades  de “género”, que desde luego también se promueven, a las otras realidades nostálgicas, la familia burguesa tradicional y conservadora. Es habitual escuchar en la televisión un elogio: “tal o cual actor es familiero” (pudiéndose esperar de él, lógico, disipación y aventura), así como hace años que los “presentadores” más espectaculares de los medios, crearon un estilo “imbatible” que consiste en recrear toda clase de comportamiento moralistas mientras exhiben lo mismo que condenan con el secreto placer de mantener en un único manojo fraseológico, la transgresión y su condena, el porno y el pacato acto de santiguarse.

 

Cuando el gobierno de Kirchner descubrió lo que era inevitable, el estado de “dirección de las conciencias” que poseen los medios de comunicación, ensayó diversas recetas –están muy bien relatadas en el libro, fundamental, de Martín Sivak- hasta terminar en el “Clarín miente”, dio pasos significativos y que por la gran exigencia e importancia que tenían, precisaban mayores reflexiones y resguardos. Significaban a una apresurada consigna que retrataba un momento  de ruptura esencial, pero no estaba en condiciones de redefinir en términos más convincentes lo que es una “batalla cultural”. Esta denominación de cuño belicista era lo suficientemente gráfica para ser comprendida por todos, pero dejaba de lado un aspecto crucial de los procedimientos de “creación del lenguaje”. Todos usan islas de edición, fotomontajes, anulación de contextos, capturas de frases o interjecciones, canje de la partícula por la totalidad, convertir lo insignificante en estratégico. No sólo eso, se privaba también de  una historia más cuidadosa de lo que las tecnologías de la información produjeron –por lo menos desde la polémica de Alberdi  y Sarmiento sobre  este mismo tema en 1853- en términos de la ambigüedad particular que existe entre los hechos, su productividad, y el modo originario de sentido que no pocas veces se inicia propiamente en el seno de las redacciones cuando los “cubren”, eufemismo poderoso de la autocreación mediática. Las “campañas periodísticas”, que son el  otro nombre de la consabida batalla cultural, con muchos años de anterioridad a ésta, se abandonan a la hipérbole y el límite entre lo “sucio” y lo “limpio”, lo “positivo” y lo “denigratorio”, que en verdad no existe. El gobierno de Néstor y Cristina Kirchner fue un tipo de gobierno que llamaríamos politizador, es decir, que lo sedimentos inertes de toda sociedad, sus instituciones  y el Estado, fueron sometidos a una fuerte interrogación de sentido, indagándolos sobre las “falsas neutralidades” y conminándolos a largar “su verdad”. Recordaremos esta época por esas características inusuales. Se exigía a toda institución que revele sus partidismos ocultos, que encubren sus intereses “particulares” que querían revestirse de universalidad.  

 

Cuando se dice que el macrismo es despolitizador, es una verdad a medias. No lo es como mera contraparte de las orientaciones de sensibilidad pública que provocó el kirchnerismo, que a lo que estaba “naturalizado” –dicho con la expresión vulgar de la época- lo dejó librado a la discusión respecto a qué poderes finales reproducía. No, el macrismo critica ese movimiento de desnudamiento y quiere volver las instituciones a su estado “republicano”, entendido no a la manera clásica, sino como un interés particular económico subsumido en una lógica social general, no interrogativa, más bien sumisa al dicterio de ese falso universal. Pero para el kirchnerismo el Estado, los bancos, las finanzas, los medios, la palabra escrita, todo fue puesto en la mesa de disecciones de la política, omitiéndose el monto abultado de acatamientos con que toda sociedad consagra a sus lugares comunes. La acusación de “crispación”, que durante varios años corrió por la prensa mundial, se refería a que el gobierno revisaba las bases constitutivas de las instituciones militares, judiciales, económicas y comunicacionales. Desde luego, del tipo de lugares comunes que suelen consagrar los medios de comunicación hubo mucho, muchísimo por parte del propio gobierno, y verdaderamente, los lugares centrales del cuestionamiento a las hegemonías ya-dadas, al sentido común dominante, se desarrolló con el concepto de que toda noticia era una “construcción de sentido” elaborada por órganos específicos de relato y que toda acumulación financiera era una conjunto reproductivo de acciones de poder sobre una cadena de significantes implicada por el dinero o las mercancías dinerarias. Lo primero se hizo frente a los grandes medios, considerados corporaciones o monopolios, y lo segundo frente al capital financiero aliado a la plusvalía jurídica de instancias muy precisas de la justicia globalizada norteamericana. El gobierno tenía razón, pero el costo de desdibujar la objetividad social mínima era muy alto, además de que también precisaba crear fórmulas objetivas sustitutas. Estamos, en esta compleja historia, ante un gran acto de direccionamiento social, que exige y exigía mayores compromisos de búsqueda de una cosmovisión superadora. Muchas veces se insinuó, otras apenas asomaba.

