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El Che presente y ausente en la revolución boliviana

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Hugo Moldiz – http://www.la-epoca.com.bo/index.php?opt=front&mod=detalle&id=5666

A 49 años del asesinato del Che y a 11 años de iniciado formalmente el proceso político de cambio más profundo de la historia boliviana, es obvio, -no podía ser de otra manera por diversidad de razones-, que existan presencias y ausencias del pensamiento y la acción del “Guerrillero Heroico”.

La presencia del Che está desde la segunda mitad del siglo XX. Esa es una realidad. La está ya sea para dotar de sentido político a las gestas emancipadoras o para interpelar a la conciencia social sobre las cosas buenas que se están haciendo en la Bolivia de Evo Morales, pero también debería estarlo –ahí está la ausencia- respecto de los errores y equivocaciones.

Por eso no es exagerado afirmar que las fuentes de la revolución boliviana, si tendría que hablarse y escribirse de ella desde una perspectiva que rebase las concepciones de la historiografía oficial dominante latinoamericana, se encuentran en la articulación temporal de tres grandes resistencias y luchas emancipadoras:1) las rebeliones indígenas contra el invasor colonial, primero, y luego contra la caricatura republicana no menos colonial, 2) la gesta guerrillera de Ñancahuzú y sus réplicas posteriores, y 3) la lucha y rebelión contra el modelo neoliberal. Es decir, no son dos sino tres las fuentes o causas estructurales determinantes de la actual revolución en curso.

Cuando evocamos la figura del comandante Ernesto Che Guevara, o pronunciamos su nombre, inmediatamente nos viene a la mente esa figura tan conocida con su boina y en ella la estrella, su uniforme de guerrillero y sus hazañas combativas en la Sierra Maestra y selvas bolivianas. Pero el Che es algo más que eso. El Che es un profundo pensador político de amplia formación marxista-leninista.

El Che presente

La presencia del Che en la actual revolución boliviana surgió, como también es obvio pero no innecesario señalar, desde “abajo” y desde lo más profundo de las organizaciones indígenas, campesinas y obreras. El Che es parte inseparable de esa “nación clandestina” que nunca ha dejado de pelear por construir la dignidad que le fue negada desde la fundación de la república.

Pero ahora el Che es parte inseparable de los sueños y esperanzas que se alimentan en el proyecto por el socialismo comunitario para vivir bien. Contra la rabia imperial y de la derecha nacional, Guevara entró a los centros institucionalizados del poder político el 22 de enero de 2006 en el corazón y la palabra de Evo Morales, quien en el acto de posesión en el entonces Congreso Nacional –hoy Asamblea Legislativa Plurinacional-, pidió un minuto de silencio para los héroes y mártires de la liberación nacional y de manera clara y directa señaló que la revolución democrática y cultural que se iniciaba en Bolivia era el resultado de la lucha anticolonialista de los pueblos y de líderes indígenas como Tupac Katari, y de revolucionarios como Ernesto Che Guevara.

“Para recordar a nuestros antepasados por su intermedio señor presidente del Congreso Nacional, pido un minuto de silencio para Manco Inca, Tupaj Katari, Tupac Amaru, Bartolina Sisa, Zárate Villca, Atihuaiqui Tumpa, Andrés Ibañez, Ché Guevara, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Luis Espinal, a muchos de mis hermanos caídos, cocaleros de la zona del trópico de Cochabamba, por los hermanos caídos en la defensa de la dignidad del pueblo alteño, de los mineros, de miles, de millones de seres humanos que han caído en toda América y por ellos presidente pido un minuto de silencio”, fueron las palabras de Morales.

«Vamos a seguir las luchas de Tupac Katari y las tareas que dejó el Che las vamos a llevar adelante nosotros», expresó el presidente indígena a manera de sintetizar, en los dos grandes revolucionarios, ambos asesinados por su lucha implacable contra los imperios dominantes —el primero español, el segundo estadounidense—, la doble contradicción que un país como Bolivia tiene: clasista y nacional.

Las palabras de Evo Morales, por citar al líder histórico de la actual revolución boliviana, no resultan aisladas ni mucho menos representan una agresión discursiva contra la gente. En Bolivia se ha dado una apropiación social del revolucionario argentino-cubano. En el imaginario colectivo el Che es sinónimo de valentía, consecuencia, antimperialismo, humanismo e internacionalismo. Es la ratificación de que mientras haya alguien en el mundo víctima de una injusticia, habrá más de una razón para seguir luchando.

