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Venezuela 2018: retos de una política revolucionaria

Manuel Azuaje Reverón * – http://www.la-epoca.com.bo/index.php?opt=front&mod=detalle&id=6611

El año que cerró hace unos meses fue sin duda uno de los más convulsos en la historia reciente de Venezuela, el panorama cambió a través de giros bruscos e inesperados que difícilmente podían advertirse con antelación. Prácticamente mes a mes, semana a semana la incertidumbre fue el estado de ánimo generalizado de quienes no tenemos acceso a los entretelones del alto poder. Sin embargo, el paisaje se fue aclarando a partir de la segunda mitad y la velocidad de los acontecimientos se redujo significativamente. Decenas de movilizaciones de calle, acciones violentas, planes insurreccionales, conflicto de poderes, helicópteros disparando en el centro de Caracas, cientos de muertos y tres elecciones más tarde, el gobierno anunció el triunfo rotundo de la paz en el país. Sin detenernos en un análisis exhaustivo de estos sucesos, porque el objeto de estas reflexiones es el futuro inmediato, es necesario partir de un desmenuzamiento de esa victoria caracterizada por el presidente Nicolás Maduro. Tomando eso como punto de partida realizaremos una aproximación a los retos del 2018.

Es innegable que en enero del año en curso la situación fue muy distinta a la de diez o nueve meses antes. El gobierno venezolano, encabezado por Maduro, pudo derrotar medio año de acciones con distintos niveles de violencia, operaciones que fueron caracterizadas por los líderes de la oposición -especialmente los del partido Voluntad Popular- como parte de un plan para presionar hasta lograr la renuncia del presidente. Freddy Guevara, vicepresidente de la Asamblea Nacional y dirigente del partido de Leopoldo López, no dudó en reiterar varias veces que la intención de las protestas era producir un caos tal que obligara a la sustitución del gobierno, a lo que se suma la activación de distintos mecanismos internacionales.

Este elemento es muy importante porque los acontecimientos del primer semestre del año fueron ciertos, se reactivó el mismo plan que en 2014 se denominó La Salida y condujo a una escalada violenta que perseguía forzar una salida de Nicolás Maduro del poder. Igual que en aquella ocasión el sector más radical de la oposición venezolana se apoderó de su dirección -o los dejaron hacer, pensando que podrían tener éxito- activando un conjunto de estrategias de calle que se han empleado en otras oportunidades. Al respecto hay que decir que de la misma manera que es condenable cualquier exceso por parte de las fuerzas de un Estado, debe ser condenada y evidenciada la violencia política ejercida por grupos de derecha contra los ciudadanos solo por poseer una tendencia distinta o identificarlos como objetivos de guerra. También es necesario condenar y señalar el plan confeso de la dirigencia de la MUD para inducir un colapso del país a través de esa violencia. Esa derecha es real y representa una amenaza para la mayoría del pueblo venezolano, es su antagonista de clases histórico. En muchos balances y análisis críticos de los gobiernos denominados “progresistas” se obvia la existencia de ese conflicto.

Una vez más, producto de esa escalada de violencia y su postergación en el tiempo, se produjo un desgaste del capital político opositor y al mismo tiempo un cansancio en amplios sectores de la población afectados por la situación de caos. Este factor fue determinante en el triunfo de la elección a la constituyente convocada desde el ejecutivo nacional, al que se le suman otros elementos en los que no me detendré. Fue expresión de una estrategia equivocada de la oposición, que esperaba producir condiciones internas para una intervención externa, a la vez que reveló astucia política por parte del gobierno. Ese acontecimiento representó un punto de inflexión, la desaceleración de la capacidad de movilización de la oposición diametralmente opuesta a la consolidación del gobierno. Luego ocurrieron las elecciones de gobernadores y de alcaldes en las que se expresó ese fenómeno.

Frente a ese panorama, la paz conquistada y celebrada por el gobierno en diciembre representa una estabilidad política a su favor, gracias a la que ha podido iniciar este año con un control absoluto de la política nacional, a nivel institucional y territorial. Es cierto que en la medida en que esa situación es producto de una derrota del plan ejecutado por la derecha -que representa un peligro real para la clase trabajadora y el pueblo venezolano en general- se podría hablar de un relativo triunfo popular. Los sectores más radicales de la derecha nacional y sus aliados internacionales fueron derrotados, esa derrota en sí misma representa un beneficio para el pueblo trabajador.