 

La acción mediática y financiera responden a la misma lógica del flujo vital encarnando modulaciones circulatorias de dinero futuro y bonos comunicacionales, con una alta capacidad de impregnación. Están enlazadas como bancos de datos rizomáticos al cuadro de la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo, ejercen un influjo colonizador alojado en el lenguaje, cuya máxima metáfora se encontró en las redes sociales –que cumplen el papel dual de difusoras de movilización y de obstáculo cognoscitivo, tanto para efusiones colectivas de izquierda o de derecha-, y es una metáfora biopolítica: la viralización. Ella produce un efecto sustitutivo del pensamiento crítico, y desde un punto de vista civilizatorio, esta es una máxima tragedia contemporánea.

 

Los gobiernos populares, en muchos lugares, encontraron la fórmula del buen vivir, teñida de indigenismo. En nuestro país, el efecto politizador de las acciones del gobierno, al revisar los sedimentos inertes de las instituciones, dejó intocados ciertos actos de consumo colectivo, que al aumentar en las estadísticas (de vacaciones, viajes al exterior, o trabajo a pleno de restaurantes) eran festejados como actos del buen vivir, así como ciertas interpretaciones de la industria cultural (indudablemente, debe haber una política para ella) que no la hacían pasar del entretenimiento de masas tomado en su punto de menor  exigencia, salvo numerosas excepciones que también marcaron la época. Este es un arduo problema que ha llevado a recientes opiniones, a mi juicio desacertadas, tachando de “elitista” a quienes discuten, como en mi caso, las opciones de quincallería cultural de la más rústica industria del espectáculo para acompañar sus expresiones políticas. Se dirá que en una elección todo es necesario. Diré entonces que los que cultivamos las vetas artísticas de lo popular más cercano a las reflexiones más agudas sobre sí mismo (sin las cuales ni lo popular ni lo erudito existen) debemos sostener esta polémica y sorprendernos, a la vez, por quienes se dicen de izquierda y temen contradecir los sonidos estandarizados del mercado global destinado a recrear lo popular como un simple caso de vulgaridad prejuiciosa, produciendo una herida brutal en sus razonamientos. Pensar a contrapelo de lo popular como una instalación del mercado de productos de masas, no es tarea fácil. Algunos creen que es fácil cuando pontifican contra la megaminería, sin tener en cuenta que en los lugares donde más brutamente se hace cuenta con apoyo popular, pero ensayan por otro lado epítetos contra un supuesto “elitismo”, cuando necesitan cuestionar a los que planteamos problemas intelectuales sin esgrimir necesariamente la condición de tales  (que se usa muchas veces como una injuria, aunque todos los problemas verdaderos son de índole intelectual, más allá de que ese concepto defines a tales o cuales personas o que ellas se dejen definir por él). Entonces se acuerdan de que existe la cumbia o la música tropical, y  se disponen a defenderla como “sociólogos de la cultura”. Pero nadie las ataca, ni a esas expresiones ni a otras del acervo pasteurizado de lo popular reinventado por discográficas oportunistas o vendedores de ilusiones de las gerencias de los programas masivos de televisión.

 

Solamente que algunos no abandonamos la crítica que supone ver los movimientos sociales junto a sus opciones artísticas como un dilema en la plena producción de obras y opciones estéticas, y no como un ámbito ya decidido por los medios de comunicación. Y ese es también un problema político. Más precisamente: político-cultural. Y también electoral.

 

La elección que hizo Macri, superior a lo que él y todos esperaban, tiene una explicación serena y aceptable en el examen del cuerpo electoral, sus reacciones ante los candidatos y su capacidad libre de opción. Indudablemente, el acto del voto, visto uno por uno, habla de una autodeliberación democrática insoslayable e insustituible por ninguna otra razón que fuere. En eso estamos totalmente de acuerdo. Pero ese acto de libertad repetido en cada uno de los votantes está sometido a una campaña, expresión de origen militar, que supone el uso de argumentos diversos para volcar conciencias, convencer a los incrédulos, atraer prosélitos, misionar para llegar al corazón de los indiferentes. En los tiempos de los oradores callejeros y de los partidos políticos con bases sociales más o menos permanentes, esto era una cosa. Y otra cosa en los tiempos de la biósfera comunicativa (o el nombre que le queramos poner, porque no es fácil hacerlo, porque es el lugar donde se definen los deseos y pánicos colectivos, la bóveda pedagógica que sale de nuestras frases ocultas y las que pueden sustituirnos en esa dimensión donde nuestra perplejidad calla). Entonces, ya no es imposible ver al electorado, recorrido en su cuerpo heterogéneo y enrarecido, por toda clase de fábricas de animosidades y objetos morales subterráneos. Suele decirse que Macri encubre lo que es (lo que demostraría por su archivo, por su pasado de empresario privatizador, etc.) y que la campaña que se oponga a su rauda elección pasada debe contener una denuncia a su carácter encubridor. Este pensamiento es hijo del viejo recurso de las izquierda clásicas, respetables recursos, por los cuales se “desenmascara” a las burguesías, hijas a su vez de un tipo falso de objetivación, que puede muy bien interpretarse con las venerables tesis de la alienación social o del trabajo convertido en fetiche hipotecado a fuerzas que le extraen su espíritu para convertirlo en capitalismo cosificado.