A pesar de que la campaña mundial orquestada por el imperialismo contra el pensamiento de Guevara ha tenido a Bolivia a uno de sus escenarios de aplicación, el Che nunca dejó de vivir en la cabeza y en el corazón de esas multitudes de indios, obreros, trabajadores y estudiantes que durante décadas resistieron a los planes de los Estados Unidos y de sus gobiernos, a veces militares o civiles. Unos siguieron su práctica, otros admiran sus ideas, pero todos, aún sin atreverse a definirse como guevaristas, siempre han levantado en alto la causa de un argentino que cuanto más conocía el continente cada día se hacía más latinoamericano.

El escritor y periodista David Rieff recuerda que cuando le preguntó a Evo Morales por qué le gustaba el Che, el líder boliviano le respondió sin dubitación: «Me gusta el Che porque él luchó por la igualdad, por la justicia» y, para añadir mayor fundamento, subrayó: «no solo se preocupaba por la gente común, sino que hizo suya la lucha de todos ellos». En la entrevista Morales sostuvo con la mirada firme clavada en los ojos del periodista el por qué admira al Che Guevara: “Porque dio su vida por la humanidad. Llevamos al Che en el pecho, en el corazón. Somos guevaristas, somos humanistas, somos revolucionarios. Para mí el Che sigue vivo. Las tareas que él dejó las vamos a llevar adelante nosotros”, sostuvo el presidente boliviano.

El imperialismo se equivocó. El asesinato del Guerrillero Heroico provocó el estampido del Ñancahuazú en el mundo en general y en Bolivia en particular. «Podría decirse también: en nuestro pueblo, en los pueblos de América Latina y en los pueblos del mundo, hay muchos Che». El Che se salió con las suyas. Rompió el cerco. La leyenda que en vida construyó Guevara por su participación en la Revolución Cubana y la imagen proyectada en la lavandería del hospital de Vallegrande, donde fue exhibido a la prensa nacional e internacional, repercutió en amplios sectores de las clases medias urbanas, particularmente universitarias.

Se convirtió el Che, entonces, en un símbolo de lucha, resistencia, humanismo y antimperialismo. Su ejemplo empujó a Inti Peredo, quien sobrevivió a la guerrilla de Ñancahuazú, a reorganizar aceleradamente el Ejército de Liberación Nacional (ELN) con la participación de los más destacados jóvenes de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, en su mayor parte de la Juventud Demócrata Cristiana Revolucionaria, con el objetivo de cumplir con la promesa de volver a las montañas. En julio de 1968, el ELN y el comandante Inti Peredo, de quien el Guerrillero Heroico tenía el mejor concepto, emitieron un manifiesto titulado «Volveremos a las montañas», en el cual, en medio de un amplio análisis de la coyuntura y de la reivindicación de la experiencia guerrillera de Ñancahuazú, se sostenía: «La guerrilla boliviana no ha muerto. Acaba de comenzar». Y la promesa fue cumplida. El Che estuvo en Teoponte, en la resistencia contra la dictadura de Hugo Banzer, en la lucha contra el neoliberalismo y ahora, de manera contradictoria, en el proceso de cambio.

Pero quizá el mayor de los efectos del estampido de Ñancahuazú tuvo que ver con la irradiación del ejemplo del Che en el campesinado boliviano, que a fines de la década de los 80, tras el colapso del proletariado minero, empezó a construirse como el articulador del bloque indígena, campesino, obrero y popular que primero fue dirigente y luego se elevó a la categoría de bloque dominante.

La inclinación de los campesinos hacia los puertos antimperialistas tampoco es un accidente. La importancia del campesinado en la lucha revolucionaria en América Latina ya fue destacada en la Segunda Declaración de La Habana y recogida por el Che en la «Guerra de guerrillas: un método». Si bien, por la situación particular del desarrollo histórico de ese momento, se concebía al campesinado como actor fundamental en la lucha armada, una lectura más amplia, también marxista y guevarista, permite confirmar que los hombres y las mujeres del área rural, de las comunidades indígenas de Nuestra América, como decía Martí, se proyectaban a constituirse en sujetos históricos en la lucha por la segunda y definitiva independencia.