Ahora bien, no todo es color de rosa, como sabemos todos los que día a día recorremos las calles de nuestro país. Se logró una paz política expresada en una estabilidad pero ¿a costa de qué se logró esa estabilidad? Es esta la pregunta que nos permite arrancar la exposición de los retos para una política revolucionaria. El punto de partida y ancla de la reflexión es la realidad venezolana, por lo que estos planteamientos están relacionados directamente con lo que sucederá este año, sin embargo mantendremos un nivel de abstracción tal que permitan ajustarse a otras circunstancias geográficas e históricas.

En Venezuela se ha alcanzado una estabilidad, con lo que se ha logrado un objetivo importante para llevar a cabo políticas que atiendan los problemas que se padecen día a día, la cuestión reside en que al parecer que esa estabilidad se logra a costa de sacrificar otras cosas. De acuerdo a esto es oportuno señalar que el primer reto para una política revolucionaria consiste en definir una estrategia clara para la acción desde la cual exista claridad respecto a qué se negocia y cuál es el límite de lo innegociable. La política revolucionaria debe partir del análisis concreto de la situación concreta para poder comprender una realidad multifactorial y cambiante. La estrategia de una política revolucionaria está determinada por las condiciones de ese análisis. Las lecciones históricas nos permiten concluir, junto a pensadores y figuras de la acción revolucionaria, que la estrategia no puede definirse abandonando las condiciones pragmáticas específicas, eso sí, siempre y cuando tampoco se abandone el horizonte revolucionario contenido en un proyecto a largo plazo. Mantener el poder es un objetivo táctico de la revolución, pero un gobierno que pretenda permanecer siéndolo ha de tener claro que permanecer en el poder solo tiene sentido si es para avanzar en la revolución. Mantener el poder sacrificando la revolución es peor que perder el poder contenido en el gobierno. Sucede con frecuencia que para sostenerse en el poder se tienen que flexibilizar algunos elementos en el proyecto, el dilema radica en las dimensiones de los cambios y su profundidad, pudiendo ser tal que finalmente se permanece en el poder pero con otro proyecto.

La cuestión de las negociaciones políticas aparece directamente relacionada con la permanencia en el poder. Hasta hace poco se llevaba a cabo un proceso diálogos políticos, reconocido por las partes, tanto el gobierno como la oposición. Desde afuera se puede intuir que producto de esas negociaciones se han generado algunas alianzas con sectores moderados de la derecha con la finalidad de desmovilizar a los grupos más radicales. Ahora, esos grupos son moderados en cuanto a lo político, pero es muy claro que no lo son en cuanto a los intereses de clase que representan. Sabemos que los grupos políticos representan a su vez distintos intereses económicos, especialmente en un país donde el acceso al Estado puede suponer un rápido enriquecimiento. Un reto para la política revolucionaria venezolana consiste en conocer claramente cuáles son los distintos intereses de los sectores con los que establece negociaciones y no ceder en aquellos compromisos directos con los intereses de las mayorías a las que se debe.

Si existen dudas en relación al contenido real de las negociaciones entre el gobierno venezolano y la oposición en sus distintos niveles -es conocido que los canales de negociación no solo son los que se presentan en televisión- es producto de la poca transparencia con la que se llevan a cabo esos procesos. La pérdida de la confianza en un proceso político y su dirigencia empieza ahí donde no hay una comunicación transparente y honesta respecto a lo que sucede. Una política revolucionaria debe anclarse en la transparencia como un principio inquebrantable. Lo cual no implica que se diga todo, sino que se actúe con honestidad. Recobrar la confianza perdida pasa por inyectar transparencia en todos los niveles de la política. La transparencia es un principio ético-práctico que debe imponerse a toda revolución y se construye a través de la creación de canales de diálogo directo con la gente, no sólo con la que está satisfecha sino especialmente con la que tiene dudas. Es necesario el encuentro con los aliados, desde los partidos hasta los movimientos. Es un reto para la política revolucionaria en Venezuela reconquistar la confianza a través de la constitución de canales eficientes de diálogo que cubran de la transparencia necesaria no solo las negociaciones sino todos los campos de lo político.

Así como la amenaza de la derecha interna es real -se ha experimentado no solo durante los primeros meses del 2017 sino desde hace años- también es real la amenaza del imperialismo norteamericano y sus gobiernos satélites. Como fueron verdaderas las guarimbas, fue cierta la total desmesura e hipocresía como se trató el tema de Venezuela en organismos internacionales como la OEA, La Unión Europea o el denominado Grupo de Lima. Así mismo es real la reciente presencia de Rex Tillerson en América Latina, alentando las presiones militares sobre el territorio venezolano, buscando cuando menos una salida forzada similar a la del sandinismo sin descartar una al modelo tradicional. Venezuela se encuentra en el medio de un huracán geopolítico que tiene distintos niveles de intensidad, cualquier caracterización crítica de la situación, de su gobierno y sus políticas tiene que contemplar ese elemento.