 

No está mal, por cierto, desmitificar. Pero lo cierto es que Macri dice muchas más cosas que las que hay que desenmascarar. Y basta escuchárselas. Sin duda, su afirmación de que respetará conquistas sociales es sumamente dudosa, así como que no va a devaluar o que conservará los planes de subsidios por hijo, etc. Lo dudamos, pero nuestra duda, junto a la de miles y miles, no es un gran instrumento electoral, porque la demostración perfectamente plausible de que la segura devaluación lleva a la pérdida de empleos y salarios, tiene escaso poder de convicción pues, aunque de naturaleza extremadamente trágica, opera sólo en la conciencia despierta de la población, pero es neutralizada por el sintagma triunfante que pregona “cambios”. No se dice aquí que hay que abandonar está prédica basada en el ostensible “neoliberalismo” del candidato. Pero hay otras dimensiones que ya no atañen al “desenmascaramiento”, sino a las nuevas vestiduras que se ha puesto como parte de una continuidad cultural-semántica que viene de los años del menemismo: el acto agregatorio o sumatorio de identidades, ese magma de entrecruzamiento que llamó a peronistas con ucedeístas y ahora a peronistas con neoliberales, peronistas con macristas, e incluso, macristas considerándose liberales de izquierda, y un poco más allá, Macri no sólo inaugurando un monumento de Perón, no sólo denominado como “hombre de izquierda” por Durán Barba, sino hablando de “Cordobazo del conocimiento” en Córdoba, una joya de la transfiguración de los sentidos, que obedece al nietzschismo de derecha del famoso asesor ecuatoriano, al que no parece que haya que desenmascarar, pues todo esto lo tiene escrito en su magno libro  de astucias y tramoyas. Es un funcionario “espectacular” –como suele caracterizar a todos los epifenómenos de conquista de voluntades electorales, pero por medio de una semiología de las peores conciencias deseantes, lo que incluye sus estereotipos recelos, modismos lingüísticos, gustos por el folletín exaltado, por novelas ojivales, pena de muerte, cánticos lúgubres de inseguridad, clandestinidades góticas, perjurios asesinos, gobiernos complotados, corrupción transversal, planes sociales que afectan al verdadero trabajador y sostienen a los pillos. Es decir, un discurso nuevo para ahondar en las fisuras ya agrietadas de la vida popular. Para vulnerar sus defensas, incluso se apela a temas revolucionarios y a alegorías de insurrecciones pasadas.

 

Lo hace también, en muchos sentidos, la publicidad oficial. Pero está condenada a repetirse y no tiene las manos libres. El gobierno ha hecho mucho y declara que no fue magia. El otro viene a desmoronar buena parte (la mejor parte) de lo hecho pero se proclama en adhesión a lo que antes vituperaba. Pero además, actúa como un mago. Para él, todo es magia. Cuando dice no quiero nada para mí, todo lo hago para mejorar la vida de la gente, actúa con la convicción de que las conciencias ya han sido lo suficientemente vulneradas como para que esa colección de palabras inanes sea efectiva. Diluye la lucha por el poder, por el sentido de la historia, por la memoria colectiva (que no es un macizo de cosas a nuestras espaldas sino un rastro etéreo que aparece según las veleidades de nuestro presente y que ahora está en peligro). Nada de lo que decimos puede ser creíble, por lo tanto la principal lucha es re-asociativa. Re-asociarnos a las creencias circulantes, a sus ocultos mitos, sus recónditos deseos. Por eso, a nuestras palabras les está faltando algo, que quizás la palabra magia no atina a definir bien, pero nos estamos refiriendo al halo que atraviesa conciencias y lenguajes y reúne con verosimilitud probada los sentimientos cotidianos, las formas diarias del lenguaje y las grandes edificaciones históricas. Segmentos importantes de esta relación los poseemos, pero falta aún –y es urgente hallarla- la pócima que los conjugue en consignas no triviales ni ya montadas una y otra vez sobre nuestros módulos más transitados. No propongo abolir arquetipos, que son cimientos secretos de nuestras conciencias. Propongo reinventar nuestro canon, nuestras formas ejemplares, nuestros modismos de habla capaces de la mayor diseminación. Sin ocultar lo que somos. En algún punto debemos reencontrar la política y el sortilegio. En el camino de Parque Centenario, auto-convocados para que no diluya esta memoria trabajosa ante la cual nos comprometimos. Para reponer la utopía, el voto utópico, frente a las abstracciones sin justicia, sin espesura histórica y que confiscan los memoriales compartidos.

 

*Sociólogo, ensayista. Director de la Biblioteca Nacional

Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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