Pero, volviendo al papel del campesinado en los proyectos liberadores, el Che, en el capítulo 1, «Esencia de la lucha guerrillera», de su libro La guerra de guerrillas, establece que son tres los aportes que hizo la Revolución Cubana al movimiento revolucionario de América Latina: 1) Las fuerzas populares pueden ganar una guerra contra el ejército, 2) No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas, y 3) En la América subdesarrollada el terreno de la lucha armada debe ser fundamentalmente el campo.

A estas alturas, no es una exageración afirmar que las ideas del socialismo científico penetraron en los campesinos e indígenas bolivianos a partir del guevarismo, y esa organización política campesina que, desde la segunda mitad de los años ochenta, empujó la construcción del Instrumento Político el cual, sin renunciar a la forma partido, apropiado para participar en política en la civilización moderna, se ampliaba a otros ejes ordenadores y reguladores de la participación política de los campesinos e indígenas de las tierras altas y bajas, propio de otros dos órdenes civilizatorios de la formación social boliviana: la agraria —de quechuas, aymaras y guaraníes— y la nómada, de los indígenas de las tierras bajas.

El Che como ausencia

Pero también existe en Che como ausencia en el proceso de cambio. Esta falta del Che se explica por las especificidades y particularidades de la revolución boliviana, pero también ayuda a comprender lo que todavía quizá se esté a tiempo de corregir para defender la revolución.

Uno de los principales aportes del Che a la teoría y práctica marxista, entonces emancipadora de los pueblos, es el papel de la conciencia en las transformaciones del Estado y la sociedad. Aunque no se puede absolutizar, pues algo de conciencia se necesitó para resistir y vencer al neoliberalismo, es evidente que no es el suficiente para gestionar el Estado Plurinacional ni mucho menos para materializar el horizonte de nuestra época: el socialismo comunitario para vivir bien.

Bolivia era país más atrasado de América Latina después de Haití. Hoy, en 2016, es el país que más crece y el que mejor distribuye la riqueza en la región, lo que ciertamente expresa un proceso de igualación social sin precedentes en toda su historia. Ese es un dato indiscutible.

Pero, parafraseando al Che, “el socialismo económico sin la moral comunista no me interesan”. En éste tránsito de la Bolivia capitalista-colonial a la Bolivia Socialista Comunitaria para Vivir Bien, lo que está fallando son muchas cosas. La conciencia y moral revolucionarias quizá la más importante. Salvo los máximos conductores de la revolución boliviana y pocos de sus colaboradores, en el mayor de los casos existen buenos técnicos pero que no creen ni apuestan por el socialismo.

A nivel social el tema es complicado. La lucha por desplazar al viejo bloque en el poder, lo que ciertamente ha ocurrido en 2009 tras resolverse el empate catastrófico, ha sido entendido por no pocos dirigentes de distintos niveles bajo la lógica de ocupar el lugar del “otro” cuando de lo que se trata de destruir la racionalidad opresora y explotadora del “otro”. Es desplazar al “otro” para no hacer lo mismo, para no fetichizar el poder entre ellos.

El retorno a los intereses y visiones corporativas de corto plazo, relegando o abandonando el interés y sentido común, explica no solo la falta de conciencia sino el peligro que acecha al proceso político más profundo de nuestra historia. Ese retorno al interés corporativo es un retorno a una conciencia capitalista sin la cual no se puede construir una sociedad pos capitalista. Ni que decir de la juventud que explica su participación en el proceso a partir de la ocupación en los puestos oficiales de dirección y no desde su presencia combativa en la sociedad, donde hoy se está jugando la continuidad del proceso. Sin hombre (y mujer) nuevos, como diría el Che, no es posible superar el capitalismo.

Y la conciencia se construye cambiando las condiciones materiales de la gente. Eso hace Evo todos los días. Pero también se construye con educación política y con organización, que es el gran déficit que se hace angustiantemente visible todos los días. La ausencia de organización –llámese partido o lo que fuese- es el gran desafío a emprender si se quiere sobrevivir.

La Revolución Boliviana es joven, y, parafraseando al Che, si es verdadera triunfará. Todavía es demasiado temprano como para hacer balances definitivos. Sin embargo, una cosa es segura. El Che estará con su fuerza moral, simbólica e intelectual en cada combate que Bolivia libre por profundizar su revolución.

Autor: Sergio

boquense ortodoxo

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