Dicho esto, también hay que destacar que la pretensión de derrotar las amenazas del imperialismo, de la derecha local y regional sin profundizar en las alianzas con todos los factores que han confluido y confluyen en el proyecto para profundizar la revolución, fracasará estrepitosamente. Es un reto para la política revolucionaria enfrentar las amenazas a partir del fortalecimiento de las alianzas con los sectores de clase que históricamente han acompañado el proceso político. Solo reconstruyendo el bloque hegemónico se puede enfrentar definitivamente la contrarrevolución. De lo contrario, se corre el riesgo de ver enemigos en donde no los hay y tratar a los aliados con los mismos mecanismos que a los adversarios de clase, perdiendo de vista precisamente el propio carácter de clase del conflicto, única coordenada para identificar aliados y adversarios reales. La agresión externa y externa no debe conducir a una situación de desespero en la cual cualquier diferencia interna es vista como un antagonismo absoluto. Todo esto partiendo de que no se quiera conceder hasta finalmente no representar una amenaza para ninguno de aquellos sectores, con lo cual no hace falta sino reconocer el fin de todo proceso revolucionario.

La política no es un asunto puramente formal, por lo tanto una aparente estabilidad en lo formal que no viene acompañada por una estabilidad material es un cascarón vacío. La paz en lo político necesita tener un correlato en lo económico, donde cada día se percibe lo contrario, no hay paz en los bolsillos de la gente que vive de su trabajo. Una política revolucionaria entiende la totalidad del campo político desde la materialidad de la vida de los ciudadanos y apuesta a soluciones estructurales que apunten a la transformación de lo existente y la construcción de relaciones alternativas. La creación de instrumentos que solo resuelven de manera superficial y continúa la formas clientelares propias de la vieja política, es diametralmente opuesta a cualquier política que quiera denominarse revolucionaria. La edificación de un aparato político a partir de la reproducción de elementos clientelares no puede conducir sino a una política fracasada en el largo plazo. Una política revolucionaria no solo debe generar sistemas para identificar los problemas sino que dicha identificación ha de conducir a la creación de políticas que atienden a la raíz y al mismo tiempo a la aparición de nuevas relaciones sociales.

En relación al Petro reafirmamos lo dicho en el párrafo anterior, sobre todo cuando abundan las posiciones escépticas, contrarias, esperanzadoras, catastróficas o las cautas -que esperan el desarrollo de las cosas-. En cualquier caso, la posición de Luis Britto García merece considerarse, el escritor advierte los posibles peligros de entregar bonos a largo plazo respaldados en los recursos naturales, con lo cual se pondría en riesgo no solo la reserva de petróleo sino la soberanía nacional. Como hemos mencionado más arriba, aquí es clave una política revolucionaria fundamentada en la transparencia. La apuesta del Petro será revolucionaria en la medida en que sea estructural, eficiente y sobre todo puedan percibirla de alguna forma las personas de a pie.

La paz económica es el principal reto de una política revolucionaria en la Venezuela de hoy y eso es posible adoptando medidas contundentes que garanticen no solo la permanencia en el poder sino el avance de la revolución en la creación de relaciones distintas a las que impone la lógica del capital. La paz en un contexto de lucha de clases se conquista derrotando a la clase que explota y destruye la vida de las mayorías, contra ella y todos sus aliados institucionales hay que dirigir las baterías. La estabilidad política es efímera si entra en contradicción permanente con el deterioro de la vida de las mayorías.

Imposible culminar sin una referencia a el proceso electoral que se llevará a cabo en abril donde se elegirá la persona que llevará la banda presidencial por seis años más. Es de sobra conocido que un proceso electoral no es sinónimo de avance revolucionario, lo vivimos en carne propia en este continente. Por si sola ninguna elección trae los cambios que tanto se necesitan. En 1998 Hugo Chávez triunfó sobre la base de tres elementos: su liderazgo, un proyecto claro y la organización de un gran movimiento nacional. Un próximo triunfo electoral será revolucionario si sucede sobre la base de la defensa de los principios, la transparencia, la reorganización del bloque hegemónico, la identificación integral de los problemas, la construcción de un plan para atacarlos de raíz y la estabilización económica a favor del pueblo trabajador.


*    Miembro de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad.

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